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Altamira

El miércoles 21 enero, 2015 a las 1:11 pm
Diogenes Diaz Carabalí

Por: Diógenes Díaz Carabalí

Dicen los viajeros que el mejor sitio para comer es donde paran los conductores de camiones, allí se consigue lo mejor, sobre todo abundante. Y si nos sentamos en medio de los conductores, podemos escuchar sus historias de viajes, de sus amores en la vía, de leyendas y mitos de la carretera. En este tenor, Altamira es un buen paradero, como cruce de las vías a Florencia, Pitalito y Mocoa.

Altamira - Huila - Vía Panamericana - Imagen Proclama del Cauca

Altamira – Huila – Vía Panamericana – Foto: Proclama del Cauca.

Existen una buena cantidad de restaurantes, cuyos propietarios y empleados se esmeran en atender para que el viajero, después de saciar su apetito, pueda continuar satisfecho a su destino. Hay, además, una variada oferta de golosinas: Bizcochos de achira hechos en hornos de barro, roscas de maíz o pandequeso tostado, gelatinas de pata, bocadillos de guayaba, arequipe, merengos, panderos, bizcocho de natas y las famosas quesadillas; son reconocidas también las artesanías: objetos de porcelana, bordados y tejidos a mano, lencería, y en cerámica se destacan las chivas de Pitalito en variados colores.

Son amables los habitantes de Altamira, sus hombres laboriosos y sus mujeres coquetas y hermosas, muy sociables dado el permanente contacto con extraños quienes no dejan desapercibido su paso por este terruño particular, envidiable y atractivo. Llamado El Boquerón, antes, nombre hermoso que no debería haberse perdido, cambiado por un “prócer” que vio similitud con la región del mismo nombre en España, en esa costumbre muy colonial de sentir vergüenza por lo criollo, ubicado en el pie de la serranía La Ceja, cuenta con un paisaje de privilegio y un mirador impresionante que obliga de igual forma una parada.

Altamira - Huila - Vía Panamericana

Desde luego es un lugar depositario de incontables secretos. Conviven incontables anécdotas que los viejos cuentan a la sombra de los samanes o los guayacanes, o meciéndose en una hamaca o silla mecedora bajo la fresca brisa bajo un caedizo, animados por la olorosa aroma de una taza de chocolate. De igual manera muchos han sido testigos de los fantasmas.

Iván Godoy cuenta que en el tramo entre Altamira y Pericongo, en horas de la madrugada es fácil encontrarse con “La Viuda”. Le pasó cuando se desplazaba en su vehículo hacia Timaná. La mujer se encontraba detenida al borde de la vía, vestía un traje negro con encajes en los bordes de la falda; las mangas le llegaban a los puños y el cuello ajustado se abría tímido sobre el pecho. En la cabeza portaba un gran sombrero también negro, echado sobre la frente impedía ver su rostro. Iván detuvo su vehículo. Un hielo extraño lo arropó cuando la mujer ascendió para sentarse en el asiento posterior. La mujer no dijo palabra; ni respondió al saludo amable con que Iván Godoy la recibió. Indiferente dio primera a su automóvil y avanzó ganando relativa velocidad. Pero en un momento, cuando observó por el retrovisor buscando el rostro de la mujer, solo vio bajo el sombrero un profundo hueco oscuro. Entonces perdió el control y fue a parar contra un montículo fuera de la carretera. Allí lo encontraron conductores amigos, quienes acudieron a auxiliarlo. Dicen que “La Viuda” no se lo cargó porque portaba un escapulario de la Virgen del Carmen. Quince días duró sin habla y con las uñas moradas, y perdió el vicio de subir a su vehículo a cuanta mujer le levantara la mano en la carretera.

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