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Jueves, 17 de junio de 2021. Última actualización: Hoy

Creencias y ceremonias alrededor de la muerte en el Patía

El sábado 8 mayo, 2021 a las 7:28 pm
Creencias y ceremonias alrededor de la muerte en el Patía
Imagen: montaje sobre fotografía de https://bit.ly/3y7V2qm

Creencias y ceremonias alrededor de la muerte en el Patía

Mi papá estaba llorando en el corral de los terneros cuando lo encontramos con mi prima Nelly. Veníamos de buscar iraca para hacer escobas y eran las cinco de la tarde. El sol de los venados bañaba todo de un oro rojizo.

—¡El abuelo se va a morir! —nos avisó. Y como abrimos los ojos incrédulos, nos pidió que escucháramos los pájaros que cantaban con melancolía y tristeza. A nosotros nos pareció que cantaban igual que siempre, pero no dijimos nada—. Hay que ofrecerles comida porque pueden ser espíritus de nuestros antepasados —añadió y a mí se me erizó la piel. Desde ese día los pájaros ya no me cantan igual. Luego nos pidió que fuéramos a llamar a los familiares puesto que había que acompañar la agonía del viejo.

El abuelo Antonio no se murió esa noche porque esperó a que viniera uno de sus hijos que estaba en Popayán. Sin embargo, hubo bulla, se tomó café y aguardiente. Vinieron todos los familiares de El Guanábano y El Bordo, quienes lo acompañaron a agonizar como Dios manda.

Al otro día, los vecinos y parientes entraban por turnos al cuarto a verlo y a despedirse. Alguien me explicó que el viejo estaba perdonando y arreglando cuentas con la gente. Cuando llegó el tío Jaime de Popayán, entraron los tres hijos para saber cómo era el asunto de la herencia y media hora después salieron como dueños y señores cada uno de su solar.

—Hay que esperar a que acabe de penar —dijo una tía de la que ya no tengo memoria. Al rato falleció y varias señoras ingresaron a rezar, a arreglar el cuerpo y la sala para la velación. Una mujer que vino desde Mulaló interpretó el canto del muerto con una melancolía tan infinita que hizo callar hasta las chicharras.

Al anochecer llegaron vecinos de El Bordo con el ataúd de madera y las mujeres entonaron versos que otras respondían con un coro. “Es para orientar el alma del muerto desde el más acá hacia el más allá”, me dijo alguien.  Una de ellas puso un vaso de agua debajo del féretro para que su espíritu tomara si tenía sed. A medianoche se le rezaron avemarías como a los católicos.

Del Patía llegaron unos parientes con violines y expresaron su cariño con bambuco de negros, que era la música que le gustaba. Mi prima Nelly y otras muchachas repartieron café y aguardiente todo el tiempo. Al amanecer se ofreció una sopa de leche, queso y mantequilla que llaman guampín, y que yo sé que mi abuelo despreciaba diciéndole “sopa de hambre”. Fue un velorio ameno, con rezos, canciones, chistes e historias del viejo.

En el valle del Patía se cree que todos nacemos inocentes a tal punto que somos angelitos, hasta que se nos mancha el alma con pecados como negar a Dios, mentir, chismosear, envidiar, odiar, robar, hacer brujería o irrespetar a los papás. Es un rito con mucho de cristiano, pero también con otras creencias, tal vez africanas, no lo sé. Sin embargo, mi papá me decía que no todo el mundo agoniza, se muere, se entierra y se le canta como a un patiano viejo, de esos que creen en el purgatorio, en el cielo y en los fondos del infierno.

Nota: Del libro: Cascajal: Crónica, testimonio y leyendas del valle del Patía.

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