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CAZANDO MARIPOSAS

El jueves 11 diciembre, 2014 a las 10:06 pm

(Crónica de los sesentas)

Lo importante no es lo que se ha vivió sino lo que uno cree que se vivió… Gabo

Armando Orozco Tovar

Armando Orozco Tovar

Estaba atado a estas reflexiones cuando entré al Cisne, el restaurante italiano de la calle 24 con carrera Séptima. Venía con el periódico “De pie la Juventud.” Lucía la boina negra de moda y una pipa sostenida entre los dientes, y sobre la espalda, como un fardo cargado de inquietudes, mis soplados veintitrés años.

En la cara me nacía apenas el insipiente bigote, y la reglamentaría chivera. Tenía, eso creía, una mirada inspirada en los versos de Maiacovski, Miguel Hernández, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, poeta chileno recién descubierto, el cual me costó con los días sacármelo de mi costillar de Rocinante.

Al poeta de los Veinte poemas de amor y del Nuevo canto de amor a Stalingrado, me lo había dado a conocer en una vieja edición subrayada, gris y descuadernada, editado por Lozada, mi condiscípulo afrodescendiente de bachillerato Augusto Díaz Saldaña, ya fallecido, era un lector consumado pues no negaba la herencia de su padre el político e intelectual caucano Natanael Díaz.

Él y Diego Luis Córdoba, político negro del Chocó, permitieron que en buena hora a la capital llegaran los jóvenes del Pacífico colombiano, a estudiar la carrera de Derecho en la Libre, una universidad fundada por el general masón y liberal Benjamín Herrera, de la Guerra de los Mil Díaz.

Bogotá era una ciudad fría, húmeda y en grado sumo discriminadora con las personas de otras regiones desplazadas por la pobreza y los perennes conflictos sociales los cuales no terminaban nunca de pasar. En las pensiones y albergues sus dueños ponían avisos en las puertas y ventanas, que decían: “No se arriendan piezas a personas con hijos o animales, tampoco a costeños”. También en los orinales de los abundantes cafés, rezaban los avisos racistas: “¡Haga patria y mate un negro!”.

Pero en aquella universidad de principios del siglo después de aquella guerra, por ser laica, con cátedra libre en su enseñanza, masona y liberal, sí se les daba cupo a los negros y demás habitantes de provincia como eran los abandonados territorios nacionales Caquetá, Meta, Catatumbo… El escritor de Lorica, en el departamento de Córdoba, Manuel Zapata Olivella, contaba que cuando llegó Bogotá, la gente por ser negro lo seguía por la Carrera Séptima, buscándole el rabo porque creían que era el mismísimo diablo.

Ese sábado a las once de la mañana entré a orinar al restaurante en mención, que era además cafetería, bar, tertuliadero. Un lugar de reunión de los personajes más extravagantes e importantes de la televisión, la farándula, el arte y la política del momento de mediados de los 60s.

Yo venía ese día como traído por el “Ángel de la guarda del comité central” de la Editorial del Partido Comunista, llamada Colombia Nueva, donde se editaba su semanario y el magazín juvenil, que acometía una nueva edición… Cogí varios ejemplares donde en su portada claramente se leía: “¡Vietnam vencerá!” Jamás sospeché que la frase picassiana: “Yo no busco encuentro.” Y otra, que recordé de un poema antiguo y anónimo, que decía: “El destino tiene pulso y tiene tino” se cumplirían inexorablemente.

En las primeras mesas a la entrada del Cisne, vi a un amigo pintor, y acercándomele para ofrecerle el periódico aún de tinta fresca, observé de reojo a dos chicas, menores de los veinte, las cuales estaban ubicadas en una de las mesas laterales, y que ambas con curiosidad nos observaban.

Después de recibir la moneda del amigo, salí entrando en la tienda del lado llamada Chucito. Allí encontraría a algunos escritores conocidos como Humberto Navarro, apodado “Cachifo” – que comenzaba a ser reconocido por su reciente premio obtenido con la novela nadaista “Los días más felices del año”.

Fue entonces cuando en la puerta del negocio aparecieron las dos chicas del Cisne, y una de ellas habló con voz melódica, fuerte y acento costeño de las riberas del río Magdalena, preguntando sin timidez, qué quién vendía el periódico con el titular ¡Vietnam vencerá! “Yo”… Respondí de inmediato, saltando fuera de la silla, conmovido por la presencia de la chica, que tenía algo de la crítica de arte Marta Traba por su corte de pelo y por llevar minifalda con medio pantalón negras, a la manera de las existencialistas francesas.

En ese mismo momento entró el escritor en cierne Miguel de Francisco, quien al verla expresó: -“Es la misma Maga de Cortázar”. Le entregué el periódico, pero ella no se dio cuenta de que se le cayó un guante al extraer la moneda de veinte centavos de su carriel paisa de cuero auténtico y piel de dos tonos. Cachifo, el nadaísta, lo recogió expresando: “Yo se lo entrego”. Y cuando lo iba a hacer, ella rápido salió del lugar huyéndole quizás a los halagos del periodista y escritor tolimense, Héctor Sánchez y del joyero Darío Acevedo. Nos asomamos a la puerta, sorprendiendo a Navarro entregándole el guante, mientras ella inocente le daba su número telefónico, por ser él un personaje literario del momento.

Humberto Navarro, al regresar al local me lo dio, diciéndome: “Llámala tú, para que la reclutes para tu causa…”

Aquel fue también el tiempo en que Oscar Gil, conocido como “El hombre de la llama” me encontró recostado a un árbol del Parque de la Independencia sumido en la lectura de “El coleccionista” de John Fowles, y tocándome el hombro me dijo: “Poeta, no piense más en ella para que no lo coja la revolución cazando mariposas”.

El-Cisne

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