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Caso de la vida real en la Alta Guajira

El jueves 28 mayo, 2020 a las 9:04 am

Caso de la vida real en la Alta Guajira

Caso de la vida real en la Alta Guajira

Con ocasión del escándalo en torno al video en donde un palabrero guajiro y un locutor de radio hablan de la compra de mujeres wayúus, traigo este relato basado en los recuerdos…

Conocí un caso relacionado con el tema cuando trabajé como obrero electricista en Puerto Bolívar (Bahía Portete) en la Alta Guajira durante la construcción del montaje industrial de El Cerrejón (1983-4) que desarrolló la firma estadounidense Morrison Knudsen y múltiples subcontratistas colombianas. Yo trabajaba con Condisa.

Un trabajador amigo, soldador para más señas, que eran entre los obreros los mejor pagados, se enamoró de una bella y esbelta indígena wayúu, ella le correspondió, se casó dentro de la tradición ancestral, pagó la dote y organizó una ranchería en donde vivía su idilio multiétnico y pluricultural (¡!).

Ella era culta, hablaba italiano y había vivido en Maracaibo. Seguía vinculada a su comunidad y todo parecía ir bien. La comunidad indígena quería y aceptaba al «arijuna» como llamaban al «hombre blanco», aunque mi amigo era trigueño, pero de ojos claros y bastante atractivo físicamente.

En su motocicleta viajaba todos los días desde el lugar de trabajo a dormir a su ranchería y era un verdadero privilegiado frente a los demás obreros que estábamos hacinados en campamentos, dormíamos en filas apretadas de camarotes, teníamos que hacer cola desde las 4 a.m. para bañarnos, y en general, no teníamos ningún tipo de privacidad.

Sucedió que a mi amigo se le acabó el contrato. Él tenía su esposa «arijuna» en Bogotá y con mucho dolor tuvo que abandonar a su mujer wayúu. Le aportó una buena suma de dinero y se despidió en medio del llanto de la mujer indígena que sabía que ese hecho era casi una condena de «muerte en vida» para ella.

Ocurre que entre ese pueblo, la mujer que es repudiada o abandonada por un hombre, se convierte en una especie de paria para la comunidad. Todos y todas pueden ofenderla y la obligan a hacer toda clase de oficios desobligantes e indignos. No importaba que fuera bonita, culta y hasta que tuviera algún dinero, todos la repudiarían.

No obstante la mujer wayúu abandonada no era cualquier persona. Ella se había cuidado de anotar la dirección de la casa de mi amigo en la ciudad capital. Se separó de su comunidad, viajó por medio país y hasta allí llegó. Se presentó abiertamente diciendo que «ella era suya», haciéndole conocer lo que le tocaría vivir si se quedaba en condición de repudiada dentro de su comunidad.

Supe que su esposa «blanca» fue comprensiva de la situación y que fue aceptada para vivir en su casa. No sé los detalles de cómo se hayan acomodado hacia el futuro y si esa situación perduró y se estabilizó. Ir más allá quedó en suspenso y nunca volví a ver a mi amigo y compañero de trabajo. Los obreros de montaje éramos como gitanos modernos.

Lo recuerdo y relato con ocasión de la forma como ese locutor, que es mucho más ignorante que mi amigo, trata a las mujeres indígenas wayúu. Cada uno sacará sus propias conclusiones.

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