ipt>(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
Jueves, 19 de septiembre de 2019. Última actualización: Hoy

ANECDOTARIO ATROZ DE ALTA MONTAÑA

El sábado 24 agosto, 2019 a las 7:12 pm

ANECDOTARIO ATROZ DE ALTA MONTAÑA
(Testimonio)

ANECDOTARIO ATROZ DE ALTA MONTAÑA
Por Julio César Espinosa*

Ocupadísimo lector:

La literatura es el arte de fingir pero “fingir sinceramente”, según la feliz expresión de Dalí. Desde siempre y para siempre los escritores al narrar, dramatizar o poetizar escondieron (escondimos) su yo. Han sido sabios, prudentes y acertados al adoptar dicha actitud. “La mentira ética de la ficción”, de que nos hablara alguna vez Donaldo Mendoza, exige que el autor responsable de esos delitos estéticos se esconda, si no totalmente, al menos en forma parcial. En la narrativa, la mejor mampara es el famoso “narrador”, que ha adoptado muchas poses a lo largo de los siglos.

No obstante, hay géneros y formas donde ocultarse es muy difícil: en la poesía (y más si es confesional), en el ensayo y en el género que aquí presento a mis lectores: literatura testimonial.

Para bien o para mal, en estancias erráticas por el Macizo –Santiago, Santa Rosa o Jambaló– con el poeta César Eduardo Samboní, fuimos testigos bien presenciales, bien de oídas, en muchos de los escenarios aquí retratados.

Pienso que nuestro ocupadísimo lector pudiera obsequiarnos los minutos suficientes para que la lectura de estos testimonios le incendiara la chispa de una reflexión. Y no me contento con ello. Aun aspiro a más. A que la reflexión mía concuerde con la de él. A que mi lógica de colombiano herido –física y psicológicamente– en esta cruel violencia que nos envuelve, sea entendida y concite algún tipo de acción gracias a la cual, tras esta hemorragia irracional, podamos parir la paz y, por fin, sea posible “andar por las aldeas y los pueblos sin ángel de la guarda”, como soñó hasta su muerte Carlos Castro Saavedra.

Mi lógica es que la solución deberá ser política y negociada.

Si estas historias llegan a manos de los protagonistas o de otros testigos o de simpatizantes de las dos orillas enfrentadas, todos observarán que mi lenguaje fluctúa entre el garrote y la caricia, entre el justificar y el condenar, entre la solidaridad y el desprecio. Y me explico: siempre me he negado a polarizarme. La lapidaria radicalización de Jesús, “El que no está conmigo, contra mí está”, es parte de mi sangre, pero no la puedo aplicar en política.

En consecuencia, apreciado y afanado lector, por consideración a tus múltiples quehaceres, te dejo estos relatos en cuentagotas donde lo esencial no es lo narrado –debes estar hastiado de la sangre–, sino lo reflexionado.

(Santa Rosa, Jambaló y otros municipios del Cauca, 2.000-2012).

DE GLORIA CEPEDA VARGAS:

GLORIA CEPEDA VARGAS

Muchas gracias por sus palabras, amigo. Yo no soy más que una apasionada lectora que a veces drena escribiendo. En cuanto a los relatos que me envía, son espejo de una realidad enmascarada por quienes tienen la sartén por el mango. Colombia y Venezuela son dos caras maquilladas de manera distinta. En el fondo la misma arrogancia, la colonización del instinto. Ese talante de perdonavidas que no abandona a nuestros poderosos es un remanente que rojea vivito y coleando en la actitud del más fuerte. Siempre he dicho que Uribe y Chávez son caras de una misma moneda. El uno montañero, el otro una mixtura de la sabana llanera y los desafueros del Caribe. Aunque te parezca recurrente, no dejaré de insistir en ese salvajismo urbano y rural que con el remoquete de violación sexual, afrenta a la mujer y avergüenza a los hombres. Creo que ésa, como otras manifestaciones de lo poco que hemos avanzado, es por lo menos prima hermana de la que descabeza campesinos, guerrilleros, mendigos, todos supervivientes de este alud que, desde que el mundo es mundo, se desploma sin mengua sobre la indefensión humana. No sé en qué irá a parar este país que gira en el vórtice de un gobierno incapaz y putrefacto. No entiendo cómo los venezolanos, víctimas consuetudinarias de autoritarismos uniformados, osaron abrirle las puertas de Miraflores a este mulato vociferante y cuartelario (redundante ¿no?). Para mí, con más de la mitad de la vida en este país, es desolador el inventario. Te mandaré algunas cosas, muy bien armados tus relatos, un saludo, Gloria.

DE MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE:

marco-antonio-valencia-calle

Querido Julio:

Tengo por política -para sobrevivir ante el ego envanecido de los artistas-, no escribir ni prólogos ni comentarios. Cuando se comenta con seriedad, se crea un texto, pero se pierde un amigo. Cuando se comenta con benevolencia, caemos en la pendejada de los mutuos elogios.

Pero hoy, cuando leo tus historias, es Jueves Santo del año 2012, y voy a hacer la excepción. ¿Por qué? No sé. Pero ahí te va.

Para comenzar, como estamos en Semana Santa me confieso: no me gusta tu escritura, nunca me ha gustado. Eso no quiere decir que escribas mal, sencillamente que no me seduce, que no me conecta, que se me dificulta. (Asunto de gustos que tu inteligencia sabrá comprender, y a tu ego, perdonar).

UN DOCUMENTO DE CONCIENCIA COLECTIVA.- Cuando Julio Cesar estaba en la selva, su alma de artista proyectó en sombras chinas un universo de historias al margen de bellos ríos y días vacíos. Estos textos son el efecto de malvivir y malpensar; son la causa de llenar su mente y sus días de miedo, fatigas, desilusiones, depresiones, rabias, celos, envidias… y digamos que de pequeños asombros, a pesar de su oficio de profesor rural.

La razón más significativa para la existencia de estos relatos, es que salvaron a su autor de morir cuando no le tocaba. Sospecho que se escribieron con la intención de construir un salvavidas cuando el autor navegaba sobre emociones difíciles, y cuando estaba perdido de la mano de Dios al borde de un país olvidado por todos… Tal vez yo, y otros amigos, al igual que cerca de cuarenta millones de colombianos, ajenos a la realidad que nos cuenta Julio, tomábamos vino en la comodidad del parque Caldas y recitábamos versos abstractos de los poetas malditos de Francia, producto de una vida cómoda en “un país de mermelada”, o mejor, de en un país disfrazado de palomitas blancas por los medios de comunicación.

Estos relatos, de escritura plana, sin misterios, atropellados, son el testimonio de un cartujo mal iluminado por el don de la palabra, pero sabio, respetuoso de las ideas ajenas, de los fantasmas de la selva, y de hombres armados jugando “a las matadas”. Son los cuentos de un hombre que lee y creyó en la literatura para salvar su alma y su pellejo.

Pequeños sobornos a la memoria, que a pesar del dolor que expresan, de la dificultad que involucró su escritura, de la experiencia infrahumana que significó “sobrevivir para contarla”… a mí; al menos a mí, no me dicen nada, no me llegan… lo siento, tal vez estoy demasiado anestesiado por la propaganda del régimen. Estoy seguro que a muchas otras personas, seres más sensibles y mejor dotados como lectores, se les desgarrará el alma… y tendrán que detener su lectura de tanto en tanto para dejar rodar alguna lágrima o alguna sonrisa. Ojalá. Mierda, mi hermano, mierda*.

*Los artistas del teatro, antiguamente deseaban que la entrada de los locales donde se iban a presentar se llenaran de cagajón de caballo -como sinónimo de muchas entradas-. Por eso, para desearle suerte a sus amigos, estos artistas todavía dicen: “mierda, mucha mierda mi hermano”. (Abril 5 de 2012)

DE EDUARDO GÓMEZ CERÓN:

EDUARDO GÓMEZ CERÓN

SOBRE QUIÉN BARRA Y QUIÉN TRAPEE…El profesor Julio César Espinosa ha recogido para un libro testimonial, los relatos del impacto que le causó vivir en localidades periféricas del Cauca que tuvieron y algunas de ellas todavía tienen en común, el ser escenarios de violencia. Por su vitalidad y realismo, se trata de trabajos periodísticos; por su buena factura, son literatura con visos cinematográficos; y por las reflexiones a que dan lugar, se trata de ensayos, piezas morales acerca de procesos multifacéticos de muy largas raíces. A ellos ya estamos acostumbrados pero, pensándolos bien, son absurdos porque no puede así de ineluctable que esté tan entronizada la muerte y que la vida sea así de fugaz, de evaporable, provisional, eventual, improbable, casual, accidental…

Creo que la mejor manera de celebrar que aparezcan los trabajos de Espinosa, de contribuir a que se conozcan precisamente para abogar por que lo que ellos narran deje de ocurrir de una vez y para siempre, es agregar otro testimonio.

Este es sobre La Bota caucana, el extremo suroriental del Departamento antes conocido como “El Alto Caquetá caucano”, aquella tierra muy verde con aguas dulces y espumosas que quien las visita, no las olvidará jamás, como tampoco a sus esforzadas y cordiales gentes. Y éstas, por si acaso, le harán beber al forastero un trago del Río para que vuelva, del Caquetá que por allí corre caudaloso, imponente, encañonado, haciendo parte, nada más y nada menos que de la vertiente del Amazonas, que es como ir en el desfile más majestuoso.

Hace años en esos territorios y localidades dominaba la guerrilla. Dicen que una noche un par de milicianos, aburridos del turno de centinelas, se pusieron a jugar a la ruleta rusa con el desenlace que era de esperarse. En una pequeña localidad provinciana la única sala de vigilia posible es el mismo espacio de la capilla, pero ya venía el domingo y sus obligados rituales. El padre dio el permiso para la velación con la condición de que el piso de madera amaneciera barrido y trapeado (no se puede aspirar a viruteado y encerado, en tan remotos parajes…). Pues bien, al día siguiente era difícil saber qué había acontecido allí la víspera a menos que se observara, con ojo de detective de novela europea, los intersticios de algunas de las tablas centrales, más rojizos que negros como son los de los extremos del recinto… Pasa que los cadáveres frescos, dentro del rústico cajón nada impermeable, se acaban de desangrar con las horas…

Y después de sobrecogedoras experiencias como estas, el viajero volvía a la ciudad, tras un viaje de diez horas o más, y después de fríos y calores y olores y sabores y varadas y acompañantes cambiantes en la banca del bus escalera, tantos que algunos pueden ser expansivos, conversadores. Al cabo, el viajero llega a la ciudad donde nadie se entera de cómo se vive o se sobrevive en las localidades periféricas y los dramas son “problemas” tan fútiles como los que constan en las que quejas de, por ejemplo, un ama de casa que se duele de que ya no hay quién barra y quién trapee como se debe… He podido decirle: “Creo que le tengo los tipos, pero están lejos…”

LA LECCIÓN CON SANGRE ENTRA

Campesino e iletrado, –dolorosamente en Colombia es casi lo mismo— un joven de 18 años violó y mató a una niña de seis. Caso comprobado.

Me acerqué al ataúd del violador. El fusilamiento debió ser tan rápido que no le había desdibujado cierta mueca cínica. ¿O sería sonrisa de vergüenza? Pobre tipo.

Acá en la ciudad hay libros, maestros, películas, conferencias, consejeros, que a las buenas nos abren los ojos sobre las fronteras naturales del sexo. Pero en zona rural de Santa Rosa, donde el único texto son los árboles y los pajaritos haciendo el amor, qué podía aprender este campesino digno de lástima. Aprendió a bala los límites de la sexualidad.

La comunidad le reclamó a la guerrilla. El comandante –un mono que respira valor– citó a reunión en el colegio donde laboro.

–Antes de fusilarlo, por qué no lo llevaron a un reformatorio para que se corrigiera – argumentó un padre de familia.

–Nosotros en la selva no tenemos reformatorio – le replicó el comandante.

CLARIDAD SINIESTRA

Ha cesado el combate. Un viento suave aúlla herido. Son las siete de la mañana y después de un día de tiroteo, el comandante de las fuerzas oficiales se queda impresionado por la radiante mañana. Le es imposible vincular el esplendor de la luz con esa zona de guerra.

Es realmente una mañana inocente, sin manchas, que envía un mensaje equívoco a las tropas del gobierno: “Eso de la guerra es cosa del pasado, no hay peligro alguno, la paz despunta en el horizonte junto con el sol”.

Interpretando el texto de la naturaleza, mi cabo Guegia, en ropa de dormir, aun sin bañarse, aspira el aire puro honda, profundamente y una interjección sale bien modulada de la boca satisfecha. Pero mi cabo era analfabeta. No había leído bien los signos naturales. Desde la montaña tronó un disparo certero, un doscientos. Así los llaman porque perforan el cráneo de sien a sien. Mi cabo da un respingo apenas y cae.

La naturaleza no sabe enviar mensajes puros sobre los peligros que acechan en la claridad siniestra.

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS TORCIDOS HUMANOS

Juzgo que el asesino venía con la intención de elaborar la Declaración Universal de los Torcidos Humanos, si no completa, al menos uno de sus artículos esenciales. Algo así como: “Cualquier persona puede inventarse la ley que justifique su crimen en el momento mismo de cometerlo”.

De su compinche nada se sabe, salvo que era igual de joven pues recién había sacado la cédula en El Bordo. Este matón joven, nacido en Balboa, al sur del Cauca, no venía con la misión de matar a Dairo sino a su hermano Yéferson. De 19 años, digamos, hecho y derecho, aunque, escrito está, más torcido que derecho.

Llegaron a Timbío en la mañana de ese miércoles de mayo. Se tomaron unos tragos, los suficientes para no dañar la puntería. Compraron un lazo sintético y se marcharon en un carrito expreso que los dejó en El Encenillo. Allí contrataron dos motos hasta Camposano donde estuvieron averiguando por su víctima como una hora, hasta cuando por fin, un Ángel de la Guarda Torcido, les informó que Yéferson estaba trabajando de Puerto Llave para abajo, a orillas del Rio Quilcacé.

Caminaron hacia allá porque ningún carro hubo disponible para esos viajes abominables. Hasta las máquinas presumían que el lazo ahorcaría a alguien.

Jodidos de hambre y sedientos, a eso de las dos, pasaron por la casa de Fidelia, madre de la víctima.

–¿Qué andan haciendo, si se puede saber? – interrogó ella–. Acérquense y tómense un cafecito.

Los asesinos le dijeron que traían una razón para Yéferson. “Es un dinerito que le mandan de El Plateado”.

Contenta, Fidelia les explicó punto por punto y pelo por pelo el lugar donde se hallaba su hijo: “Bajando de La Ventana, a la izquierda, allí está el rio. Pasen el puente de guadua y allí hay un plancito. Ahí está él con el otro hijo mío, con Dairo. Están cortando caña”.

Los asesinos saborearon el café hasta el cuncho. Estoy seguro que el más rudo debió pensar: “Tan buena esta madre. Cómo nos ha facilitado el trabajo”.

Se fueron sin dar las gracias. Y al ratico los tiros. Yéferson los alcanzó a ver y se les voló. Tesorero de una organización armada ilegal, en sus afanes domésticos había gastado un monto del recaudo criminal, y sabía a qué venían sus verdugos.

Dairo en cambio, de reacciones y maneras suaves, se quedó al principio quieto y desconcertado, manes de la inocencia. Con alguna frustración, los asesinos lo torturaron un poco, cuando ya lo tenían amarrado. Les dio jartera ahorcarlo. Luego le dispararon en las piernas y los brazos y fueron avanzando lentamente en dirección al corazón.

“Dígale a su familia que usted muere porque no encontramos a su hermano Yéferson”, le gritaron los matones y se largaron.

En su agonía lenta, la víctima alcanzó a entregar el recado.

Porque si hubiera muerto instantáneo, yo no habría podido escribir la anterior conjugación colombiana del verbo matar.

UN ESCRITOR VISITA A SANTA ROSA

Se llamaba y se sigue llamando Marco Antonio Valencia Calle. Venía casi desarticulado por catorce horas de viaje, con la obligada escala en Saraconcho, nombre frondoso y onírico donde la carretera que de Popayán conduce a la Bota Caucana se mete con el río, lo invade, lo atraviesa como una espada. El arroyo por supuesto responde con avalanchas de tierra y arena que suelen taponar la vía. Entonces los buses con sus habitantes efímeros deben detenerse hasta cuando la Caterpillar despeje o hagan lo mismo voluntarios a pico y pala.

Por ello, estos pasajeros han tenido tiempo suficiente para leer las advertencias escritas con letra enorme en los ranchos campesinos: “Aquí los sapos se callan, se van o se mueren” atte, E.L.N. “No destruya la selva, es nuestra casa, atte, FARC”. “No tumbes los árboles. Acuérdate que El Tigre vigila”. “Velocidad max: 40 kph. Orden de la guerrilla”.

Al visitante me lo presenta el profesor Marco Leyton, un hombre inquieto y gestor de buenas acciones culturales.

–Y qué –le digo al escritor–, ¿le dio miedo la guerrilla?

–Hombre, no –me contesta–. Como siempre, solo vengo armado de palabras.

En efecto, había venido a promover un pequeño libro suyo, que retrata fielmente el lenguaje de los estudiantes de bachillerato.

Desde mi larga ausencia de veinte años, en que estuve laborando en la docencia tolimense, era el primer escritor caucano que conocía. “Se necesita mucho amor a la literatura para adentrarse en estos dominios de la hemorragia”, pensé mientras lo miraba bajarse empolvado del vehículo. Su sonrisa parecía una puerta abierta a la amistad.

–¿Y usted qué hace por acá tan lejos? –me interroga de súbito.

Enseguida me acuerdo del dictador mexicano Porfirio Díaz y lo parodio para contestarle:

–Sí, lástima de Santa Rosa, tan lejos de Dios y tan cerca de la guerrilla.

EL PERRO LANITAS

Hora vesperal en que ya no se escucha ni un solo disparo. Se había apertrechado tímida en el aire, en el suelo, en la cotidianidad de las charlas, una paz imposible, mal arropada de letargo e insomnio, y arrinconada en las seis de la tarde.

La manchita blanca de Lanitas, siendo pequeña, contrastaba con las indeseadas tinieblas de la noche que hoy no se anunciaba con sombras tranquilas.

Desde la plaza de mercado de Jambaló se ve en la distancia gris y en la penumbra a Lanitas, el perrito de Eudoria, una cocinera en la plaza del pueblo. Ella ve a Lanitas que en santa simplicidad se acerca con una presa en la boca. El animal ha llegado a su cocina no con la actitud de quien descarga un trofeo sino con la de quien descansa de un fardo: un brazo humano completo, es decir, con su reloj, su antebrazo y girones del hombro.

Eudoria reacciona con sentimiento páez, lo cual quiere decir que el asombro y el terror salen de su alma poco a poco, a medida que la realidad se le incrusta en su cerebro. La intensidad del cuchicheo delata la profundidad extraordinaria del asombro de Eudoria y los otros nasas que la acompañan en su pequeño negocio de la plaza. Todos miran el brazo. Eudoria se detiene en los dedos, ausente el meñique por alguna ráfaga de plomo. Por una sortija concluye que es el brazo de una mujer.

El marido de la indígena, en cambio, no examina los dedos¸ pasa de largo y explora el codo, carnoso, con callosidad abultada.

–Es el brazo de un guerrillero –dice.

–¿Será que lo han matao? – interroga un nasa anciano.

–Si no, debe estar combatiendo con el brazo que le queda—replica otro.

Escucho callado y se me viene al alma la certidumbre que tanto valor no es justo que se derroche en aras de un proyecto impopular.

MUERTE EN LA CRUZ

Son las siete de la mañana y con un estallido se inicia el jaleo. Plomo, plumbum, Pb, el metal de Saturno, Señor de la Muerte cada bala tiene conciencia de su itinerario. De las siete matinal a las seis de la tarde, por juego triste hago cálculos siniestros, sombríos.

El gobierno dispone en tierra de 200 soldados; y en el aire, de dos helicópteros y un viejo avión bien artillado. Durante doce horas de combate –esa es su duración habitual –, se pueden llegar a disparar en tierra 396.000 balas, poniendo nada más una por segundo de parte de Uribe. Los guerrillos, de parte de Marulo, serán tal vez 100, cuando mucho. No disparan seguido sus balas. Son balas pensadas. Tiran preciso, no a la loca. Les calculo mil balas por hora, descontando la hora que dedican a almorzar. Total: once mil plomos, como las vírgenes del cielo.

Ay, Santa Úrsula. Tanta carne desgarrada y los que veo son hombres impotentes para la paz.

Los guerrillos están parapetados detrás de unos eucaliptos gigantescos. Al frente de ellos tienen las fuerzas del gobierno. A sus espaldas, el cementerio de Jambaló.

Al otro día del combate habría de anotar más datos para mi estadística macabra: 19 árboles brutalmente heridos en la base del tallo y en la mitad. Dos nidos de pájaros despedazados y 14 personas que pasaron por la bíblica muerte segunda. Me explico: Catorce tumbas penetradas por las balas. Un esqueleto parece haber recogido las piernas. Su gesto es de: “¡Auxilio! Me vuelven a matar”.

El plomeo fue intenso a las once de la mañana. Al frente de mí, una docena de soldados, cubiertos por una vieja Caterpillar, dispara hacia el cementerio, porque los marulos han retrocedido. El valor del presidente Uribe se les ha contagiado a sus soldados.

–Malditos eucaliptos –dice alguien.

Una guerrillera – niña morena, bajita, impúber–, desquiciada sale de su escudo vegetal, se desprende del conjunto de sus compañeros combatientes. Se nota que ha perdido la razón. Levanta la metralla con un pañuelo anudado en la punta del cañón. Se nota, cualquiera entiende que ha perdido el juicio, porque se acerca a la tropa oficial pidiendo paz, paz, paz, no más guerra.

Los oficiales ven que avanza hacia ellos, lenta y sin suspender sus gritos. Un profesional de alta montaña le hace la señal de la cruz. Pero con ráfagas de ametralladora. Una ráfaga vertical y otra horizontal. La que pedía paz, virgen, muere en su cruz.

COLA DE CABALLO

Hay que parodiar al viejo Vallejo para hablar del colegio jambalueño de Jambaló, perdonen la tristeza. Ay, este ser humano, el hermano hombre, da tumba, da caer. Los estudiantes que bajan de la montaña al colegio lo saben. Y me saludan:

–Malos días, profesor.

–Malos…–respondo.

Malos porque la muerte se ha desvalorizado. Al contrario de ayer, hoy es muy fácil morir. Antiguamente costaba trabajo morirse. No bastaba solamente con estar vivo. Se tenía que hacer el esfuerzo de envejecer, de enfermarse naturalmente y agonizar. Hoy no. Hay tantas balas perdidas, tanto carro fantasma, tanta mina quiebrapatas, tanta sustancia cancerígena, tanto perjuro de Hipócrates, tantas palabras hirientes, que no ha nacido uno y ya casi lo tienen al borde del sepulcro. Muere uno viche.

“Nos encontramos una cola de caballo”, me informa un estudiante de grado décimo. “Déjensela a los chulos”, replico. Pero es que no era una cola de caballo cualquiera, me explican. Se trataba del hueso occipital de una mujer, con su pelo trenzadito y con su moña.

–¿Qué hicieron con ella? –pregunto.

–La entregamos a la Pachamama.

Han pasado tres días desde el último enfrentamiento con la guerrilla. Pienso en la guerrillera muerta. La ráfaga lanzada desde el avión debió penetrar por el punto donde se unen el occipital con alguno de los parietales. Averiguo que si en verdad, el pelo estaba trenzadito. Mis alumnos me lo confirman: “Trenzadito, la ráfaga no la despeinó”, dice irónico un nasa joven.

MASACOTE DE POLICÍAS

Nuestros policías hacen mal en manifestarse serviciales en tierras de sangre.

Tres hombres empujan un carrito viejo. Un armatoste que exige pensión. Pasan lentamente por el frente de la estación de policía de Jambaló. Simulan estar cansados. O quizá lo están. Le ruegan humildes al suboficial de guardia que les informe dónde vive un mecánico, que venga a cacharriarle al pichirilo, a descubrirle la falla. Que vienen mamados, dicen. Tienen pinta de comerciantes andariegos de feria.

El suboficial debió recordar una instrucción permanente de sus superiores: “Están obligados a portarse muy serviciales con la población civil. Háganse querer”.

En consecuencia, solícito, amable, el suboficial le explica a los transeúntes –mayorcitos, con cara de yo-no-ma-to-una-mosca— que el mejor mecánico del poblado vive a cinco cuadras de allí, que se llama Fulano y que su taller tiene tales y tales señales.

Los del carro le piden al uniformado el favor de echarle una “ojeadita” a su furgón de cacharros, que no demoran nada, que ya vienen, que van a llamar al mecánico y regresan enseguida. Y se retiran.

Son minutos preciosos los que anteceden a la muerte. El corazón, sabio, nada ignora excepto el lenguaje corriente de los hombres. Habla mediante pálpitos, presentimientos, conjeturas y a veces símbolos en la mansión premonitoria de los sueños.

El guardia mira de soslayo el furgón, camina alrededor de él, demasiado silencioso. Ay, si el corazón tuviera boca y lenguaje explícito, quizá le hubiera gritado: “Aléjate ya de ese carro”. Pero el joven guardia del gobierno duerme el sueño profundo de los inocentes, no es sensible a las advertencias precursoras trasracionales y, para colmo, se recuesta un tanto sobre el vehículo. Entonces vino la explosión. La quijada del policía la encontraron de casualidad a los ocho días del atentado, al pie de un pino.

El comandante insurgente, marulo reconcentrado e indomable, desde la montaña, atisbó con sus prismáticos el estallido.

–Los ubérrimos nos masacran con sus aviones desde el cielo. Nosotros los masacramos en tierra – dijo, satisfecho porque, a su parecer, se había igualado al terrorismo del estado.

NASRUDÍN

Popularizado en Occidente por Idries Sha, el extraordinario personaje mítico Nasrudín, al que Paulo Coello le ha sacado tanta leche sin reconocer las fuentes, pudo haber estado presente en este diálogo.

El comandante de un frente guerrillero solicitó a la comunidad sacar piedra del rio Caquetá, material indispensable para arreglar el parque de Santa Rosa. Jóvenes y adultos fuimos reclutados “voluntariamente” para esta labor. ¿Qué quiere decir la palabra “voluntariamente”, con sus comillas que parecen orejas? Pues oigan bien: Que nadie estaba obligado a ir, se nos dejaba en libertad de colaborar o no colaborar en la dura labor. Pero la gentil solicitud no venía de un cualquiera, sino del comandante Milton, hombre afable pero muy bien armado.

–La guerrilla es un grupo de asesinos enemigos de la paz –me dice al oído el profesor de Historia, mientras sacamos piedra del rio.

–Tienes razón –le replico.

Sin embargo, el maestro de Matemáticas escuchó el juicio del de la Historia.

–Estás equivocado, amigo. La guerrilla es un grupo de gentes pacíficas que hacen la guerra por necesidad.

–Tienes razón –le dije.

–Oye, oye –me recriminó el maestro de Agropecuarias–. No pueden tener la razón ambos al mismo tiempo.

–Tienes razón –le contesté.

SUICIDIO POR GUERRA

Al salir de clase vi el cadáver de un guerrillero en el despacho parroquial del cura.

–Jairo Joaquí –le dije –, ¿qué hace ese guerrillo muerto en tu despacho?

El combatiente, un eleno largo y robusto, estaba tapado con una sábana y pese a existir quieto, como todos los muertos, le percibí un desasosiego en las entrañas.

–Se suicidó por guerra –me explicó el reverendo.

–La verdad es que no te entiendo – lo conminé.

El cura, con su bondad habitual, se volvió explícito: se lo habían traído agónico para que le diera la extremaunción, porque los guerrillos del E.L.N. son cristianos. Este estaba enamorado de una bella y agraciada damita. Se contaba entre los felices que gozan un amor correspondido. Ella le había exigido que se retirara de la insurgencia para formar un nidito hogareño. Pero los elenos, una vez que ingresan, disponen de un plazo de tres años para decidir si se quedan en la organización. Pasado ese lapso, como cualquier soldado, juran su bandera y de ahí en adelante, a tomar jarabe de Nupalóm: “Ni un paso atrás. Liberación o muerte”.

No fue un suicidio por amor. El guerrillo en esta disyuntiva escogió la muerte por su propia mano. Se pegó un tiro en el corazón.

“Carajo”, pienso “¿Por qué no se lo pegó en la cabeza? Guerrillo bruto: ¿no ves que allí, en tu corazón, estaba tu damita?”

EDUARDO GOMEZ CERÓN CAMINA ENTRE LOS MUERTOS

“Pensando en hacerme un daño, Danilo Vivas me trasladó de la jornada diurna a la nocturna”, me dijo el profesor de la Universidad del Cauca, Eduardo Gómez Cerón el día que llegó a Santa Rosa. “Recibí el traslado con beneficio de inventario: ahora dispongo de más tiempo”.

Reflexioné:

“Al rector lo perturban los inteligentes”.

Estábamos a media cuadra del cementerio. Le mostré a mi ilustre amigo las tumbas.

— Ayúdame a salir de este pueblo –le pedí. La mayoría de ellos –le dije y señalé los caídos —NO han muerto de muerte natural.

Me consta que al regresar a la capital hizo ingentes esfuerzos por conseguirme un empleo docente en un centro educativo de Comfacauca. Y creo que lo logró, cuando ya el gobierno me notificaba mi traslado al municipio indígena de Jambaló. De Guatemala para Guatepeor. Y no lo digo por sus gentes, acogedoras, amables. Sus mujeres dulces me hicieron sentir ganas… de volverme polígamo. Lo digo por la guerrilla. Uno no conoce sus leyes ni sus procedimientos. A toda hora uno experimenta miedo frente a ellos. Lo que NO me ocurre con los soldaditos del Ubérrimo.

MOTOCICLISTA MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

El letrero negro sobre fondo amarillo del periódico, gritaba: ¡LO MATARON POR UNA MIADA! La muerte vale una miada. Una bicoca. Una ganga.

Hubo tiempos en que uno podía hacer su micción nocturna tranquilo.

Con Leoncio en este pueblo nasa sucedió lo mismo pero diferente.

Secretaria del único plantel de Jambaló, su hermana lo ha buscado durante días interminables por veredas y montañas. Abandona el cargo oficial por momentos para entrevistarse con jefes guerrilleros, con autoridades del orden establecido y con tiranuelos del hampa. ¡Nada!

¿Cuándo desapareció Leoncio?

Se sabe que había tomado muchas cervezas y salió a orinar, ya tardecito. Para su desgracia, le gustaban los gallos y las muchachas bonitas. Pero Leoncio no “orinaba por ahí”. En su borrachera le daba por evacuar la vejiga precisamente al frente de la casa de cierta mujer. Y dialogaba con su propio pipí: “Esta vieja hija de puta es la mamá del que fundó el frente sexto de las farc, ¿cierto mijito?”

El pipí contestaba con un chorro abundante.

Cuando terminó, una muchacha muy hermosa se lo estaba mirando, coqueta, media cuadra más arriba.

Montó en su motocicleta con la joven vanidosa y se perdieron.

Tras un año de su desaparición y de búsquedas intensas por parte de sus seres queridos, de pronto ha llegado un anónimo, quizá un volante o una llamada: “Búsquenlo en tal o cual parte, al pie de un árbol frondoso de Galviz, a tres pasos de una piedra en forma de bollo”.

Presurosa, la familia del desaparecido llegó al sitio y excavó con angustia. Poco a poco la tierra removida fue dejando al descubierto los mangos, la farola, los manubrios de una moto. Encima de ella alguien. Los huesos de la mano todavía aprisionaban la manigueta del freno. ¡Es Leoncio! Y es su moto.

Como buen nasa, derecho lo había sostenido la tierra. Al quitar la totalidad de ella, el esqueleto joven se fue desmoronando sobre el tanque de gasolina. El vehículo se había degradado del acero brillante a la lata oxidada. La vida también.

La posición de las llaves del aparato y la necropsia revelan que, al momento de ser enterrados, la motocicleta estaba prendida y el conductor, vivo.

COMPARACIÓN

LA RUEDA PARA DESPEDAZAR (Europa, siglo X).- 1.- La “Rueda para despedazar” era el instrumento de ejecución más común en la Europa germánica, después de la horca, desde la Baja Edad Media (Siglo X) hasta principios del siglo XVIII. 2.- En la Europa latina el despedazamiento se llevaba a cabo con barras de hierro macizas y mazas herradas en lugar de ruedas. 3.- La víctima, desnuda, era estirada boca arriba en el suelo o en el patíbulo, con los miembros extendidos al máximo y atados a estacas o anillas de hierro. Bajo las muñecas, codos, rodillas y caderas se colocaban trozos de madera. 4.- El verdugo, asestando violentos golpes con la rueda de borde herrado, machacaba hueso tras hueso y articulación tras articulación procurando no golpes fatales. 5.- La víctima se transformaba, según nos cuenta un cronista alemán anónimo del siglo XVII, «en una especie de gran títere aullante retorciéndose, como un pulpo gigante de cuatro tentáculos, entre arroyuelos de sangre, carne cruda, viscosa y amorfa mezclada con astillas de huesos rotos». 6.- Después se desataba e introducía entre los radios de la gran rueda horizontal al extremo de un poste que después se alzaba. Los cuervos y otros animales arrancaban tiras de carne y vaciaban los ojos de la víctima hasta que a ésta le llegaba la muerte. 7.- Como se ve, era una de las torturas más largas y agónicas que se podían infligir. Junto con la hoguera y el descuartizamiento, éste era uno de los espectáculos más populares de entre los muchos similares que tenían lugar en las plazas de Europa. Multitudes de plebeyos y nobles acudían a deleitarse con un «buen» despedazamiento, preferentemente de una o varias mujeres en fila. (Compare el lector con el siguiente artículo):

EL FOETE PARA SANCIONAR

Jambaló (Cauca), siglo XXI. 1.- El foete es el instrumento de sanción más común en el departamento del Cauca desde principios del siglos XVI hasta el presente siglo XXI. 2.- En nuestro territorio la foeteada se lleva a cabo con una correa de cuero crudo que tiene buen mango o agarradera. 3.- La víctima de hoy, acusada de adulterio, con las nalgas al aire libre, la han amarrado a un poste. Los brazos en alto y la espalda igualmente desnuda. 4.- El verdugo va asestando foetazo tras foetazo y procura que el daño ocurra solamente en la piel. Las autoridades han puesto un garitero que lleva las cuentas de los golpes del látigo y por testigos cercanas, a las dos concubinas del condenado. 5.- La carne de los glúteos se va tornando violácea y, según dos profesores que están aquí presentes, después de los primeros impactos, leves convulsiones agitan los músculos de la espalda, mientras que una babaza espesa chorrea de la boca del ajusticiado, que ruega al verdugo mermar la fuerza de los azotes. Las gotas de sudor se mezclan con las lágrimas de la víctima, de cuya espalda surge un hilillo quizá de linfa mezclada con sangre. 6.- Después el ajusticiado es desatado y entregado a la familia para que lo cure. 7.- Como se ve, esta tortura es un espectáculo muy popular, especialmente entre los jóvenes del plantel donde laboro, que con gran alegría me hicieron la invitación a asistir al espectáculo cruel con el mismo criterio de quien invita a una función de cine. Durante la foeteada las concubinas demuestran su satisfacción, el público asistente goza con los quejidos del ajusticiado y yo me pregunto cuándo terminará la Edad Media en Colombia.

*********************************************

Otras publicaciones de este autor: CLIC AQUÍ

También te puede interesar
Deja Una Respuesta