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Miércoles, 5 de octubre de 2022. Última actualización: Hoy

Carta ejemplarizante de un hermano ejemplar

El lunes 7 marzo, 2016 a las 9:30 am

Diana María Vela R.

Diana María Vela R.

Esta es una gran lección de comportamiento familiar, que nos dejó uno de los mejores estadistas y pensadores de EEUU. Se trata de Abraham Lincoln quien se niega a prestarle US$80 a su hermanastro. No accede a la petición, pero le ofrece una solución sostenible. Envía la siguiente carta:

Diciembre 24 de 1848.-
Mí querido Johnston:

Discurso de Gettysburg - Abraham Lincoln - EEUU

No me parece oportuno acceder por ahora a tu ruego de que te preste 80 dólares. En cada una de las distintas ocasiones en que te he mandado algún socorro en metálico, me has dicho lo mismo: “Ahora saldré de apuros de una vez por todas”, y, en efecto, al poco tiempo estaban de nuevo con el agua de las deudas al cuello. Es evidente que ello se debe a algún defecto de tu carácter. Me figuro que conozco ese defecto.

No eres perezoso, y, sin embargo, eres un ocioso empecatado. Me atrevería a asegurar que desde la última vez que te vi no has trabajado un día entero. En esa tu deplorable costumbre de perder lastimosamente el tiempo se cifra la causa de todos tus tropiezos. Y es de la mayor importancia, tanto para ti, como para tus hijos, que te enmiendes en ese punto. Y te diré que es más importante aún para tus hijos, porque han de vivir más y porque les será más fácil precaverse contra la vagancia antes de caer en ella que librarse de sus perniciosas consecuencias una vez contraído el hábito de la ociosidad.

Te exhorto a que te pongas a trabajar con fe y con ahínco, ya para ganar un buen jornal, ya para pagar con tu sudor y fatiga alguna de las deudas que te agobian. Y con el objeto de asegurarte una buena remuneración, te prometo aquí darte un dólar de mi peculio por cada dólar que recibas en pago de tu trabajo, desde hoy hasta el día primero de mayo, tanto si te lo dan en efectivo como si lo destinan a saldar alguna de tus obligaciones adquiridas. No quiero con esto decirte que debas ir en busca de trabajo a St. Louis, ni a las minas de plomo, ni a los ricos yacimientos de oro en California. Sólo deseo animarte a que busques alguna ocupación ahí mismo, a las puertas de tu casa.

Ahora si escuchas mi consejo, pronto saldrás de tus deudas, y, lo que vale más, habrás adquirido un precioso hábito que te librará de caer en ellas nuevamente. Si, como pretendes, te tendiese yo la mano y te sacase de tus actuales apuros, el año que viene estarías otra vez metido en ellas hasta la coronilla. Dices que venderías tu alma al diablo por 70 y 80 dólares. ¡En qué poco estimas tu alma! Tengo la seguridad de que, si aprovechas el ofrecimiento que te hago, reunirás esos dólares trabajando asiduamente 4 ó 5 meses. Me dices que si te doy ese dinero me darás en fianza tus tierras y que si no me lo puedes pagar, me pondrás en legítima posesión de ellas. ¡Qué absurdo! Si no puedes vivir con esas tierras, ¿cómo acertarás a vivir sin ellas?

Siempre has sido bueno conmigo y yo sería un mal hermano si abusara de tu situación. Por el contrario, si pones en práctica mi consejo, verás que te ha de valer más que 8 veces los 80 dólares que me pides. Te quiere, tu hermano, A. Lincoln.

Sin palabras.

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