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Borges–Bachelard y el Paraíso como una Biblioteca

El sábado 25 mayo, 2024 a las 11:44 am
Borges–Bachelard y el Paraíso como una Biblioteca
Borges–Bachelard y el Paraíso como una Biblioteca
Foto: Comunidad Baratz
León Gil

     Sin duda alguna, Jorge Luis Borges es uno de los autores más citados, imitados, copiados y apocrigrafiados (valga el neologismo: apocrigrafiar: crear apócrifos) de todo el mundo.

     Y quizás “su frase” más difundida sea aquella de «Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca».

     Es una frase que figura inscrita como emblema o divisa en incontables bibliotecas. Es lema y epígrafe de cuanto ensayo o discurso de políticos, académicos, “gestores culturales” y todos aquellos que pretenden hacer apología del libro, de las bibliotecas.

     Nótese que escribí “su frase” entre comillas, pues hasta ahora no he logrado encontrar la fuente donde aparezca dicha frase exactamente. Además, eso de “algún tipo de biblioteca” no me parece muy propio del fino y depurado estilo del gran maestro. Me inclino a pensar que a algún “genio” se le ocurrió creer estaba mejor así que como se expresa en el tercero y cuarto verso del 6º cuarteto de su justamente celebrado Poema de los dones, publicado por primera vez en su libro Poemas, 1959 (edición privada), y reeditado en 1960 por Emece Editores, como parte del libro El hacedor.

    En efecto, el cuarteto aludido contiene la misma idea, pero no literalmente:

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

     Y, ahora bien, ¿por qué en el título del presente texto figura junto a Borges el filósofo, epistemólogo, poeta y físico francés Gastón Bachelard?

     Pues porque, coincidencialmente (?), la misma idea de Borges aparece en el –casi que de culto– libro del francés, titulado La Poétique de la rêverie, 1960. La Poética de la ensoñación, en traducción al español de la poeta uruguaya Ida Vitale, Fondo de Cultura Económica, México, 1982.

     En la penúltima página de su larga introducción, escribe:

      «¡Cuántos beneficios nos deparan los nuevos libros! Quisiera que cada día me cayesen del cielo a canastadas los libros que expresan la juventud de las imágenes. Este deseo es natural. Ese prodigio es fácil. ¿Acaso, allá arriba en el cielo, el paraíso no es una inmensa biblioteca?».

     Es evidente la semejanza de ambas ideas, sueños o deseos. Seguramente otros escritores, poetas y pensadores de otras épocas y diferentes latitudes también la hayan expresado de alguna manera.

     En la historia de la ciencia, las artes y la literatura se han dado coincidencias y hallazgos semejantes casi que simultáneamente. Pero de existir suspicacias respecto a la originalidad de la famosa idea, el hecho incontrovertible es que Borges la hizo pública en 1959, y Bachelard en 1960.

     Y bueno, ya basta, no comprendo porqué diablos me extendí tanto sobre el origen de la archifamosa frase atribuida a Borges, cuando el propósito principal de este artículo; o simplemente texto, es el de reflexionar un poco acerca de la autenticidad de la misma, de su sinceridad. Me explico. Cuando la leí por primera vez (primero en Borges); hace muchos años, confieso que no lograba asimilarla. Esto es, que, a pesar del valioso conocimiento, sabiduría y solaz que siempre había encontrado en los libros, no podía creer que alguien; por bibliófilo, estudioso, erudito o intelectual que fuera, no pudiera desear seriamente nada mejor para su ideal de un Paraíso; en el que se supone viviríamos eternamente, que una inmensa biblioteca. Toda biblioteca grande abruma, es horrible, repelente. Mejor dicho, no podía concebir que alguien dijera semejante barbaridad y aberración sinceramente, por muy Borges que fuera; y menos aún esos pedantes, esnobs, intelectualoides y demagogos a quienes se las escuchaba repetir y reproducir constantemente. No; me decía, estos imbéciles tienen que ser unos farsantes, hipócritas. Los conocía, muchos de ellos eran unos borrachos, dragos y putañeros (Jaime Sabines escribió un poema pidiendo que canonizaran a las putas). A tales “bibliófilos y bibliómanos” habría que grabarles con fuego en la frente el anatema, la imprecación de Baudelaire, el gran poeta: Hipócrita lector.

Los auténticos poetas no habrían pregonado jamás, y mucho menos suscrito semejantes sandeces. De hecho, han escrito cosas como estas:

–         Aquí, con una Barra de Pan, debajo de la Rama, / Una botella de Vino, un Libro de Versos… / Y tú a mi lado, cantando en el Desierto… / Y ahora es Paraíso el Desierto (Omar Khayyam).

–         Si en la Iglesia nos dieran un poco de cerveza, y un fuego agradable para deleitar nuestras almas; cantaríamos y rezaríamos el día entero… (William Blake).

–         Ideas de libertad están atadas a la bebida. /Nuestro de Paraíso contiene una taberna/… donde no aparecen/Letreros de No se Fía ni de No hay crédito/Donde siempre podemos beber sin pagar/Con la puerta abierta, y el viento soplando (Malcolm Lowry).

     Y así, sucesivamente, podríamos seguir citando hasta el hartazgo la legión de grandes poetas de todas las épocas y de todo el planeta que han cantado de semejante manera. Además, ni falta que les haría una biblioteca. En el Paraíso (o el Infierno) en que se hallaran, estos estos seres levantiscos y anómalos escribirían sus divinas obras, sus libros inmortales; construirían su propia biblioteca.

          En este sentido, absolutamente honestos son los árabes, quienes no obstante haber escrito incontables libros, y haber enriquecido el acervo de las ciencias y las matemáticas, la poesía, las artes y la literatura en general; no incluyen su Paraíso (Yanna) soñado o prometido nada de libros o bibliotecas. Veamos:

     «Los textos islámicos describen una vida inmortal para sus habitantes, feliz, sin daño, dolor, miedo o vergüenza, donde se satisface cada deseo. Las tradiciones aseguran que todos serán de la misma edad (33 años) y de la misma estatura. Su vida estará llena de venturas incluyendo trajes lujosos, joyas y perfumes, participando en banquetes exquisitos servidos en vajillas sin precio por jóvenes inmortales y descansando en divanes adornados con oro y piedras preciosas. Los alimentos mencionados incluyen carnes y vinos aromáticos que no embriagan ni inclinan a las peleas. Los residentes en la Yanna se regocijarán con la compañía de sus padres, esposos, e hijos (siempre que hayan sido admitidos al paraíso), conversando y recordando el pasado. Los textos también mencionan a las huríes, creadas en la perfección, con las cuales compartir las alegrías carnales (un placer cientos de veces mayor que el terrenal).

     » Las viviendas serán agradables, con amplios jardines, valles sombreados y fuentes perfumadas con alcanfor y jengibre, habrá ríos de agua, leche, miel y vinos, frutas deliciosas de todas las estaciones sin espinas y pabellones llenos de huríes».

     Sincera y honestamente; de ser factible, ¿por cuál de estos dos Paraísos se decidiría usted? Por favor, no me vaya a salir con que por el tercero, el de los cristianos.

13 POSTRINOS

1.     Ironía: físicos y artistas afirman que el negro no es un color; sin embargo, los «corrección política» llaman a los negros ‘gente de color’.

2.      ‘El día de la Madre’ es; sino la única, sí la principal fecha digna de celebrarse, pues en primera y última instancia significa celebrar el gran “milagro de la vida”, el maravilloso don de la existencia.

3.     El colmo del nihilismo sería creer que en la vida no hay nalga que valga la pena.

4.     Opinaba Emil Cioran que «Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios.» Algo con lo cual estoy totalmente de acuerdo, por eso me extraña; y hasta me duele e indigna un poco, estar seguro de que no existe en el mundo al menos una iglesia o alguna olvidada capilla que lleve el nombre del grande, abnegado y humilde maestro.

5.     Arte poética: sí, todas las artes son poéticas.

6.     «Mucho mienten los aedos», afirmaba Solón con gran denuedo. «Los poetas mienten demasiado», pregonaba Zaratustra, el abogado de la vida, el poeta.

7.     Se dice que el cornudo es el último en enterarse. ¿Se ha enterado usted de algo?

8.     El arte y la poesía son producto del talento y el oficio, no de la jactancia y el artificio.

9.     Todo hombre o mujer; pasados los cincuenta, podría escribir una interesante autobiografía, si tan sólo supiera cómo hacerlo.

10. Sabía que un poeta, o un profeta, podían ser peligrosos como un ejército. Y había resuelto que el poeta muriera. Era su único tributo a la poesía, y era sincero.

                                                        G. K. Chesterton, en Los tres jinetes del Apocalipsis

11. David Sinclair, científico de Harvard, afirma que «la vejez es una enfermedad»; pero en realidad es todos los males juntos.

12. «En Colombia sobran facultades. En esta juventud letrada del actual momento hay materia para un parnaso luminoso y culminante verdaderamente nacional. Lo que les falta a muchos es franqueza, buena fe, confianza en la propia psiquis, despreocupación, libertad de espíritu, lo que les falta es la rebeldía que tanto alardean…»

     Esto lo decía don Tomás Carrasquilla (el único ‘don’ que hemos tenido en Colombia), ya octogenario, en 1928.

     Y en la misma entrevista:

     «El poeta es como una corriente de agua: él mismo se abre su cauce. Si es caudaloso romperá por cualquier parte e irá derecho al mar. Si no, se estancará por ahí o se lo tragará la tierra, a poco de andar».

13. La vida no es dura; en realidad es blanda y suave, como una mierda.

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