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COMO JURISTA Y COMO SER HUMANO, PULCRO Y EJEMPLAR

El jueves 2 abril, 2015 a las 11:18 am
Jorge Muñoz Fernández

Mateo Malahora

Carlos Gaviria fue un jurista, pero no a la usanza de los togados que han hecho del derecho un instrumento para alcanzar prebendas y canonjías en su propio beneficio o de sus áulicos. Su estatura moral debió incomodarles y les incomodará siempre.

No asumió posiciones alternativas como una trampa democrática para buscar satisfacciones burocráticas, ni acudió a las artimañas y argucias de los sabios del derecho, que deslumbran a incautos con estratagemas jurídicas para legitimar la opresión de los excluidos del bienestar social.

Los vulnerados, como él afirmaba, no en la letra de la ley, ni en la opción tramposa de las oportunidades, sino en la realidad de su existencia.

Saldrán, los autores de emboscadas a la justicia y el derecho de los pueblo al bienestar, a decir que eran sus más entrañables amigos, los mismos que al amparo del poder han defendido y defienden la visión neutra de la justicia, la del equilibro y la tolerancia, la ajusticia que aún no toma partido a favor de las mayorías.

Conmueve la partida de un jurista que no vivió encerrado en sí mismo, como insigne autista, que no admitió la tradición aristotélica y romana de lo justo, ni le rindió culto al positivismo donde  los conflictos no existen.

Ni los grandes ni pequeños poderes eran su objetivo fundamental, ni en nombre de la libertad y el derecho vivió para detener la historia.

Carlos Gaviria1

En el marco de la caída de las grandes ideologías, el escepticismo frente a las promesas del progreso y las opciones del desarrollo, el desencanto generalizado frente a la política, las calamidades amparadas en nombre de la justicia, donde viven cómodamente los intelectuales del aburrimiento burgués, de la razón pifiada por la historia y los principios de la democracia cuestionada, perteneció a la legión de los intelectuales que lo repensaron todo, para darle un darle un significado honesto a su forma liberadora de vivir y sentir la justicia.

Carlos Gaviria pasa en la historia de nuestro país como la postulación de un hombre libre, que de manera serena, pero firme, enseñó a nuestras generaciones, victimizadas por las frivolidades y desgarramientos criminales del poder, a distanciarse con dignidad de un estado de cosas instaurado como orden. Distanciamiento estético, ético y político.

Recojo unas apreciación publicadas en El Espectador donde Rodolfo Arango expresa: que “no pocos ataques, desplantes y rechazos ha recibido quien con valor decidió luchar contra la desigualdad, la exclusión y la injusticia, desafiando las estructuras de poder social y político, para liberar con su ejemplo las ataduras del miedo y de la servidumbre”.

Mientras los cultores de la justicia legitimadora de opresivas formas de vivir aceptaban, como aún aceptan, la razón para explicarlo todo, por la liviandad de sus presupuestos éticos, el facilismo conceptual y la frivolidad de sus bases filosóficas, atiborrada de presunciones morales, quien fuera un eximio magistrado, dejó en claro con sus actos, pero, sobre todo, con el admirable discurso humano de su forma de vivir, las falacias de un orden social con hambre, violencia y humillaciones políticas.

No creyó, Carlos Gaviria, en la justicia homérica, en una justicia ligada a un orden sobrenatural, en la justicia como voluntad de los dioses y de los reyes, símbolos del poder inamovible.

Formas de pensar que no han desfallecido, que se mantienen intactas en los cerrados círculos de las sociedades  contemporáneas, allí donde la justicia, como expresión de la voluntad divina, continúa inalterable y dicta los códigos a los iluminados del establecimiento político.

Carlos Gaviria impugnó a quienes todavía creen que los gobernantes son justos sólo cuando reciben y traducen las revelaciones celestiales e interpretan fielmente las costumbres de los pueblos, como en la homérica interpretación de Temiste, hacedor de sentencias sobrehumanas, concebidas como justas, donde salían mal librados los campesinos, las mujeres y los esclavos.

De nada valía, como en nuestros tiempos, que la diosa Dique vigilara las sentencias del Olimpo y fuera enemiga de las falsedades y protectora de la administración de la justicia.

La basta erudición de Carlos Gaviria, esteta de la mistad, amigo de la poesía, de la lectura liberadora y el diálogo que superaba la monotonía, lo condujeron a divergir de un modelo societal fundado en relaciones económicas de explotación, en relaciones políticas coercitivas, en relaciones culturales hegemónicas, con una disensión escrupulosa y que pudiéramos llamar: impecable, como lo fue también un Álvaro Pio Valencia, frente a todos los poderes ominosos.

Le dejó a Colombia una idea de justicia diferente a la justicia presumiblemente equilibrada de los poderes vigentes y desveló, en sus foros y providencias, una justicia comprometida con lo establecido, basada en la neutralidad embaucadora y tramposa.

Se ha ido, y no del todo, un gnóstico brillante. Su ejemplo vive. Hasta pronto.

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