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Carlos Gaviria ha muerto

El viernes 3 abril, 2015 a las 10:14 am
Gloria Cepeda Vargas

Gloria Cepeda Vargas

La noticia llegó como un ave de mal agüero: Carlos Gaviria, el pulquérrimo funcionario, el respetado ciudadano, hombre de paz y referente ético de Colombia, murió el 31 de marzo en la clínica Santa Fe a los 77 años de edad.

Había nacido en Sopetrán, Antioquia, y desde muy joven se dedicó a la actividad académica. Ex magistrado, presidente de la primera Corte Constitucional, ex candidato presidencial, líder de izquierda, lector acucioso y sobre todo hombre cabal, este colombiano de barbas bonachonas, honró sin alardes nuestro gentilicio. La democracia colombiana, tan vituperada y llena de borrones, encontró en sus ejecutorias y en la transparencia de su vida, la mejor reivindicación.

“Un demócrata cabal” lo llamó el Consejo de Estado; profesó el liberalismo en sentido ideológico y su antagonismo a la sacralización del concepto de democracia expresado tantas veces, lo define como un pensador.

Admirado aun por sus contradictores, nutrido en las fuentes de la filosofía helénica, lector de Borges y melómano selecto, la coherencia entre su manera de pensar y proceder, fue proverbial. “La dignidad humana no es otra cosa que la autonomía”, dijo más de una vez, sosteniendo después contra viento y marea: “El pueblo no es una masa amorfa sino una comunidad conviviente y por eso es necesaria la ilustración. La tarea de la universidad es formar buenos ciudadanos, no solo profesionales, ya que eso lo pueden hacer otras instituciones y hay que educar para la convivencia”.

Fue un extraño y lúcido divulgador de verdades a veces incómodas. Defensor del matrimonio entre individuos de un mismo sexo, del derecho al aborto y de la dosis personal, muchas veces sus palabras levantaron densas polvaredas  en una sociedad que como la nuestra se caracteriza por “educar para la uniformidad de pensamiento y no saber disentir”. Poseedor de una cultura sólida y de una inteligente concepción de la libertad, anduvo por la vida leyendo, actuando, escuchando y rebatiendo a conciencia, convencido de que cada quien posee su propia armazón y su propio espacio. Abogando por una sociedad sin privilegios, dijo: “La ilustración es el primer derecho del pueblo en una democracia”.

Agnóstico convencido, respetó las convicciones religiosas de los demás y recordó con sus palabras y sus actos, la responsabilidad a que debe responder el jurista como profesional humanístico por excelencia que es. Contraviniendo decires populares, afirmó: “Colombia no es una democracia, somos un pueblo con vocación democrática, que es otra cosa”. Desde que me recuerdo, escucho decir que “somos la democracia más antigua de América”, sin que ninguno de nuestros dirigentes ose afirmar lo contrario. Las palabras de Gaviria constituyen una de las frases más asertivas que he escuchado en este país de anclajes  oxidados y solo un profesional de la libertad y la sindéresis, habla así.

De intachable vida académica, sus fallos memorables lo acreditan como hombre y profesional digno de imitar: Exoneró de responsabilidad al médico que incurra en homicidio por piedad. Despenalizó el uso de la dosis mínima, priorizando la autonomía del individuo. Defendió la exclusión de pena para quienes incurrieran en delito político. Abogó por mayor participación de la mujer en altos cargos del Estado.

Siempre admiré su serenidad para discutir y su sapiencia caudalosa. Su capacidad de asombro, su fluir de agua limpia. Nuestra bandera debería, en estos momentos de duelo, ondear a media asta, como sucede cuando ocurren las grandes catástrofes  y las pérdidas insustituibles.

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