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AZULI Y EL LAGO

El sábado 16 julio, 2016 a las 8:23 pm
Rodrigo Valencia

Rodrigo Valencia Q ©

Azuli era un ser solitario; podría decirse que sus únicos amigos eran el Maestro, el sol, la luna, las estrellas, el día y la noche, y que sus sueños eran una vertiente de ilusiones por encima de la tierra.

Una mañana estaba junto a un lago de aguas calmas, transparentes como el cristal, y de pronto vio un resplandor a la orilla; se incorporó, se asomó al agua para entender qué ocurría, mas no vio su reflejo sino el rostro del Maestro; se sorprendió, se echó hacia atrás. Y he aquí que del agua surgió el Maestro en forma líquida; brillaba iridiscente con la luz; flotaba, mas no perdía su consistencia acuosa, extraña aparición.

«No te sorprendas», le dijo el Maestro; «si todo, el mundo y sus fenómenos fueran ciertos, no habría prodigios ni cantos en los astros, ni seres que aparecen de la nada, ni anticipaciones del futuro», añadió.

«Maestro, me asustas, eres una caja impredecible de sorpresas; nunca me has dicho de dónde vienes ni adónde vas; apareces y desapareces como si nada, y yo estoy ávido de entender», respondió Azuli.

«Todo a su debido tiempo; la piel de la realidad acota, mide sus enigmas, los cubre o desenreda, y poco a poco los revela a quien tiene ojos para ver».

«Ojos para ver… quizás yo sólo pueda mirar mi propio extrañamiento, las barreras que se levantan ante mí entre el día y la noche, entre las nubes y el territorio de fantasmas que me ronda», respondió Azuli.

«Todo tiene su tiempo bajo el sol; por eso, debes trabajar sobre ti mismo; eres el único moldeador de tus esfuerzos, y entonces el canto del alma despertará sus primeros tonos como un amanecer; verás así el tiempo del comienzo, una aurora que anticipa un buen futuro», respondió el Maestro. Mientras tanto, su forma flotaba con vaivén suave, su cuerpo líquido persistía con liviandad totalmente ajena a la naturaleza del agua, que es pesada como la caída de la noche. «Yo soy agua, fuego, tierra y viento, y tú eres lo mismo; sólo un conjunto de apariencias, un tiempo cambiante como el sueño; pero yo me he apoderado de mi forma, he visto las transformaciones, todas, en mi propia nada. Tú debes deshacerte de tu nada, y tu propia voz ocupará el trono de las revelaciones, necesarias para poder entender, ver el curso de las cosas desde el alfa hasta el omega». Y mientras decía esto, el Maestro alargó su forma como un eje vertical, del cual, poco a poco surgieron ramificaciones parecidas a las de un árbol que creció hasta el firmamento.

«¡Ay, no sé si estoy loco, alucinado; no sé dónde asir mi propio peso de tierra; mis ojos no me proveen el ensamble creíble de las cosas; estoy en un territorio donde confundo hasta mi propio rostro!», se lamentó Azuli, mientras la visión se esfumó poco a poco entre las nubes.

Un grupo viajero de cirros se disolvió en la concavidad del cielo; el azul más limpio e infinito era un espectáculo para los ojos.

RVQ

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