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CÁSCARAS DE NARANJA

El martes 22 marzo, 2016 a las 7:55 am

Bulevar de los días

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy.
Loco-mbiano.

Cáscaras de naranja

Tengo en mis dedos la fragancia que sale de entre la pulpa y la cáscara de la naranja que la escritora mexicana Gabriela Torres ha puesto en mis manos. Es uno de los ejemplares bellísimos que el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco le ha publicado a esta mujer de buena estatura y sólida pluma.

El título del libro de narraciones cortas dice con exactitud la cualidad de la literatura que poseen sus páginas. Hay una línea de pulcritud en el uso de la lengua, una sutil calidez en cada aspecto que toca que el olor a naranja se percibe desde que se abre el libro de 94 folios de color casi naranja.

Dicen comentaristas y críticos que la literatura es única en cuanto que el autor debe ser neutro en el uso del idioma al comunicar y así lo he comprobado en multitud de ocasiones. Que no hay literatura femenina ni masculina, pero desde que leí la primera narración sentí el sabor, el olor y el timbre de la voz de una mujer. En cada línea, párrafo y texto se puede advertir tal delicadeza,  picardía y tratamiento del lenguaje que se adivina con nitidez que el estilo y sensibilidad de quien escribe es de una mujer de fino pulso.

Gabriela aborda cada narración desde su percepción de mujer y no lo oculta. Todo lo contrario. Explota con facilidad y sin exceso esa cualidad propia de las féminas de calificar situaciones, cosas o personas con características de la forma o modo de actuar o por el parecido con o los apelativos con que se acostumbra en la intimidad. Y lo hace con tal naturalidad que no se convierte en lugar común.

Gabriela logra en sus textos adoptar para el tratamiento de los personajes que pone en escena dichos o expresiones del uso popular en situaciones diversas. En el saludo del encuentro inicial, en el ambiente social o en la intimidad del hogar. Va introduciendo en negrillas, – y casi se tropieza con ellas -, expresiones aclarativas para alabar, describir o acariciar o destacar con ellas a quien se refiere. Sin ofender, ni por burla. Las circunstancias hacen que estas semiaclaraciones broten casi sin proponérselo.

La manera como empieza un texto de Gabriela es como si uno simplemente abriera una puerta y se encontrara con un personaje que empieza a contar su historia. No hay repetición de casos, ni rebuscamiento. Cada narración es bautizada con un título que retrata con un fogonazo el personaje o la situación que va a revelar en su laboratorio o pintar en su pantalla. Media mirada servirá para saber quién convence o se deja vencer en cada trama.

Desde la carátula del libro es patente la sutileza de imágenes, el delicado trato de la palabra sin que también se advierta en ocasiones una maligna intención de sorprender con gestos y expresiones que jamás llegarán a ser procaces. La imaginación del lector será tan rápida como la audacia y sagacidad de la escritora para introducir una escena algo mórbida. Esta es una virtud o joya que se incrusta a lo largo de las páginas.

Cali, 21-03-16 / 11:16 a.m.