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BOGOTÁ SUPER CAVERNA

El miércoles 21 octubre, 2015 a las 4:02 pm
Armando Orozco Tovar

Armando Orozco Tovar

A primera vista, una mercancía parece una cosa obvia, trivial. Su análisis indica que es una cosa complicadamente quisquillosa, llena de sofistica metafísica y de humoradas teológicas. Carlos Marx (El Capital.)

La sociedad de mercado o neoliberalismo acaba velozmente con los museos, las editoriales, los libros, las salas de cine y de teatro, con todo aquello que no produce ganancia inmediata. Antes muchas de estas cosas subsistían con el apoyo estatal, pero como se acabó el Estado, ¡paila! Por esto a la hermana república bolivariana del lado, no la quiere el Tío Mc Pato.

Razón tenía el profesor de filosofía Rojas de Laspriella de bachillerato de la Libre en el 62, cuando en clase expresaba: “Esta sociedad capitalista es naturaleza en descomposición, donde hasta los sentimientos se convierten en mercancías”. Algunos a Rojas lo recuerdan dándole la razón cuando mandan a publicar unos libros en editoriales inexistentes. También yendo en busca de algún libro en librerías que casi ya no aparecen por ningún lugar de la ciudad, convertidas en su mayoría en forma virtual.

Cada día el planeta se transforma en un inmenso mercado de pulgas donde se adquieren a muy bajo precio cosas como álbumes con fotos de Jorge Eliecer Gaitán y del Bogotazo. Del antiguo e incinerado Palacio de Justicia, antiguas máquinas de coser y de retratar. Algún cuadro de Jesucristo sin corazón en el pecho. Una boyta de soldado sin pie, junto o la pantanera del guerrillero. Un pedazo de la espada ¿de Bolívar? ¿De la estatua mochada de Tenerani?

Bogotá D.C.

Querámoslo o no la urbe capital se volvió una plaza enorme de mercado de pulgas. Puestos de comida, frutas tropicales, helados, jugos y productos de variada y sospechosa procedencia. Lechonas tolimenses expuestas a la contaminación exagerada de los vehículos, sin ningún control higiénico. Tamales: “Amalgamas bárbaras”, como las llamó Flora Tristán, escritora, socialista, francesa con vínculos sanguíneos con el pintor Paul Gauguin.

Puestos de ventas de todo lo imaginable e inimaginable inundando vías, parques, aceras, calles peatonales, puertas de edificios, iglesias con sus mendigos. ¡Ah! sin salvarse de la embadurnada ni el más pequeño sitio con signos indescifrables. También la distracción chistosa, de aquel guajiro, que con un mal gusto exagerado contra la mujer, haciendo reí a la multitud desocupada. Falsos pieles rojas, tangueros, Celia Cruz. Y todo sobre la Séptima o el muladar de la Avenida Jiménez con su eje ambiental mientras los trasmilenios suben y bajan como latas de sardinas, por debajo de los puentes de la 26 repletos de indigentes que se aposentan ahí peor que los refugiados sirios y africanos en Europa, visto sin humanidad por una humanidad sin porvenir. El muladar palomero de la Plaza de Bolívar ¡Pobre Libertador! Y un poco más lejos del centro capitalino, el tugurio del hospital principal de ciudad Kennedy.

Nadie niega que al mundo le llegó la hora de la rapiña total. Se convirtió en una súper caverna cruel de chucherías, que habitará en un futuro no muy lejano un ser dedicado sólo a negociarlo todo, como el personaje ocupado en cifras de saqueos en aquel planeta imaginario del pequeño príncipe.

Pronto venderán los cerros de Monserrate y Guadalupe con todo y Cristo milagroso aporreado, comenzando por taparlo con enormes edificios españoles. También si el capital financiero no lo ha hecho, la alcantarilla del río Magdalena.

Pero gracias al galo Peñalosa, ¿otra vez futuro alcalde del tugurio bogotano? que transformará en poco tiempo el fangal -pozo séptico del río Bogotá en el maravilloso Sena de París.

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