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Viernes, 19 de julio de 2019. Última actualización: Hoy

Ciudades para la democracia

El martes 9 julio, 2019 a las 11:16 am
Ciudades para la democracia
Ciudades para la democracia

Ciudades para la democracia

              En el terreno de las utopías se pueden concebir las ciudades verdaderamente democráticas. Sin embargo, desde los griegos en la Antigüedad, individuo y ciudad están relacionados de manera inexorable. La ciudad es el escenario donde los habitantes y ciudadanos realizan su historia. La ciudad es la casa del hombre. Donde se adoptan y reproducen costumbres, valores, sentimientos individuales y colectivos, imaginarios que permiten o no aproximarse a la realización de los proyectos de vida.

              La formación de auténticos ciudadanos debe proceder del Estado, la familia, la escuela en todos los niveles, los diferentes espacios en los que las personas comparten los procesos de socialización. Las prácticas democráticas deben caracterizar tanto a gobernantes como a gobernados. Partir de quienes desempeñan los cargos más importantes en la administración pública y privada, hasta las personas de oficios considerados humildes. Habitantes y ciudadanos comprometidos siempre en hacer más gratificante la vida urbana.

               La ciudadanía es una categoría ligada a la sociedad civil. En donde hacen presencia ese ser colectivo llamado pueblo deja de ser abstracción. Los más llamados al buen ejemplo, a la coherencia y a convertirse en paradigmas, son aquellas personas que de alguna o de múltiples maneras detentan poder. La gente siempre espera resultados y buenos ejemplos de quienes dicen que la representa. Visiones corruptas, negligentes y autoritarias de una sociedad no garantizan ciudades democráticas. Noticias y evidencias que muestran cómo se esfuman los recursos públicos en beneficio de unas minorías privilegiadas y en perjuicio de mayorías necesitadas, desencanta a la población que ve con rabia, preocupación, pesimismo e impotencia cómo se malbaratan los recursos que debieran de ser públicos, mientras la calidad de vida de los pueblos involuciona en forma acelerada y despiadada.

                 Los despilfarros y robos de estos recursos se contraponen, por ejemplo, a una ética de pago oportuno de impuestos. Los sueldos extravagantes que devengan muchos funcionarios ‘públicos’ contrastan con las condiciones de pobreza y miseria que carcomen una población con escasez de canales de inclusión socioeconómica y con los más esenciales derechos suspendidos o denegados.

               Los ciudadanos se miden en el libre ejercicio de los mecanismos de participación ciudadana y en la concreción de indicadores que a simple vista se demuestre que los asociados mejoren su cantidad y calidad de vida. Sin lo mínimo vital que garantice unas condiciones de dignidad la gente se desespera, se trastorna y se aniquila. Hay que evitarles el suicidio a los desesperados por los avatares de la vida. No simplemente mediante líneas telefónica que alguna ayuda prestan, sino que también se debe apuntar hacia la atención de las causas objetivas que tienen que ver con la falta de oportunidades laborales que les impide respirar con relativa tranquilidad en un país donde el trabajo es un privilegio, o en su defecto, con un sistema contractual, que niega la estabilidad laboral y el régimen prestacional que obstaculiza el derecho al futuro de las familias, victimas del capitalismo salvaje, es decir, del neoliberalismo. Desgarra el alma ver suicidios provocados por la desesperación económica como los que se vienen presentando en varias ciudades colombianas.

               Una ciudad democrática se logra con la materialización del derecho a la propiedad en términos de John Locke, el padre del Liberalismo clásico, que no circunscribe este derecho a la sola posesión de bienes materiales. Sino que le agrega otros derechos como son el derecho a la vida, a la igualdad y a la libertad. Los cuatro derechos confundidos y fundidos en uno solo. Donde falte uno pierde sentido el resto. Pensamos que el derecho a la vida presupone los demás derechos. Sin libertad, sin igualdad y sin propiedad que garanticen la dignidad de las personas, la vida queda en nada. No vale nada.

               Nos encontramos en temporada electoral, tiempo propicio para que los candidatos a las alcaldías tengan un imaginario, un diseño y una plataforma de ciudad, acorde a las necesidades y requerimientos de una sociedad moderna, donde los ciudadanos sean actores sociales vivientes y actuantes, que su visibilidad no se circunscriba al momento de las elecciones.

                 En una democracia el voto es necesario, pero la democracia no puede limitarse a él. En muchas ciudades colombianas hay votantes pero no ciudadanos. Se vota pero no se elige, quienes eligen tienen conciencia y responsabilidad social. Cada vez cobra más vigencia la tesis que sostiene que los pueblos tienen los dirigentes que se merecen. Como no existen verdaderos ciudadanos, no hemos podido construir y consolidar una sociedad civil y mucho menos una democracia participativa. Como decía Estanislao Zuleta, en la democracia participativa está la solución a los males que tiene Colombia. Es necesario un pueblo fuerte, organizado, capaz de reivindicar sus derechos. Pero de esto poco saben muchos de los que aspiran comandar las administraciones locales. Se preparan -insistimos- para ganar como sea las elecciones pero no se preparan para gobernar.

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