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CRÓNICA DE UN DÍA SIN CARROS

El domingo 5 octubre, 2008 a las 12:19 pm

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

leoquevedom@hotmail.com

Domingo 5 de octubre de 2008

Eran las 8:30 a.m. me desperté un poco más tarde porque no había tanto ruido de exostos por la avenida cerca de mi casa. No me alcancé a dar cuenta todavía que en la ciudad se había decretado el “día sin carro”. Sólo cuando el portero le impidió a mi señora salir en el Santro a su trabajo nos dimos por notificados de que estábamos en un experimento para medir el comportamiento de usuarios y la polución rodante.

Quise verificar con mis propios ojos lo que ocurría por calles y lugares de comercio en un día tan especial. Salí cogido de la mano de mi mujer a gozar del vacío de 100.000 y más automóviles, furgonetas, camiones, mulas, tanques, motos ordinarias y de alto cilindraje. Salí a buscar el aire puro, a que disfrutaran mis pulmones una vez al año el oxígeno de los árboles y a escuchar el canto de los pájaros en un día sin ruido.

Pero no. No bien salí a la esquina, escuché ambulancias dando alaridos en la calle. Miré a la izquierda y vi una enorme mancha amarilla rodando sobre la vía. Eran más de 40.000 taxis que, desaforados, buscaban capturar los clientes que no recogieron en agosto ni en septiembre.

A medida que nos acercábamos al centro, vimos carros oficiales y camionetas particulares con los vidrios negros. ¿Será que hubo excepciones a los amigos, y que el gobierno queda siempre por fuera de la ley que rige para los demás mortales?

Seguí caminando y, al intentar cruzar una avenida, no noté casi la disminución del flujo de carros. Pareciera que las chatarras hubieran salido del cementerio y corrían más que los fantasmas de amarillo. El ruido de los motores, el fluir negro de exostos y las carreras de la gente aumentaron a medida que el día crecía.

Parecía que el experimento estaba dando los frutos que ya todos conocíamos. No son los carros nuevos de la gente de trabajo los que causan el caos y la polución del aire, de la vista y el oído. Su motor está con el estómago y el esófago descontaminados. Los controles y las multas los tienen sin olores y con el aceite a cero colesterol. Hubo mucho humo, mucha sirena de ambulancias, buses mal trajeados, exceso de taxis y carros extraños cuatro puertas se nos venían encima. ¡Oh, cómo se nota que la ley sólo la cumple la gente buena!

Llegó el reloj a las 7:59 y al momentito nada pasó. Todo siguió igual. Un día sin carro para los ingenuos y una experiencia de mal sabor. Ya lo sabían las autoridades. Al servicio público nadie lo controla. Dice el alcalde que tienen contados 362 buses como culpables del atafago y del ahogo de la ciudad. Y que pondrá a la gente a guardar sus carros en otros tres días el año entrante.

Todo se vuelve juego y hazmerreír. Todos pensábamos que en el día sin carro iba a haber silencio de pitos, descongestión y ganas de pasear, caras amables, relleno de huecos y ambiente más limpio y seguro. La autoridad se sentó a mirar, pero no vimos su mano en todo el día para ejecutar otras acciones complementarias para educar, para arreglar las vías. Como siempre, luego vinieron los estadísticas del Dagma y la sentencia: Se aplicará en un futuro la chatarrización, se aprobarán nuevas licencias…y pare de contar.

05-10-08 – 10:55 a.m.

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