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CATOPTROMANCIA

El sábado 9 mayo, 2020 a las 6:40 pm
CATOPTROMANCIA

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Me gusta pararme frente al espejo para hacer muecas y jugar a las expresiones. Me miro la cara, me aprecio, levanto una ceja, la otra, estiro la boca, me despicho la nariz, arrugo y desarrugo la piel, saco la lengua, me miro de soslayo, de reojo, de frente. A veces me peino para un lado, luego para el otro, o me tiro el pelo hacia atrás, en fin, juego conmigo.

Trato de encontrarme en el tono de la piel y el brillo de la mirada el destino al fondo del espejo, sospechar mi salud, mis desajustes emocionales. Y a veces, claro, inventar la cara que voy a ponerle a alguien, o a mí mismo frente a la foto que vendrá.

Mi espejo es de los normales, de los que venden por ahí. Pero ahora que lo pienso debería comprarme uno que me diga la verdad, como el de Blancanieves, traído de Alemania con marcos de cobre, que son los espejos de verdad. Un espejo fino debería ser un artículo esencial, un gusto para darse una vez en la vida.

Cuando murió mi abuelo Antonio Valencia, soldado en la guerra contra el Perú en 1932, lo velaron en la casa. Yo era niño de calzones cortos, pero me acuerdo bien. Por esos días me sorprendió ver que las mujeres taparon todos los espejos con sábanas blancas. Al preguntar me dijeron que había sido la última orden de mi abuelo porque no quería que su alma se quedara atrapada en su reflejo. Ni para qué les cuento los miedos horribles que sentía cuando me quedaba solo en la casa. Creo que nunca volví a sentarme a leer en la sala donde había un gran espejo con marco de cobre. Del único espejo que me fiaba y no me atemorizaba era el del baño. Cada que miraba uno de los grandes espejos de la casa me imaginaba la cara del abuelo, que, siendo mi cara, era el rostro de un difunto. ¡Todavía da escalofrío acordarme!

Existo porque logro verme en el espejo, sé que no soy del todo el que se refleja, o eso quiero creer porque hay cosas -que veo- y no me gustan, pero al menos me da un poco de tranquilidad tener idea de cómo soy, o al menos tener una idea de cómo me ven los demás.

Hago carita feliz, de sorpresa, de rabia, de miedo, de asco, de tristeza, y luego me pongo a combinar los gestos: de feliz y sorprendido, de triste y asquiento, de iracundo con miedo. En fin, he logrado hasta quince combinaciones. No es fácil.

Me miro a los ojos, y son los ojos de un extranjero que me habita. De un ser que no conozco, que no soy yo, pero en realidad soy yo que mirándome al espejo ve un alma extraña, rara.

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