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Lunes, 25 de octubre de 2021. Última actualización: Hoy

AZULI, UNA TARDE

El miércoles 5 julio, 2017 a las 8:13 pm

Azuli estaba sentado frente a la huerta, en la parte trasera de su casa. La tarde demoraba su cálida luz, él disfrutaba con sereno ensimismamiento. Y entonces, repentinamente, el Maestro apareció como una ráfaga imprecisa. Azuli sentía su presencia completa, pero sólo veía su rostro; el resto de su cuerpo parecía velado por lo indefinible. Extrañado en grado sumo ante el fenómeno, solamente pudo exclamar:

¡Maestro!

No te sorprendas, las cosas no son lo que parecen; ya sabes, ni tú ni yo somos el cuerpo físico.

Azuli no encontraba respuesta; reclamaba alguna luz dentro de sí para contestar algo; y no la hubo, de modo que dijo: Hoy viene usted con ojos azules; otros días son de color diferente.

Hoy es mi voluntad presentarme así para ti. Al menos has captado este detalle.

—¡Cómo no iba a captarlo!… Uno se da cuenta inmediatamente.

¿Y quién es el que se da cuenta? demandó el Maestro. No contestes Yo, si no sabes qué es el Yo.

Azuli titubeó, su mirada era indecisa, esquivaba alguna respuesta.

¿Existirías, si no te dieras cuenta de la existencia?

No respondió tímidamente Azuli. Pero existirían los demás; ellos se darían cuenta. Además, hay cosas que no se dan cuenta de sí mismas pero existen.

Tú lo has dicho: «se darían cuenta»; la existencia está endosada a este darse cuenta de las cosas; de modo que una piedra, por ejemplo, sólo existe para quien se da cuenta de ella, es decir, en una Conciencia que percibe la existencia.

¿Y el darte cuenta de ti mismo, es diferente de darse cuenta de las demás cosas? añadió el Maestro, mientras Azuli fruncía el ceño. De la huerta venía, soplaba un viento suave, lo demás era silencio en espera de definición.

Bueno, son cosas diferentes, pero creo que el darse cuenta es el acto primordial en todas las tomas de conciencia pudo contestar Azuli.

Efectivamente, has respondido bien afirmó el Maestro. Dime: ¿si no te dieras cuenta de nada, existiría el mundo?

No; no al menos para mí, pero sí para los demás contestó Azuli, con más seguridad.

¿Y si nadie en el mundo se diera cuenta? insistió el Maestro.

Tengo que admitir, al menos en este instante, que no existiría nada; eso creo.

Lo mismo sucede cuando entras en sueño profundo: no eres nada, no existe nada en ese momento, a menos que estés soñando algo. El Maestro lo miraba con cierta severidad. Despiertas, y te vuelves a dar cuenta, aparece el mundo en su totalidad a tu conocimiento, y entonces dices: Yo soy, el mundo es. Otro nombre para la Conciencia es este darse cuenta; así se sostiene el mundo. El darse cuenta es la ligadura, el pegamento que sostiene la continuidad de lo existente. Si no hay Conciencia, no hay mundo. Si no hay sujetos no hay objetos. El universo aparece y desaparece en la Conciencia. Y ésta se inmanifiesta en el sueño profundo, y vuelve a manifestarse en la vigilia y en los sueños. Es eterna, se muestra como tiempo, espacio y las infinitas formas posibles, reales e imaginarias, hasta el tiempo sin fin. Sin conciencia no hay ninguna realidad, ella es la esencia de la realidad. Y la Conciencia es este darse cuenta, y eso eres tú; y ella si no está en ti, destella en los demás, constatando su presencia incuestionable, iluminando todo cuanto existe.

Elemental y obvio; en adelante, debes realizarlo en ti mismo, hasta que lo veas claro, con percepción nítida, evidente.

Maestro, usted ve las cosas así, pero yo no estoy convencido. Podría existir un mundo sin conciencia. Además, la ciencia, la filosofía y el intelecto podrían hacer reparos a lo que usted dice.

Deja que la ciencia y el intelecto busquen sus respuestas; sólo encontrarán una evidencia: todo es pura Percepción. Además, date cuenta, tu respuesta es una sospecha que procede de tu propia Conciencia; si no fueras Conciencia no podrías responder ni pensar nada. Y, claro, no estás convencido porque no lo ves… te das cuenta pero vagamente fue la respuesta del Maestro, y su forma indefinible tomó cuerpo, consistencia firme, sólida y visible ante la mirada atónita de Azuli; y entonces le entregó un higo, como testimonio del momento.

Una mariposa blanca se acercó; su vuelo salpicado era una danza alrededor del Maestro; ella pasaba a través de su cuerpo como si no existiera. Él reía.

Maestro, usted me asusta, me confunde. No sé qué pensar, no tengo el temple ni la razón de estas cosas. Y comiendo el higo no voy a entender…

Percibirás su sabor, como percibes la razón; eso es Conciencia. La razón no es más que pensamientos en pugna por entender, pensamientos en busca de respuestas… Y allí todo debe cuadrar con lógica exacta; si no, nada es aceptable, según el modo común de entender de las personas. Pero si no te dieras cuenta de los pensamientos, ni siquiera hablarías de la razón. Todo son palabras, obituarios de lo que nunca será real… Cosas, fenómenos, tiempo, espacio, si no te das cuenta de ellos…

El maestro dio tres pasos hacia atrás, y desapareció; en la huerta cesó el viento. Quedaron las preguntas, las dudas en la cabeza de Azuli. Parecía que las nubes se dijeran unas a otras: «Declina la tarde, vamos recogiendo la luz que nos queda, ya viene la Luna con su sonrisa serena».

RVQ

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