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Arreglar las cosas a bala

El miércoles 15 junio, 2016 a las 9:35 am
Diogenes Diaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí.

Todo lo queremos arreglar a bala. Este país, en lugar del Estado de Derecho, ha decidido arreglar sus conflictos a punta de pistola. Los desacuerdos los queremos conciliar mediante disparos, ya sea por mano propia o por interpuesta persona, contando con que por una módica suma le ‘muñequean’ al contradictor. Del último asesinato que me entero es del profesor (los llamábamos en mis tiempos en lugar del despectivo: ‘Docente’) Laureano Pill, dirigente de su gremio y líder de la comunidad de Inzá, frente a sus alumnos y compañeros.

Ya son varios los amigos sacrificados por este método de terror sin que la autoridad esclarezca los hechos. Me ha dolido, y menciono amigos, porque me consta su entereza con que vivieron para sacar a sus comunidades y a sus familias adelante. Personas honradas cuyo único delito fue decir en voz alta lo que pensaban acerca de las autoridades, de la política, de los dineros mal habidos, de los delincuentes que se disfrazan de saco y corbata para adueñarse del erario público, o de delitos cometidos por personajes oscuros que se ocultan tras organizaciones ilegales.

Arma de fuego

El nombre es largo, aunque fueran personas reconocidas en sus entornos, en sus círculos locales, lo que ahonda más la impunidad, porque nadie reclama ante las altas esferas judiciales por sus asesinatos. Recuerdo con impotencia a mi compañero de colegio, el Alcalde de La Plata, Jorge Eduardo Durán Roso. Viene a mi memoria mi amigo el periodista J. Everardo Aguilar del municipio de El Patía, Cauca. Por nombrar a dos allegados que conmovieron mis ánimos, para llegar a afirmar que este país es una mierda.

Y la cosa no para. Asesinatos injustos por aquí y por allá. Cuántos anónimos han caído en esta violencia venida de una mentalidad asesina. Aquí matan por una deuda. Aquí matan por celos de amoríos pero también por celos políticos. Aquí matan por un autogol; aquí matan por ser hincha de un equipo de fútbol diferente. Aquí tenemos disculpa para segar la vida a un semejante porque respira y porque no respira. Aquí matan a los niños indefensos, a los niños en los vientres. Matan a las mujeres por ser mujeres; matan a los hombres por ser hombres. Este país está lleno de asesinos, y ni siquiera son asesinos quienes defienden posiciones, pues el índice de asesinatos supera el provocado por la confrontación armada.

Aquí se asesina cobardemente, porque la víctima ni siquiera sabe por qué lo matan.

Pero los matan. Hemos llenado de cruces los caminos, las carreteras, las calles. Ya no caben los muertos en nuestra memoria ni en los registros oficiales. Los flacos expedientes que se arman dan naturaleza a los métodos, miles de pequeños mamotretos descansan en los anaqueles de los juzgados sin que se haga justicia, sin que pase de declaraciones públicas sobre investigaciones exhaustivas, lo que nos hace uno de los países más violentos de la tierra. Aquí matan porque sí y porque no. Matan para ver ‘cómo tuerce la jeta el moribundo’. Matan para recordarnos que en ningún lugar estamos seguros, porque las muertes vienen de todos los lados, muchas veces incentivados por discursos incendiarios dichos desde un cómodo sillín y por la televisión.

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