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Crónicas de la realeza criolla

El lunes 13 mayo, 2019 a las 3:25 pm
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Crónicas de la realeza criolla

Mas, aunque con palabras apacibles, razones sincerísimas y llanas, aquí se contarán casos terribles, recuentos y proezas soberanas”. (Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias)

Había pasado algún tiempo que no me topaba con mi conspicuo amigo payanés, don Justo Pastor Valencia Chaux Iragorry y Góngora[1], allá en las apacibles bancas del parque Caldas de la señorial noble y blanca Villa de Asunción de Popayán.

El encuentro, casual por si acaso, nos sirvió para eso del intercambio de palabras, gestos y rezongos, vainas que hacemos los mayorcitos y que, en otrora, se llamaba conversar, cosa venida a menos en tiempos del nuevo milenio. Noté a Justo Pastor un tanto apocado y bastante contrariado, por lo que curioso y preocupado me atreví a averiguar por su aflicción.

Me contestó con un dejo de rabiosa nostalgia que la cosa estaba complicada, que era una lástima que ya se hayan ido los buenos tiempos de atrás, cuando las personas sabían su lugar y que los que mandaban, mandaban de verdad. Como era de suponerse, y abusando de la confianza de mi contertulio, osé adentrarme en las causas de su desazón. Adoptando su acostumbrada actitud de patriarca, recomponiendo su antigua postura señorial y con tono de sentencia, me explicó el por menor de sus cuitas.

No se explicaba y no se explica don Justo Pastor, las razones para que el país haya cambiado tanto en tan poquito tiempo. Con su vista en lontananza recordaba aquellas bellas calendas, según él, cuando en estas tierras se respetaba a la gente de bien y comprobada estirpe de origen en aquellos nobles centauros que sometieron salvajes y fundaron villas para el progreso de los temerosos de Dios y no como ahora, cuando a cualquier chiflamicas, con ínfulas de líder, se le da por poner en duda el orden divino para gobernar.

Intrigado, y sin perder de vista y oído a aquel antiguo prócer payanés, le seguí preguntando sobre el porqué de su angustia existencial. Con tono arzobispal retomó su memorial de agravios.

No puede ser, continuó don Justo Pastor, que ya nadie se acuerde de cómo mandar a callar a la gleba anárquica que pretende tomarse por asalto el país. A los que se hacen llamar gobernantes se les olvidaron las lecciones de ese excelso hombre de Dios y regio gobernante de estas tierras, el virrey don Antonio Pascual de San Pedro de Alcántara Caballero y Góngora, quien, con divinal gracia y donaire, despachó sin más a los tales comuneros que sembraron la semilla del desorden desde aquel entonces.

Con acento vigoroso y renovado brillo en su mirar, don Justo continuó su panegírico: me horroricé con las obras del noble Juan Manuel Santos, descendiente de virreyes. ¿Cómo así que negociar con chusmeros? ¿Cómo así que entregarles el país?, ¿Dónde quedaron las gestas de don José de Sámano y don Álvaro, virrey el uno y sin noble abolengo el segundo, quienes sí empuñaron con mano firme y corazón grande las banderas de la defensa de los prósperos comerciantes y las personas distinguidas? ¿Cómo así que los indios y los negros en el Congreso reclamando las tierras y los honores de los esclarecidos caucanos? ¿Y nosotros la gente de bien? Ante uno que otro aplauso espontáneo de los viandantes del parque Caldas y preocupado por la salud de mi amigo don Justo, lo conminé a que se calmara un poquito, alcanzándole una botellita con agua.

presidente Juan Manuel Santos

Una vez constatado el apaciguamiento de su exaltación y con cara menos rubiácea, le pregunté a don Justo sobre al actual mandatario don Iván. Con gesto parsimonioso, brillo feroz en sus abotagados ojos y gesticulando ademanes de desconcierto, don Justo alzó su voz para decir: afortunadamente tenemos un varón al mando en la metrópoli, a ese sí no le tiembla la mano para mandar a callar al que sea, ya por ahí está cogiendo el ejemplo de don Alejandro, el brillante émulo de don Tomás de Torquemada, quien sí sabía para que era el poder. El tal mozalbete Iván, no deja de ser un imberbe aprendiz, para eso tenemos a don Álvaro, el que sí sabe.

Los demás son los demás, declaró resueltamente don Justo. Por eso estamos como estamos con la chusma en las carreteras, los hidalgos comerciantes y manufactureros a expensas de estos infiltrados por los chusmeros. Hasta razón tiene doña Paloma, continuó don Justo Pastor, ella sí sabe que para que esto mejore, se requiere que las personas de bien estén resguardadas en sus propias tierras y que se necesita volver al virreinato, cuando los nobles eran los nobles y la chusma era la chusma y no como ahora, en este libertinaje en que todo es lo mismo.

Ya entrada la tarde y con mi afán de regresar a mi tierrita, me despedí de don Justo Pastor, rogándole que no se exaltara tanto y que tuviera paciencia, que, aunque él no lo creyera, acá en la tierra del sagrado corazón, todavía existe una realeza criolla, bien criolla, por cierto, pero realeza al fin y al cabo, que merece ser contada y exaltada por un cronista como él.

Para leer otras columnas del autor aquí

[1] El nombre corresponde a una ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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