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Sábado, 23 de octubre de 2021. Última actualización: Hoy

Al paraíso se llega embrujado

El domingo 10 octubre, 2021 a las 4:14 pm
Al paraíso se llega embrujado
Fotografías: David Luna, gerente Proclama

Al paraíso se llega embrujado

Alfonso J Luna Geller

Con destino a San Cipriano, después de tres horas y media, aproximadamente, recorriendo la vía que de Santander de Quilichao conduce a Buenaventura, llegamos a un punto llamado Zaragoza, donde, columpiándonos en un puente colgante, atravesamos el río Dagua, para llegar a la estación donde nos esperaban las brujas.

Al paraíso se llega embrujado

Íbamos de paseo familiar a un lugar mágico, donde uno podría hermanarse con la naturaleza disfrutando de parte de la Reserva Forestal Protectora de los Ríos Escalerete y San Cipriano, a unos 20 minutos del mar Pacífico.

Pero, paradójicamente, mirando hacia abajo me impactó ver la turbiedad de ese río que desciende al mar paralelo a la vía que conduce al puerto. El agua terrosa, de color ocre oscuro, me hizo acordar de épocas que creía superadas, cuando la fiebre del oro sobre la cuenca del río Dagua originó drásticas alteraciones en el medio social y ambiental, sobre todo, por la violencia que acarreó, por la contaminación causada por el uso indebido de cianuro y mercurio, y por la sedimentación que puso en riesgo la profundidad del canal de acceso al puerto de Buenaventura.

Me acordé también de la tragedia ocasionada en la vereda San Antonio, de Santander de Quilichao, donde la explotación ilegal de oro con retroexcavadoras causó muchas muertes y la destrucción total de los recursos naturales, casi con el visto bueno de las autoridades ambientales y administrativas.

Sin embargo, este impacto negativo inicial no nos desilusionó porque sabíamos que a poca distancia encontraríamos reservas naturales casi vírgenes, en pleno corazón de la selva del Litoral Pacífico.

Disfrutaríamos del aire, que como en cualquier selva, es caliente, que llena de vida todo lo que encuentra en su camino; y del agua, porque había leído en alguna parte, que esta es la segunda región del mundo con más alto grado de humedad. De hecho, nos llovió varias veces durante el día, pero entendíamos que la lluvia hace parte natural del paisaje y también se goza.

El grupo familiar estaba compuesto por quince personas, niños, jóvenes, adultos, y yo, que fuimos montados en las brujas para trasladarnos a San Cipriano. Las brujas no son mujeres en escobas con licencia de conducción, ni mucho menos cuerpos mágicos; son unas motocicletas acondicionadas rudimentariamente para transitar por las vías del antiguo Ferrocarril del Pacífico.

Durante el viaje, de unos 20 minutos, el viento golpea los rostros con fuerza, mientras que en el fondo del solo verde que se ve a lado y lado de los rieles, se escuchan cantos de aves, chillidos de micos, conciertos de cigarras. Pero también el asustador traqueteo de las balineras contra los rieles, y el sentir un fugaz escalofrío cuando se cruza un puente sin barandas y un túnel que, aunque corto, me pareció una eternidad conseguir su salida.

Una vez llegamos al caserío, ingresamos a pie hasta la puerta de la reserva. En el sendero nos encontramos tiendas, negocios de comidas, hospedajes, grupos familiares que con toda cordialidad ofrecen chalecos salvavidas, flotadores, y toda clase de productos vernáculos y licores afrodisíacos como el arrechón (viagra del Pacífico), el viche, el tumbacatre, el abrecucas y el tomaseca.

Claro que el clásico de la gastronomía de San Cipriano es el encocado de muchillá, una especie de camarón de río con salsa de coco y especias que resulta exquisito.

Y llegamos al río, luego de escoger entre varios charcos disponibles al turismo. Hermoso lugar, un río tranquilo, de aguas muy limpias, cristalinas, que permiten ver su profundidad fácilmente, de playas empedradas, no obstante, las piedras son completamente lisas, fáciles de caminar.

Al paraíso se llega embrujado

Los muchachos optaron por subirse hasta las partes altas de las riberas para vivir la adrenalina de tirarse a los charcos más profundos, mientras que yo trataba de nadar cerca de las orillas para permitirme relajación y desconexión total del mundo exterior, y claro, jugar con los nietos más pequeños. Respiraba paz, recordando que este río, el San Cipriano, había sido declarado como el segundo río más puro y cristalino del planeta en el año 1.981.

Recorrer esta región del Pacífico fue una nueva experiencia física, espiritual y de ilustración, sabiendo que esta diversidad natural hace parte del Chocó Biogeográfico. Fue adaptar el espíritu en estrecha simbiosis con la naturaleza, en una zona que, aunque por muchos años cercana a exóticas violencias y a la contaminación causada por la explotación ilícita o legal del oro, es un territorio privilegiado con comunidades que resisten con encanto.

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