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CARTA A UN ESTUDIANTE VENEZOLANO

El miércoles 21 mayo, 2014 a las 7:58 am
Gloria Cepeda Vargas

Gloria Cepeda Vargas

Un grito de San Cristóbal a Caracas, de Punto Fijo a la frontera sur, desbarata la noche. Tu Universidad Central, la de Andrés Eloy Blanco y Jacinto Convit, de Rómulo Gallegos y Andrés Bello; la entrañable “Casa que vence las sombras” y se volvió ancha y honda para acoger a todos los presidentes de la República, científicos de reconocimiento universal, cantantes, pintores, poetas y guerreros que la habitaron con orgullo, es hoy un corredor lleno de escombros. Te cambiaron el cielo y de nuevo tu corazón es un escudo y tus huesos una caja de resonancia.

Heredero de la generación de estudiantes del 28, como ellos, en plena tiranía de Juan Vicente Gómez, miras de frente. Como ellos, los hombres en agraz de esos días oscuros, te plantas desde arriba. Clamas, lloras, te mueres y resucitas. Desafías lógicas polvorientas y cobardías nuevas. No es cierto que el seso y la sustancia sean únicamente capital de los años vividos. Tu frente es hoy el solo espejo libre de escupitajos, tu raíz el único asidero, tu conciencia la brújula mejor abastecida en este desajuste elemental.

La Venezuela que te tocó se llamaba petróleo-educación, petróleo-viajes de recreo, petróleo-hoteles cinco estrellas, petróleo-solidaridad, petróleo-risa al viento. Pero también petróleo-arrogancia mal cortada, petróleo-despilfarro, petróleo ausente de los asentamientos colgados como volatineros en los despeñaderos suburbanos. Ése fue el camino abierto para el miedo, las peleas a dentellada limpia por un kilo de harina, el raponeo de papel higiénico a pleno sol, las farmacias vacías, los hospitales inermes, el país en astillas. Ahora el miedo podría cortarse como una tela almidonada, militares sin pundonor y extranjeros parásitos bostezan a la sombra de lo que te pertenece y los nuevos usurpadores de esta casa sin dueño, copian con un lente de aumento los desafueros que critican en los “escuálidos” de la Cuarta República.

Eres demasiado nuevo para despilfarrar la vida en esos análisis prefabricados donde se bambolean sabios y mesías de reciente cuño. Estás entero aún y por eso te cuelgas de la brocha o no has tenido tiempo para recordar la desolada historia de botas y gorras militares tatuadas en la piel de tu país.

Si te escurrieran bajo el sol, rezumarías agua limpia. Si te escucharan los minusválidos de alma que desde Miraflores se tragan el futuro, la agenda sería más racional; pero no oyen ni ven sino su propio ombligo. La Venezuela “del sol y el mar cercanos”, oscureció de pronto. El olor a muerte planea como ave carroñera. No hay en el diccionario definición para este incendio que se descuelga de los verdes del Ávila a los cobres flotantes del Orinoco.

Sabes lo que no quieren entender quienes llegaron antes que tú. Vomitas lo indigesto de la charca donde flota lo que queda. Tu pecho sin camisa y tus suelas pegadas del asfalto, gritan ante el silencio o el estupor de un mundo que ayer bebió hasta la saciedad de tus entrañas generosas.

Los medios de comunicación dicen a secas: “Mataron como moscas a los estudiantes, destruyeron las barricadas de los estudiantes, patean, escupen, violan a los estudiantes, los aplastan como si fueran cucarachas, a las madres, los padres, los hermanos de los estudiantes, se les acabaron las lágrimas”.

Y nada más. El sol alumbra afuera mientras la noche cae sobre la indiferencia que cojea al otro lado del infierno. El país que te alumbró es ahora un rebaño acorralado entre las balas y el hambre, donde a pesar del horizonte cejijunto, todavía hay tiempo para luchar por lo que vale la pena y hasta para morir con dignidad.

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Otros artículos de esta autora: http://bit.ly/1hfyR1h

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