Martes, 20 de noviembre de 2018. Última actualización: Hoy

Atardecer en Cali

El miércoles 7 noviembre, 2018 a las 11:53 am
Bondad

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Atardecer en Cali

Atardecer en Cali

Son las 4:54 p.m. en Cali. Allá, afuera, ruge la ciudad en sus carros. Se oye el agitarse de los motores de vehículos que se mueven como una serpiente de millares de cabezas por las vías. Baja a esta hora el viento encajonado que llega por encima de los montes que nos miran desde el mar Pacífico.

El paseante que vaya por el Bulevar del Río en todo el centro de la ciudad en donde me encuentro podrá ver y oír el resonar del atardecer a esta hora. Ya comienzan a volver a sus hogares quienes laboran por acá cerca. Suenan pitos y los motores aceleran sus aspas y se produce un ruido sordo.

El cielo está encapotado. El día se ha enfriado bastante. Abre su boca la tarde como cansada de tanto y parece que va a bostezar aburrida del duro sol que hizo todo el día. La ciudad empieza a enfriarse y hay filas de gente que se agolpan en el paradero del Mío, los buses azules inmensos de servicio público, aquí al frente.

Se han retirado ya los nubarrones que se cernían sobre esta parte de la ciudad y el cielo se ha despejado bastante. Las luces que anuncian la llegada de la Navidad en las paredes y puertas de  los establecimientos han comenzado a parpadear. El Almacén en mi vecindad tiene en su lado derecho diez grandes estrellas blancas que titilan como las vecinas lejanas.

Ahora, después de atender  una llamada telefónica, el firmamento se ha ido nublando y la tarde se empieza a parecer a la noche. Las tres grandes palmas mueven sus brazos frente a mí por el ventanal como si se estuvieran despidiendo para irse a dormir. Pero no. Ahora, más tarde, la iluminación las hará parecer a unas bailarinas nocturnas con luces moradas, azuladas, verdes y rosadas.

Lo poco que quedaba de la tarde se ha ido desvaneciendo. La ciudad como que se encogió y  tiene ganas de encerrarse y cerrar los ojos. Ya la tarde se fue mientras yo hice un alto en mi escritura pues recibí una llamada telefónica. De pronto me siento a oscuras y debo encender la bombilla de la sala.

Ver cómo se despide el día y estarlo reseñando da un poco de murriña. Es como si se encogiera el alma. Como si se acabara algo deseable que lo acompañó a uno en el viaje durante el día. Nos acompañó a todos el día. El medio día se pareció más a la mañana y la tarde llegó como de improviso. La tarde se notó por el frío que baja de la cordillera y por las nubes que se agolparon allá, arriba.

Como cronista que me empeñé en describir lo que ocurría en la atmósfera, allá afuera, me hizo reflexionar cómo, a veces, es mejor no meditar en los cambios atmosféricos. Claro que influyen en los estados de ánimo. De eso se trataba: Retratar la tarde y despedirla.

06-11-18                                        6:07 p.m.

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