ipt>(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
Sábado, 2 de julio de 2022. Última actualización: Hoy

AMANECER DE LLUVIA

El domingo 16 septiembre, 2018 a las 9:12 pm
AMANECER DE LLUVIA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

AMANECER DE LLUVIA

AMANECER DE LLUVIA

Paisaje lluvioso desde mi ventanal, ahora

El cielo estaba cubierto con capota de rocío. Sintió frío y, -al quitársela- el rocío cayó debajo de las nubes y los humanos sentimos el golpetear de la lluvia sobre el suelo y las ventanas. El encanto que – todavía – dormía en brazos del éter cayó casi helado sobre las calientitas cobijas de quienes aún dormían.

Un poco raro que llueva a la madrugada. Será porque hacía tiempo no llovía y las flores no salían de sus corolas para alegrar los ojos y el ambiente. Porque la lluvia casi siempre espera que amanezca y salgamos a mirarla a través de la ventana.

Ver bajar de arriba esa lluvia de gotas blancas en tierra caliente es como ver un cuadro de Van Gogh sobre la fachada del almacén del frente en donde vivo. No siente uno el frío del amanecer porque se esconde entre el calor ambiente propio de tierra caliente como es Cali.

La lluvia hacía rato estaba anunciando su llegada. Pequeños truenos, allá arriba, mínimos relámpagos, allá lejos, hasta que las nubes no pudieron más con el estómago lleno y dejaron salir las aguas que tenían retenidas. No era mucha. Porque ayer también llovió y quedaba un rezago que molestaba allá junto al esófago.

El amanecer, de por sí, es fresco como todas las madrugadas. Pero como han hecho tantos calores, las nubes estaban con un rescoldo de agua entre sus pliegues y las soltaron benignas sobre la ciudad, siempre ávida de lluvia para mitigar el calor insolente de sus días.

Un amanecer así es delicioso. El cuerpo sale fácil de entre las cobijas. Se levanta uno y no siente ni el frío que llega de los cerros, allá detrás del mar Pacífico. Ni tampoco lo agobia ahora el calor propio de esta ciudad casi costera. Yo salí de la alcoba en pantaloncito negro y una camiseta blanca. Como sin querer, dormilento aún, me detuve en el centro de la sala y contemplé a mis anchas, por entre el gran ventanal que me acompaña, el rápido bajar de las gotitas allá, afuera.

Alcanza el pecho a recibir la frescura que viene de la calle por efecto de ese rocío de diminutas perlas de agua que temen llegar al suelo y perder su lozanía. Rebotan contra el suelo y se acomodan como pueden sobre el pavimento. Quedan – impávidas – mirando hacia arriba con sus ojitos llorosos por el golpe.

Cada evento de la Naturaleza tiene su misterio y su escenario propio. El amanecer, el ocaso de la aurora, la llegada de la lluvia temprana, la caída de las gotitas de ámbar sobre el impío suelo -después que volaban cristalinas por el éter-.

Luego de este pequeño misterio que es la lluvia mínima en un amanecer, el ambiente queda como en silencio. La ciudad duerme todavía en su domingo. No hay afán. La lluvia lo sabe y colabora para que sus gentes duerman otro ratico más.

16-09-18                                                       8:03 a.m.

**************************

Otras publicaciones de este autor en: https://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/

Sigue a Proclama en Google News
También te puede interesar
Deja Una Respuesta
Abrir el chat
1
Paute aquí
Hola 👋
¿En que podemos ayudarte?