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Viernes, 22 de noviembre de 2019. Última actualización: Hoy

Árboles muertos en camiones

El viernes 5 abril, 2019 a las 3:09 pm
Camión sin placa

Árboles muertos en camiones

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

He resuelto, por fin, tomar la pluma y empezar este texto cuyo título me estaba esperando 20 años ha. La imagen podría suplir la intención y el texto. Es una bofetada a la Naturaleza.

Qué bien empaquetados van esos troncos de árboles adultos -la mayoría-. Viajan como presos unos encima de otros, peor que animales al matadero.

Ellos van sueltos porque no tienen pies ni manos y no pueden tirarse desde arriba para librarse de sus «dueños» de ahora.

Antes, la selva cercana los consentía de día con brisa, lluvia, sol, calor y frío en las mañanas. Se meneaban cuando hacía mucho viento y recibían el calor suave del ambiente todos los días o los cubría de noche la sábana negra común que rodeaba el inmenso bloque vegetal.

Llegaron una mañana muy temprano en varios camiones vacíos y los subieron rápido ya cortados en lonjas de dos o tres metros, uno sobre otro. De su cuerpo recién tasajeado salía aún una especie de agua sanguinolenta que decía de su joven edad. Así, sin compasión, subieron a esos pequeños difuntos a los camiones y… quién sabe a qué depósito o a qué aserrío los llevaban para convertirlos en tablas para armarios o mesas o taburetes o camas.

Irán a un zaguán o patio o lugar vacío. Allí los enfilarán de pié y tal vez los marcarán con alguna señal, según para contabilizar los necesarios para convertirlos en listones, tablas de cama o para mesas o muebles de alcoba o para altar de alguna iglesia. 

Hace unos días esos troncos mutilados eran soberbios árboles: el sol los besaba todos los días, la lluvia los refrescaba y la noche los veía dormir callados sin que a nadie perjudicaran. Todo lo contrario. Oxigenaban el ambiente y alegraban el paisaje y sacudían sus ramas felices cuando hacía viento. Alzaban los brazos y dejaban que la frescura entrara por sus axilas resecas.

Ahora son árboles difuntos que viajan no a un lugar de paz como un cementerio sino a un aserradero. Allí los despojan de su vestido verde, los rapan hasta que queden lisos y listos para embalar como los vemos en ese camión recargado. Los camiones los cargan en sus espaldas como vacas o caballos. No para llevarlos a mejores pastos y a cambiarlos de dueño. El policía los ve pasar impune.

Van hacia el matadero. Pasarán por la sierra que los dividirá en troncos de igual tamaño y así, -marcados- irán al «depósito» a esperar un comprador que los lleve a servir de sostén de un pared o de un techo, o para ser cortado en listones para jaulas o cajones de mesas o de camas. Todavía olerán a madera verde, como el de su madre o su padre.

Yo mismo estoy usando ahora una mesa de algún árbol y duermo en una cama de otro árbol de otro lado y tengo un comedor y unos asientos de cualquier cuatro árboles que no vivían juntos, hijos de distintos padres.

04-04-19 – 05:00 p.m.

Para leer otras columnas del autor aquí  

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