Domingo, 20 de octubre de 2019. Última actualización: Hoy

Amad a vuestros enemigos

El martes 16 abril, 2019 a las 8:28 am

Amad a vuestros enemigos

Por Elkin Quintero

En el 2019 no le hemos creído al amor; y muchos otros en su nombre han repetido sus palabras, pero no las han puesto por obra; y los hombres, por la sordera de su corazón, gimen todavía en un infierno terrestre que, de siglo en siglo, se va haciendo más infernal. Hasta que los tormentos sean tan atroces e insoportables que hagan nacer en los mismos condenados repentino odio al odio; hasta que los moribundos, en el frenesí de la desesperación, lleguen a amar a sus propios verdugos. Entonces, de la gran tiniebla dolorosa surgirá finalmente el casto esplendor de una milagrosa primavera donde Jesús es el profeta de la felicidad, el garante de la vida, de una vida más digna de ser vivida y los milagros no serán solo una promesa. Muchas centurias atrás, Jesús habló con pocas palabras, llanas y sin filosofía; pero son la Magna Carta de la nueva raza, de la verdadera religión. Palabras que incitan la practica del amor y del perdón. Su mensaje debe ser el de la raza de los hombres verdaderos, no solamente Justos, sino Santos, no semejantes a las Bestias sino a Dios. La idea de Jesús fue una sola, ésta sola: transformar a los hombres en Santos por medio del Amor.

Estos días de inciensos y ramos, de sahumadores y cargueros, de vítores y gritos, de ofensas y reclamos, de derechos y deberes; nosotros nos hemos visto tan por debajo de Dios, hemos identificado que somos criaturas condenadas al dolor y la exclusión por culpa de una deuda que ya fue pagada por Jesús en la Cruz. Parece ser que apenas tenemos fuerza para recordar lo que pasó el domingo cuando vimos al mesías entrar aclamado como rey, pero igual que los habitantes de Jerusalén pronto ignoramos el poder de su mirada y la paz de su mensaje; luego por nuestra incapacidad nos sentimos criaturas inferiores y desgraciadas. Estamos por presenciar el poder del kerigma como cada Semana Santa y se hace imperativo cuestionar si tenemos sobrados motivos para ser con nuestros hermanos de miseria lo que Dios es para nosotros. Pero nuestros odios, egoísmos, miedos apuntan a dejarlo solo y negarlo en más de una ocasión. Sin quererlo nos hemos alejado de Él y luego le rogamos que haga realidad nuestras peticiones. Al caminar entre las procesiones y amparados en el silencio de los devotos y el bullicio de los indiferentes, quizás nos asalta la gran pregunta: ¿Quién se rehusará a ser semejante a Dios o a estar con Dios? Nos quedamos inmóviles y llega la antigua idea que la Divinidad está en nosotros; la bestialidad la baja y estrecha como una mala corteza que tarda nuestro crecimiento. Pero insisto ¿quién no querrá ser Dios?

Sin embargo, esta nueva vida, este mundo terreno pero celestial, es el Reino de los Cielos anunciado por Jesús. Y para que el reino venga a nosotros, debemos encielarnos, endiosarnos, transhumanarnos a nosotros mismos; hacernos semejantes a Dios, imitar a Dios. El secreto de la imitación de Dios, es el Amor; el camino seguro de la transhumanación es el Amor; el amor del hombre por el hombre, el amor del amigo y del enemigo. Si este amor es imposible, imposible es también nuestra salvación. Si repugna, es señal de que nos repugna la felicidad. Si es absurdo, nuestras esperanzas de redención no son más que absurdos. El amor a los enemigos parece locura a la razón común. Quiere decir, entonces, que nuestra salvación está en la locura. El amor a los enemigos se parece al odio de nosotros mismos. Quiere decir que sólo odiándonos a nosotros mismos llegaremos a la felicidad. En el punto a que hemos llegado nada debe atemorizarnos.

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