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Jueves, 17 de junio de 2021. Última actualización: Hoy

Crónica de una protesta represada

El jueves 6 mayo, 2021 a las 10:14 am

Crónica de una protesta represada

Felipe Solarte Nates

En la mañana del 28 de octubre sintonice varios noticieros locales para saber el recorrido de las marchas convergentes programadas por los organizadores y buscando tomar algunas fotografías y videos para enviárselos a Proclama del Cauca y Valle.

Al mediodía me dirigí a los semáforos de la Calle 25 norte con carrera 9ª, frente al centro comercial Campanario. Encima y alrededor del puente peatonal cerca de 300 personas, la mayoría estudiantes, esperaban a los indígenas y maestros marchantes que venían desde el norte. En lo alto del puente  aproveche para registrar las obras de instalación de tubería y colectores que desde Torres del Río hacía el norte adelantan para canalizar las aguas que durante torrenciales aguaceros inundan el sector. 

En mi bicicleta me dirigí hacía el centro y  sólo después de las dos de la tarde empezaron a llegar los manifestantes, primero desperdigados y después en bloque, amenizados por los tambores y música inyectándole ritmo a las consignas vociferadas por el creciente río humano que agitándose como una serpiente no cesaba de crecer y moverse desde la carrera 3ª con calle 4ª hasta la plaza de Caldas que en pocos minutos se llenó, a pesar del barrizal generado por la mezcla de la lluvia con tierra removida para cambiar redes de acueducto y alcantarillado.

Diagonal a la alcaldía me subí a uno de los bloques de piedra que hacen de bolardos, buscando tener mejor panorámica para tomar fotos de la marcha que se acercaba y no cesaba de crecer. Calculé 10.000 personas culebreando. Cuando consideré que tenía las suficientes fotos me bajé del bloque de piedra, guardé el celular en el bolsillo y escuché, a manera de lluvia que empieza, el sonido crujiente de los vidrios de las primeras ventanas de la Alcaldía que fueron apedreadas. Varios marchantes se pusieron nerviosos y empezaron a correr rumbo al centro del parque Caldas, mientras alguno hacía sentir su voz sobre la algarabía llamando a la calma y a evitar el pánico que podría desencadenar una estampida.

Recordé que tras las rejas de la puerta principal de la alcaldía estaban los del Esmad y miré frente al banco de Colombia, donde había dejado amarrado mi “caballito de acero”. Vi un claro. Dudé en salir del sitio o recuperar mi vehículo y decidí lo segundo. Al abrirme paso hasta el aparca-ciclas, vi que un ladrón mezclado entre los manifestantes intentaba abrir del candado. De un grito lo espanté y mientras se camuflaba entre los jóvenes y yo intentaba abrir el candado, sentí el ardor picante que no me dejaba respirar ni ver, proveniente de una bomba de gas lacrimógeno que calló a mi lado y la policía acababa de arrojar desde la puerta de la alcaldía.

Después de segundos que parecieron interminables logré abrir el candado quitarle la cadena y viendo y respirando a medias logré salir con la bici en la mano hacía las ruinas del centro comercial desde donde me dirigí a la carrera 6ª y crucé hacía la Ermita. Mirando hacía el occidente vi que los del Esmad ya correteaban a manifestantes que se organizaban para lanzarles piedras. Al  desembocar a la carrera 2ª en contravía me dirigí hacía el norte. Mientras pasaba por la galería del barrio Bolívar rumbo al Hospital San José, pasaban por mi mente imágenes borrosas de los enfrentamientos que a finales de los 70s se daban en ese sector entre estudiantes de la facultad de medicina, del Liceo e Instituto Técnico con policías y soldados, mientras por la carrera 6a, seguían caminando grupos de marchantes ignorando que en el centro ya se había prendido la garrotera.

Mientras pedaleaba rumbo a la casa, pensaba que explotó la olla a presión que a fuego lento venía calentándose desde el 21 de noviembre de 2019 y que fue enfriada por la cuarentena de marzo de 2020. La errática política de un gobierno desconectado con la cruda realidad del país, en manos de tecnócratas y elites que sólo piensan en magnificar sus riquezas, tarde o temprano tenía que salírseles de las manos y del gobiernoque ignorando al Congreso sesionando virtualmente, se dedicó a expedir Decretos con fuerza de Ley, mientras dominaba la Fiscalía, Procuraduría, Contraloría, Defensoría del Pueblo, la Registraduría, las Fuerzas Armadas del ejército y Policía, sus organismos de inteligencia e importantes medios de comunicación que los grandes cacaos de poderosos grupos industriales y financieros han comprado para desinformar y ponerlos a su servicio, configurando en la práctica una dictadura oligárquica que no es perfecta, porque aún se les escapan magistrados de las altas cortes que se atrevieron a investigar a Uribe y sus acólitos.

Resonaba en mis oídos lo que me dijo el joven poeta recién graduado en la universidad. “No tenemos futuro asegurado. Nos hacen creer que el estudio nos abrirá las puertas para el éxito, pero cada vez nos toca más volvernos rebuscadores en las calles. La tal economía naranja sólo es para los que están en la rosca y tienen plata para llenar todos los trámites y papeleos que exigen. No podemos publicar ni recibimos estímulos para que circulen nuestros libros”.

También recordaba las palabras de Silvio, el estudiante de Administración de empresas. “Los industriales piden y les dan más exenciones de impuestos de renta y para que importen maquinaria y materias primas, dizque para que creen más empleos y especialmente para los jóvenes; pero en la práctica no crean más empleos, pues la maquinaria que traen cada vez es  más automatizada y robotizada y necesita menos trabajadores. Ya hasta la caña de azúcar la cosechan máquinas.  De repeso con los TLCS arruinaron la industria nacional y a los campesinos que no pueden competir con los subsidios que los países ricos les dan a sus agricultores y empresarios.”

Pedaleando por el colegio de las franciscanas guardaba esperanzas  que fuera cierto lo leído en un artículo de la BBC, acerca de que con la agresiva intervención en la economía norteamericana el presidente Biden se había ido en contra de los principios neoliberales que han dominado al capitalismo desde el gobierno de Reagan, cuando desmantelaron el estado de bienestar, la Seguridad Social entregándole a los particulares la administración de todos los servicios Básicos, incluida la Salud y educación, con el iluso sueño de que la competencia mejoraría la atención, equipararía los precios por lo bajo y democratizaría las ganancias.

“Soñar no cuesta nada”, pensaba mientras pedaleaba por Villa Mercedes; “pero 20 años de la misma rosca de angurrientos insaciables mangoneando al país, ya es mucho y para el 2022, o nos sacudimos eligiendo a otro gobierno que no sea el que diga Uribe, o nos acaba de llevar el patas de chivo”.

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