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Arraigo y café en la cultura del Cauca

El domingo 26 enero, 2020 a las 5:49 pm

Arraigo y café en la cultura del Cauca

Arraigo y café en la cultura del Cauca

Caminar el sendero de la caficultura a fin de encontrar el surco por donde crezca el desarrollo del Cauca, es una poética tarea, porque aún bajo la desigualdad impuesta por el comercio internacional al producto simbólico de la agricultura, junto con la bandera, el escudo y el himno, su fragancia, aroma y gusto en el sorbo, cubre el mundo.

El conocimiento, el trabajo y el arte se juntan para lograr un café que deleita al universo, porque contiene el compromiso regional. Siendo de los mejores suaves de Colombia, se apetece en el universo. Para Weinberg y Bealer, su adicción es complemento de la civilización, por ampliar la locuacidad, despertar la mente, y propiciar el encuentro.

Así, el café es ensueño en el pensamiento caucano, hace parte de sus proyectos de vida, viene de la tenacidad de los abuelos a las modificadoras generaciones de hoy, las cuales, no solo seguirán su cultivo, sino que cada día lo apropian a sus hileras de emociones.

Nunca antes como ahora, en los más de dos cientos ochenta años, desde cuando José Gumilla, sembró las primeras semillas en la huerta del convento de San Camilo, se  habían dado tantas expectativas, despertando en las generaciones de hoy todo un contenido de esperanzas.

La vinculación humanística del café con el agricultor parte de su origen histórico-geográfico, circunstancia tratada en el pensamiento de los filósofos e historiadores Gastón Bachelard, Yi Fu-Tuan, Carlos Mario Yory, Miguel Borda y desde luego, muchos otros humanistas que desde distintas investigaciones y posiciones, brindan su visión que enriquece la comprensión de la agricultura campesina.

El cultivo del café solo será pilar en la estructura del proyecto de vida de los caucanos, en la medida en que esta relación este cruzada no solo por la cantidad, calidad y los precios; el alma, la esencia, el contenido, el importe agregado que no se liquida en el pago, debe incidir en la fantasía creadora del relato del acontecer del caficultor y en probado contacto terminar en la taza del consumidor, en la ritualidad del placer y del gusto.

Miguel Borja, a partir del relato de las guerras del siglo XIX, aporta opiniones primordiales para vislumbrar el proceso de poblamiento de la ruralidad, las cercanías y las distancias de los habitantes en los distintos lugares, el accionar de la violencia, el desplazamiento, la visualidad geográfica de la atracción.

Estas secuencias históricas dan cuenta de la ubicación en las cordilleras de las familias de diversa procedencia, que asumieron el desafío de hacer el hábitat, en regiones en donde por agrestes que fueran las condiciones iniciales, había un sitio para la casa y suelos de tierras labrantías.

Allí, Gastón Bachelard nos guía con su pensamiento en la Poética del espacio, porque “la casa es nuestro rincón del mundo, nuestro primer universo, un cosmos en toda la acepción del término, vista íntimamente, la vivienda más humilde ¿no es la más bella?” La casa integra los pensamientos, los recuerdos y los sueños, a partir de ella la laboriosidad hace columpio entre el pasado y el futuro.

Allí germina el afecto del caficultor con su casa, su finca, su región; las hojas verdes, las flores blancas, los frutos rojos, los rituales oníricos, desde la selección de las semillas, hasta la minuciosa obtención de las formas ovaladas y los colores de tenues amarillos del grano para el trillado y el tostado a fin de obtener en la catación el arrebatador sabor del café.

El estudio de Yi Fu-Tuan, que junta los conceptos de sentimiento y lugar como visión filosófica de la geografía, se aporta a la figura del campesino caficultor, la topofilia, para la elaboración de una interpretación luminosa de vida, con el apego al lugar, con los caficultores como esencia de la ruralidad, no son las arábigas o robustas, como se confunde, es el hombre, en el sudor de su perseverancia y esmero.

El hábitat para Carlos Yory, como construcción permanente, es el acto a través del cual, se pone en movimiento nuestra existencia; como seres sociales somos con, y gracias al “otro” y en el Cauca, la caficultura es el trabajo de 93.000 familias que desde sus minifundios, con su apego al campo, con su arraigo al cultivo sostienen el relato.  Es pasión y es cultura.

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