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“Artillería del pensamiento”

El viernes 12 mayo, 2017 a las 5:46 pm

Los economistas de todas las tendencias saben que el capital funciona sin ataduras, se dilata y extiende, estimulado por la competencia y el progreso tecnológico que le es inherente y que, además, se reproduce en virtud de la división del trabajo y la permisividad del Estado.

Al incrementarse, a costa de las formaciones económicas pequeñas, que absorbe como un papel secante, crea prerrogativas y monopolios, como lo hemos visto en Colombia, donde ninguna de las defensas, ya adquiridas, parece suficiente. La obsesión por la ganancia es inagotable y constituye una fiebre de alto grado.

Cuando no se entendía este proceso, en el debate presidencial norteamericano de 1992, estimulado por la inflación, Bill Clinton respondió: “Es la economía, estúpido”.

La frase lapidaria fue una especie de mortero lanzado contra George Bush y, según algunos observadores, lo convirtió en Presidente.

La derecha, que actúa por impulsos, aunque no siempre, pues hubo en nuestro país brillantes derechistas hegelianos como Álvaro Gómez Hurtado y Mario Laserna, no tenía el más leve indicio sobre las causas de la crisis.

El resultado de dicha acumulación es la que instala, a la postre, personas que acumulan el poder financiero, territorial o industrial; sus dispositivos están diseminados por todos los vasos comunicantes de la sociedad y establecen, como consecuencia, unos grupos de poder que no pueden ser controlados democráticamente. Es de reconocer que, si colocan las instituciones a su favor, los incrementos serán fabulosos.

En esas perspectivas, los grandes magnates tienen a sus servicios cortesanos que controlan la prensa y la información, así como la educación, la cultura, las religiones, el deporte y la mayoría de todos los dispositivos mediáticos existentes, como las redes sociales que se presumen independientes.

De ahí que las campañas políticas sean una verdadera guerra de información y desinformación; y en las guerras, está probado, como lo expresaba el senador norteamericano Hiram Johnson (1918): “… la primera baja es la verdad”, aunque algunos se la atribuyen a Esquilo en el siglo VI.

En tales condiciones es difícil para un ciudadano de a pie, sacar conclusiones objetivas y hacer uso inteligente de sus derechos políticos.

Lo anterior, con las modificaciones que temerariamente he realizado, lo expresaba Albert Einstein, sobre cuya memoria no creemos que se tenga la osadía de invalidar sus posiciones políticas, sobre todo por quienes pretenden dar cátedra en torno a las bondades del capitalismo salvaje.

¿Qué puede hacer un ciudadano inerte frente a cadenas radiales y televisivas que en el país lo ametrallan diariamente con telenovelas frívolas y programas vacíos contra los cuales no puede defenderse?

Sobre el mismo tema, el lingüista Noam Chomsky, con muchos afectos en Popayán y el Cauca, expresa con meridiana claridad: “De acuerdo con las normas y concepciones imperantes, en los Estados Unidos un pequeño y reducido grupo de corporaciones controla el sistema de información y dice -con ironía- : … de hecho, eso es la esencia de la democracia”.

La mezquindad, la falta de profundidad y la habilidad para tergiversar los hechos hacen añicos la realidad social de nuestros pueblos. Crean la perplejidad, que no deja sacrificados pero sí beneficiarios.

Sobre la desigualdad social que campea en nuestro país se han levantado las más inverosímiles justificaciones e incluso señalan, con “esperanzador vaticinio”, que “serán superadas en los próximos doscientos años”.

En el país del Sagrado Corazón de Jesús las cadenas comunicacionales presumen que los oyentes son una cofradía de creyentes, y son tantas las exaltaciones a las divinidades religiosas para que cambie el país o triunfe un candidato de sus preferencias, que el Vaticano debería canonizarlas.

Veamos este ejemplo, se escuchan loas a la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), pero eludimos que está en manos de un puñado de magnates, que son actores de primera fila y no narradores del conflicto social, tergiversadores de la noticia, como cuando las “armas químicas de Sadam que tenía almacenadas”. Y no es raro escuchar sus panegíricos moralizantes y de opinión, cuando su labor debe ser la de informar.

No vamos muy lejos, el Padre de la Patria, en los primeros trazos del periodismo, concibió a este laudable oficio con una frase extraordinaria: lo llamó “… la artillería del pensamiento…”.

Nos aterramos frente al muro mexicano porque está muy lejos, pero hemos construido un muro de silencio frente a la paz y un muro de beligerancia frente a nuestros vecinos.

Es con esa capacidad combativa como debería defenderse la reconciliación que hemos logrado, para que los colombianos no tengamos que morir en una confrontación estúpida.

No es el Presidente Santos un brillante estadista, ni un Nobel como Pérez Esquivel, pero tiene el mérito de haber acabado, de consuno con la voluntad política de las Farc -que nunca fue Ejército del Pueblo-, con una carnicería histórica que duró medio siglo. Hasta Pronto.

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MATEO MALAHORA / Mateo.malahora@gmail.com

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