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ALIENACIÓN QUE RETORNA

El jueves 2 mayo, 2013 a las 6:25 pm
Rodrigo Valencia-Donaldo Mendoza edad inocencia

Rodrigo Valencia – Donaldo Mendoza
Julio César Espinosa
Especial para Proclama del Cauca

 RODRIGO VALENCIA: —Me pregunto por qué leemos tanto; no paramos, hace segunda naturaleza en nosotros. Es un vicio empoderado por lo “cultural”, o quizá uno busca borrar el tiempo con la lectura; embebido uno en la lectura, se pierde la conciencia del sujeto, y se torna objetividad plena porque el yo queda hundido en su desaparecer temporal; sin embargo, ello ocurre en el terreno de la subjetividad, de donde nunca podemos exiliarnos. La conciencia es subjetividad donde aparenta permanecer el mundo externo. ¿Qué está leyendo ahora?

DONALDO MENDOZA: —Estuve releyendo El jugador de Dostoievski; ahora leo nuevamente Hamlet. Siento como que se da el milagro de una flor que no marchita, y que ahí está la vida en su eternidad. 

R: —Tal vez reencuentra uno el tiempo perdido, y eso da significado momentáneo a la existencia. Leer es hacer que vuelvan las palabras; porque las palabras se van, como los ríos, y algunas veces ni dejan huella. Sin embargo, como decía Platón, llegar a conocer es recordar; y el recuerdo son palabras en el túnel que oscureció el tiempo. Deberíamos leer los mamotretos de Proust; me suena que él se ocupa de estas cosas, según he oído.

D: —Hay que leer a Proust de la manera como él escribió: forrar en corcho el estudio para aislarse del mundo exterior.

R: — ¡Ah! Eso, entonces, es como para mí.

D: —Lo supuse.

R: —Creo, sin embargo, que eso exige otra vida entera para mí. Persigo ahora a un sol que se oculta, y ello exige mi propia desaparición social.

D: —Eso dice Goethe en su Werther. «…estoy tan sumergido en el sentimiento de una existencia tranquila, que no me ocupo de mi arte. Ahora no sabría dibujar, ni siquiera hacer una línea con el lápiz; y, sin embargo, jamás he sido mejor pintor.»

R: —El tiempo de abandonar las cosas es tiempo de madurez, de olvido, de salto a lo insondable.

D: —Goethe, el jovencito, pone al narrador a decir esas cosas que parecen de un hombre maduro.

R: —Sí, recuerdo que ahondaba en profundos soliloquios, no propios de un mozalbete. Alguna razón debe haber tenido Goethe para llenar esas cuartillas confesionales, comprometedoras con la audacia y un riesgo moral amenazante. La certeza de abandonar la vida por medio del suicidio es un soliloquio incomunicable, morboso; no se lo participa a otros.

D: —Por eso mi hijo me preguntaba, ¿por qué un novelista se ocupa de esas cosas? Le dije: «porque es un clásico, sus ideas son universales y tú sientes que lo que dice te compete». 

R: —El artista universal, sensible a las álgidas cuestiones que conciernen a la naturaleza humana y a las cosas, escruta, ensaya, pugna por encontrar respuestas adecuadas. Y en esa problemática nos reflejamos, nos buscamos, pedimos o altercamos, cada vez que, como espectadores, confrontamos la obra de arte que ha sido creada para nosotros.

D: —»…he deducido que el autor que al hacer una segunda edición de alguna obra la modifica, daña necesariamente a su libro, aunque gane desde el punto de vista literario», dice Goethe en Werther.

R: —Uno siempre anda reinventando la vida, y para ello se requieren cualesquier excusas. Somos alienación que retorna; el círculo eterno de la vida nos hunde en ese remolino, y más el arte, con su vino que enajena de la realidad.

(Interviene aquí Julio César Espinosa, Tercero en Concordia)

JULIO CÉSAR ESPINOSA: —Mis maestros en el arte del diálogo, Rodrigo Valencia Quijano y Donaldo Mendoza, platican aquí arriba sobre la lectura, “alienación que retorna”, esa especie de droga intelectual que suele crear adictos, porque la realidad abruma, se resiste a ser racionalizada del todo. Y el libro es una pócima, un tósigo aunque generoso y bendito, a ratos peligroso. Goethe lo sabía y nadie más consciente que él de los riesgos de una pasión lectora. Por ello, hace exclamar a un personaje suyo del “Fausto”: “Caro amigo, toda teoría es gris, y sólo verde el árbol de dorados frutos que es la vida”.

¿En dónde radica el peligro de la compulsión por leer? Mi precaria intuición se arriesga a afirmar: en su carácter ilusorio. La alienación que retorna es seductora porque alimenta en nosotros la ilusión de la certeza definitiva, el fin de la agitación interrogativa interior. En suma, buscamos la calma como un premio, un regreso a la inocencia, cuando el juego se revestía con los ropajes de única realidad y no había más preguntas que el asombro feliz.

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