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Domingo, 14 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

¡AY, DE LAS PALMAS!, DE COCO O CHONTADURO

El lunes 2 febrero, 2015 a las 9:34 am
Bulevar de los Días

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

Casa con dos bellas palmas en Salento, Quindío1

Casa con dos bellas palmas en Salento, Quindío

 

Yo soy un hombre sincero

de donde crece la palma,

y antes de morirme quiero

echar mis versos del alma.

José Martí. Del poema Versos sencillos.

Amanecí con muchas ganas de salir al aire libre y caminar después de pasar unos días en las frías sabanas de Bogotá y alrededores. Es un gozo admirar el paisaje de los cerros, las nubes que describió Neruda y respirar el ambiente cultural que se advierte por donde uno pasa.

Hoy estaba como un potro de Arauca*, ávido de lanzarme al aire limpio que trae la mañana junto a las riberas del Río Cali. De inmediato vi las palmeras que caracterizan la tierra caliente y le recuerdan a uno la niñez, las lecturas y comidas que se recogen de mucha clase de palmas.

De niño viví en Cundinamarca, en La Mesa, junto a la estación del tren en La Esperanza y recuerdo que mis padres nos llevaban cachipayes amarillos cocidos o recién cogidos. Y de muchacho también vi otra clase de palmas con corozos en Sasaima y Villeta y recuerdo con fruición que los bajábamos a piedra y les extraíamos la sabrosa fruta blanca. Mucho después oí nombrar a aquella primera fruta como chontaduro cuando llegué a vivir en Cali.

Guardo en mi imaginación la imagen de las palmas datileras que crecen en los desiertos y que sostienen la vida de los beduinos con su dulce fruto por largas temporadas. Las conocí por la narración de las jornadas en caravanas descritas en la inmortal novela A través del desierto por el polaco Enrique Sienkiewics que nos leía en clase de matemáticas el padre Olaya en el Seminario Claretiano.

Conocí la Costa caribe en Barranquilla, Cartagena y luego fui a Buenaventura. Allí pululaban las palmeras por avenidas y orillas de las vías. Siempre me fascinaron esas palmas que nos saludaban con sus flameantes brazos de hojas largas. Se doblegaban dóciles ante las arremetidas del viento y parecían muchachas con talle grácil.

Palma, siempre me pareció una palabra mágica, por las dos aes, por el sonido, como se pronuncia a manera de soplo fuerte en la mano o en la cara o el golpe de una imagen en los ojos. Más tarde escuché de las palmas de que habló Martí en sus versos del alma. Y de las mujeres que caminan por las playas y las calles de la Isla. Las vi, morenas, como el tronco esbelto de la palma, contonearse al caminar y mostrar la gracia de sus caderas y busto firme como racimos de coco, de dátiles o chontaduros.

Casa con dos bellas palmas en Salento, Quindío

Exuberante palma joven al pie del Río Cali

Ahora sé que hay muchas clases de palmas.  De algunas cuelgan frutos verdes o rojos y se adornan con flores verdes. Otras apenas muestran sus flores y no producen frutos pero recrean la vista al llegar la tarde sobre la arena o la orilla del río. Saludan desde su altura a los minúsculos paseantes bajo su figura de sierpe femínea a las que admiran con su arqueo como Circes calladas pero insinuantes.

Joropo Ay, sí, sí. Luis Ariel Rey: https://www.youtube.com/watch?v=bI8FO3-bQC4

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