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Miércoles, 21 de noviembre de 2018. Última actualización: Hoy

Crónicas de viaje – El punto cero.

El jueves 13 septiembre, 2018 a las 1:19 pm

Crónicas de viaje – El punto cero.

Crónicas de viaje – El punto cero.

Nueva York tiene la Zona Cero, en el lugar que ocupaba el World Trade Center, como para decir que allí algo terminó y, algo comienza. Los gringos son expertos para dar designaciones espectaculares a su simbología. Y todas las ciudades, tácita o abiertamente, cuentan con su punto cero, con su sitio de arranque y retroceso, porque necesitamos esos grafemas que nos ubican en un lugar de la geografía y de la historia, de la antropología y de nuestra psiquis, de nuestra conciencia y de nuestras locuras.

Madrid no podía ser la excepción con el complejo español de que todavía son imperio, de que todavía ocupan lugar preponderante en la historia humana. Es frecuente ver en la Puerta del Sol, al lado del edificio de la Casa de Correos, grupos de personas con la vista hacia el suelo y haciendo fotos. Lo que están mirando es la Placa del Kilómetro Cero. Esta placa es una de las atracciones de la Puerta del Sol, junto con el monumento de El Oso y el Madroño, la mencionada Casa de Correos, la estatua de la Mariblanca, la publicidad de Tío Pepe o la estatua ecuestre de Carlos III. La Placa del Kilómetro Cero marca el origen de las seis carreteras radiales nacionales, que parten de Madrid hacia el País Vasco, Cataluña, Valencia, Andalucía, Extremadura y Galicia.

Es un sitio de encuentro, que atrae por el solo hecho de su nombre, constituye acto de ceremonia poner los pies sobre la placa como si desde allí se partiera inevitable hacia los cuatro puntos cardinales, como si estando allí se abrazara el universo. Fue el primer sitio a donde nos llevó Emilse, una apreciada paisana que nos esperó en el aeropuerto Barajas, después de ver a Colombia derrotar a su similar de Polonia como una sensación climáxtica, porque es de suma trascendencia conocer el punto donde comienza Madrid, y para los españoles el mundo. Nos encontraremos con los colombianos, nos dijo, algo que pensaba evitar en mi periplo clandestino, por vivir como extranjero, como anónimo, con la firme esperanza de hallar en otra geografía nuevos amigos y escuchar nuevas lenguas.

Y efectivamente. Encontramos a muchos colombianos con su tropicalismo, con su bulla incontenible, con sus vallenatos provincianos y llenos de cursilería, con su salsa de Cali para un pasito breve a lo Julio Cesar Londoño, arropados con la tricolor, embriagados y creyéndose, como nosotros, que si la suerte estaba de nuestro lado, íbamos a ser campeones del mundo: lo seríamos así le robaran el gol a Yepes, a James, al Pibe Valderrama. Lo seríamos para nosotros, porque “Somos unos verracos”, gritaban los colombianos frente a la Puerta del Sol; o los disfrazados de colombianos ya que a la hora se pegan ecuatorianos, peruanos, venezolanos, panameños, bolivianos, mexicanos y hasta cubanos, diciendo que ellos también tienen algo de Colombia.

Fue cuando entendí que tenemos algo de universal. Comprendí que le hemos pegado a muchos esa forma abierta de celebrar, de reconocernos, y de romper los envases de cerveza después de beberla, también como nuestra manera de arrancar del Punto Cero, así pasemos muchas veces por el mismo lugar y repitamos la misma historia.

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