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Crónicas de viaje – Los monumentos 2

El jueves 27 septiembre, 2018 a las 10:48 am

Crónicas de viaje – Los monumentos 2

Crónicas de viaje – Los monumentos 2

En la Plaza de España, en pleno centro de Madrid, se encuentra el monumento al más grande escritor universal, don Miguel de Cervantes Saavedra, bajo su sombra la imponencia de los dos personajes de la más grande obra de la literatura, don Quijote y Sancho Panza, este último sobre su burro y el primero sobre “Rocinante”, construido por los arquitectos Rafael Martínez Zapatero y Pedro Muguruza, e inaugurado en el año 1929. El monumento es el espíritu de España, la ambición, el orgullo, hasta la arrogancia de su personalidad. Tan grande que a su lado me hizo ver pequeño en todos los campos: en los Euros que portaba en mi bolsillo, en la cultura con que me reconozco, en el intelecto llevado al afán de los días implacables que enfrente cruzan sin detenerse.

Resume en argamasa el espíritu humano y la carne concebida como pecado, un compendio de la avaricia, de la gula, del deseo de poder; pero también la razón del hombre que lleva a la locura y la sinrazón. Elementos siempre montados sobre el reposo calmo de un burro y la agilidad deseada de un corcel en detrimento, como parece que cruzamos por los elementos que nos envejecen y cuecen nuestra historia. Una foto no es una radiografía del sentimiento despertado, tomada al lado de la grandiosidad simple de dos personajes teatrales de la novelesca que mejor traduce los complejos, para auscultar hasta la saciedad sin encontrar el punto de quiebre y escribir una majestuosidad que llevó al autor a sumar expresiones y párrafos, historias y reflexiones.

En particular, fue éste un sueño cumplido. Es como si hubiera terminado un largo estreñimiento, formado en tantas idas y venidas sobre el libro, cuidado con esmero pero decolorado por el uso. Estaba aquí, justo, en La Mancha, en un lugar desconocido donde ocurrió este mito, esta realidad que se alza en la conciencia de nuestra cultura y que compele a desvergonzarnos sobre las mismas inutilidades cuando hemos desbarato la ética, y nuestra moral circula en efectivo y sobre la potencia de las divisas que se amontonan en manos temblorosas por el egoísmo y la ambición.

De alguna manera es la reflexión que nos podemos hacer bajo el sol canicular que golpea el monumento más imponente de España, rodeado de una temperatura intempestiva, con el verano que parece reventar los hilos conductores de la memoria, porque El caballero y el escudero se confunden entre la ficción y la realidad, tal que no ocupan lugar en el santoral católico aunque debieran, porque trascienden las fechas y las horas.

El lugar tiene la convicción de acogernos por horas, incansablemente, ponderablemente. Para rememorar siglos de una tragedia que no parece contar curvas ni vericuetos. Permanece plana. Permanece inmutable. Es lo que transmiten los ojos rasgados de los orientales que allí se allegan, o los balbuceos en idiomas incomprensibles de los rostros blancos del Cáucaso, o los flashes imparables de los gringos que se creen dueños de América, sin contar que nosotros también formamos la genética de este continente.

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