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Miércoles, 23 de septiembre de 2020. Última actualización: Hoy

Crónica testimonial de un retorno sangriento

El lunes 14 septiembre, 2020 a las 6:52 pm
Crónica testimonial de un retorno sangriento

Crónica testimonial de un retorno sangriento

Crónica testimonial de un retorno sangriento
Por: Horacio Dorado G.

Cuando retornábamos a Popayán, el tic-tac del reloj en la muñeca de mi mano punteaba las tres de la tarde, de aquel tenebroso y fatídico lunes, 30 de septiembre de 1991. Ese día el cielo se tornaba sombrío, triste. El aire venteaba impasible y frío. Atrás habíamos dejado el pequeño poblado de El Carmelo (Cajibío).

Era época de agitación electoral, pues se aproximaba la elección para gobernadores. Nuestro grupo político apoyaba integralmente al candidato Temístocles Ortega Narváez, abogado, oriundo de la pequeña población de Mercaderes, al sur del Cauca. Hombre inteligente y bien preparado de clase humilde, hijo de campesinos, excelente orador, y muy capaz. Mereced a su superación, había logrado ocupar cargos de representación popular y altas posiciones del Estado, hoy senador de la República.

Estábamos acostumbrados a largas y agotadoras jornadas desde el amanecer, hasta altas horas de la noche. Hacía pocas horas habíamos recorrido casi la totalidad de veredas de Tierradentro, haciendo pedagogía de paz en esa zona inhóspita, escabrosa donde el tristemente célebre Manuel Marulanda Vélez, “Tiro fijo”, había producido años atrás una masacre que había conmovido a Colombia.

Habíamos andado unos pocos kilómetros, cuando el senador Aurelio Iragorri H, tomó el micrófono del radioteléfono ´Yaesu´ (predecesor del celular) para hablar con su esposa Diana, informándole que estábamos de regreso, era su costumbre para tranquilidad de su familia, pues los riesgos eran altos. Al senador no solo lo caracterizaba su don de gentes, sino su gran facilidad de adaptarse a cualquier contertulio por lo que, durante sus recorridos en las giras políticas, mantenía repetidas y amenas conversaciones. Era fluido y lleno de anécdotas que lo hacían agradable. Premonitoria esa oscura y aciaga tarde septembrina, porque estuvo parco en el hablar. “Parece que va a llover, vámonos”, dijo el doctor Iragorri y, seguimos el camino.

En el Trooper, viajábamos siete personas: el senador Iragorri quien lo conducía; acompañando en el puesto delantero del narrador de este testimonio. A la espada del senador, Alirio de Jesús (q.e.p.d); Eliecer Cerón; Jairo Valencia, ex alcalde de Cajibío; un N.N, infrecuente personaje recién reinsertado del M-19 y en la parte trasera Horacio Morcillo, presidente de las juventudes liberales.

Pasábamos la vereda “La Primavera”, por un verde y nocivo bosque de pino, al lado y lado de la vía, cuando sorpresivamente nos llovieron partículas de vidrios, junto con feroces ráfagas de proyectiles. Vidrios, agua, y balas confundidos en un traqueteo indescriptible. No podría calcular el tiempo transcurrido, pero me pareció una eternidad. Los tiros chirriaban en la carrocería del vehículo, volaban esquirlas metálicas revueltas con agua, vidrios. Adentro del vehículo, la mudez contrastaba con la balacera. El Trooper se bamboleaba de un lado a otro. El senador seguía manejando el vehículo; agazapado, pues, apenas si estratégicamente se asomaba por el hueco- parabrisas, conduciendo con gran pericia. Su corpulenta figura, acurrucado, maniobraba el timón; su cara amoratada casi cianótica, ojos desorbitados, me hizo creer que estaba mal herido.

Después de tantos varios años, aún retumba en mis oídos semejante acto criminal que por arrojo, valor y serenidad del Dr. Iragorri, sirvieron para que no llenaran de plomo nuestra humanidad. Sin embargo, de nuestro vehículo bajaron los cadáveres de Jairo Valencia y Horacio Morcillo y herido Eliecer Cerón. De los dos vehículos de escoltas: un Willis carpado, modelo 54, cinco policías masacrados y, del campero Nissan, bajaron dos agentes del Das, uno herido y otro muerto. En total en ese sanguinario asalto, ocho muertos y dos heridos. Facinerosos del Eln, hicieron brotar la sangre de humildes hombres de la seguridad. No había duda alguna, su intención era presionar los diálogos en Tlaxcala, México.

Como siempre, Colombia se estremeció y se alborotó durante tres días. Escándalo político, conmoción nacional por la crueldad del asalto a manos de bandidos del ELN que quisieron asesinar al Senador Aurelio Iragorri, que, de no haber sido por la Providencia Divina, este cronista no estaría recordando estos apartes sacados de mi libro “Cuentos Parroquiales para todo el mundo”.

Civilidad. Transcurridos 29 años, (2020-1991) la situación sigue de mal en peor. Un testimonio de vida y muerte, es precisamente, septiembre negro.

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Horacio Dorado Gómez
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