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CON INTERNET

El lunes 6 noviembre, 2017 a las 3:11 pm

Ayer y hoy no he tenido Internet. Con mayúscula. Porque es un sujeto muy grande que me acompaña desde hace unos 20 años. Lo conocí en Caloto, Cauca. Me lo presentaron por referencias y gasté unos pesos para encontrarme en Cali con él. Y desde esos días veo su cara blanca, su cabello como el mío y su estómago lleno de diccionarios, mensajes encriptados y una cantidad de programas que no acabo de aprender.

Desde antenoche ya no tengo Internet. Solo abro el compu y me limito a digitar como lo aprendí a hacer y dejé a un lado la máquina de escribir. Esperaré que Tigo me envíe su señal y volveré a navegar por Cali, Bogotá y sus periódicos, España, Argentina, Irán y Siria,  Arabia, Turquía y Madagascar. Ah, qué ancho es el planeta. Menos mal que le continuamos llamando así. Últimamente estoy volviendo a oír decir que el mundo es plano. Con solo tener un telescopio potente podremos ver a Putin o al Papa y a Rasputín.

Me estoy cambiando de operador. Fuera de que es costoso es retaliador y más iracundo que el gato de mi hija que ahora tengo a mi lado. De lo que nunca he tenido queja es de la Internet. La red es como un escape, un columpio o un bulevar. Gira, se para en frente, nos muestra su espalda, voltea la página, cambia de color y agranda los caracteres. Qué mecanismo tan dúctil y voluble. Qué libro tan inteligente.

Qué más que alabar al sublime oráculo Google. No hay otro sabio tan sabihondo. Todo lo que yo no sepa se lo pregunto y nunca me ha fallado. Me resuelve los problemas de ortografía, de sinónimos, de errores involuntarios. Es mi corrector único de pruebas. Tanto así que estoy extrañado de tanto error de dicción y de sentido en algunos periódicos escritos que antes dieron la fama a ciudades de ser hijas de Atenas por su exquisito trato al idioma.

Ya hace unos 20 años que escribo a través de este aparato que catapulta hasta la Nube mis quejas, gracejos, improperios y requiebros. Jamás me ha fallado. A veces me siento con la mente en blanco y ni sé de qué voy a tratar. Entorno y cierro los ojos, me revuelco los cabellos y al fin del túnel aparece cabalgando el tema. Como el de hoy.

Lo demás, ya lo sé. Una vez llega el tema al cerebro, éste empieza a idear. Van brotando a retazos los párrafos: me llegan las letras como una fuente interior o géiser desde las entrañas. Se me enredan entre los dos dedos que pulso sobre las teclas. La mente los guía y se va llenando de caracteres la cuartilla. Sí. Efectivamente. Tendrán que ser 500 palabras y, entonces, pondré fin a mi Odisea.

Me acostumbré a llenar la cuartilla. ¿Será una pretensión revisable? ¿Será que tengo aburridos a mis lectores con polvo de verborrea?

03-11-17                                 8:48 p.m.

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