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El domingo 18 enero, 2009 a las 10:08 am
BELMIRA, SUS MONTAÑAS Y POETAS

Calle de Belmira con cielo despejado

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leoquevedom @hotmail.com

Rafael Bernal y Rubiel Valencia Cossio fueron los dos primeros directores del desaparecido INTRA, dependiente del Ministerio de Obras. Aquí se sentaron los parámetros para la racionalización de tarifas, asignación de rutas y licencias. Ingenieros de vías, economistas, abogados, sociólogos fueron convocados para estructurar lo que hoy constituye el mapa del transporte en Colombia.

Carlos Madriñán de la Fuente, Sergio Terreros, Jesús Antonio Orozco, Rafael Patiño, Jorge Augusto Celis, Germán Calle, Guillermo León, Álvaro de Jesús Gómez, Luis Carlos Vásquez, Guillermo Bravo, Antonio Convers, Cecilia Londoño de Pareja y otros profesionales, formaron en 1970 un gran equipo y dieron solidez y prestigio a este Instituto ideado por el estadista visionario Carlos Lleras Restrepo en su fructífero cuatrienio.

Cecilia Londoño, soltera todavía, de ojos claros, joven economista, de recio temple y rigor académico, hacía gala de su bella Belmira en las montañas antioqueñas. El orgullo con que nombraba su tierra me hizo creer que era un municipio pujante, rico, con muchas cuadras de casas con ventanales coloniales y con miles de habitantes de carriel y ruana. Hasta hace dos semanas tuve a su pueblo entre pecho y espalda con esa imagen dibujada. Y se me presentó la ocasión de ir a conocerlo.

Salimos desde La Ceja en carro fletado muy de mañana para hacer rendir el sol y los cantos de los pájaros en los pinares y los eucaliptos. Una hora y media pasó por entre praderas, arcos de sombra de árboles y nubes sembradas al azar por el invisible viento. La ilusión pintada en mis recuerdos hacía que la distancia que se acortaba por la carrera desaforada del chevrolet también volara. A medio día, por fin se cumplieron las ansias de tocar con los pies un deseo de joven.

Belmira, nos recibió con sus dos calles largas con casas adornadas todavía para las fiestas navideñas. Bautizamos con la “calle del asado” a la contigua al bello templo que se yergue en la cabecera, recostado en la montaña. A cuadra y media está su cementerio donde reposan todos los Londoño. Pareciera que no hay más apellidos en Belmira. El clima es frío, pero sus habitantes son saludables y cordiales.

Al caer el sol muy cerca de nosotros, se aparecieron junto al frío y bajo las diezmil estrellas que nos acompañaron desde el cielo azul, dos poetas jóvenes, María Isabel Restrepo y Alexander Londoño, quien también pinta y sonríe y otras cuatro personas. En la Posada Arco Iris y alrededor de Marga López, Gloria María Medina y el suscrito, lanzamos al aire cantos de paz y amor, augurios por Belmira y lágrimas por los 100 árboles caídos a su entrada por un decreto que un alcalde les disparó contra sus añosos cuerpos.

Belmira tuvo en enero una cuna de versos que arrulló a sus habitantes toda una noche. Los pececitos que adornan las puertas de todas las cuadras nadan por el ambiente como pidiendo agua y empleo. Eso lo dijo un ventero como una queja por tanto suelo madre sin quien lo siembre, sin quien ayude a sus dueños a tecnificarse y convertirlo en granjas fértiles. A Cecilia Londoño no la encontramos, pero a su pueblecito llevamos versos con la esperanza de que otros árboles crezcan y también su economía.


12-01-09 – 9:49 a.m.
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