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Miércoles, 20 de enero de 2021. Última actualización: Hoy

Afros, ceibas y arrayanes

El sábado 19 diciembre, 2020 a las 1:38 pm

Afros, ceibas y arrayanes.

Marco Antonio Valencia Calle.

A mi abuelo, Antonio Valencia, le gustaba visitar a sus compadres y ahijados por Fondas, Las Tallas, El Tuno, El Estrecho… y a veces me llevaba. El viejo medía un metro con noventa y lo distinguían porque tenía una mano torcida desde cuando recibió un tiro en alguna escaramuza del conflicto militar colombo-peruano.

Muchas de las cantaoras del Patía Patía eran sus amigas y salían a recibirlo debajo de la ceiba:

––¡Quihubo, primos!
––¡Buenas tardes, prima!
––Todos somos familia, venimos de África ––me explicó. Yo tenía siete años.
Y pasaban horas “hablando paja”, jugando dominó y emborrachándose con “chancuco”.

Una tarde contaron la historia de la ceiba: un árbol tan inmenso como un dinosaurio, una ballena o una montaña. Una de las cantaoras dijo que tenía setenta metros de alto, setenta años de edad y era capaz de dar sombra a setecientas personas.

La profe Caicedo contó que en verano la ceiba florecía, se llenaba de mariposas y, por la noche, de murciélagos y polillas. Que las hojas servían para alimentar ganao y los sabedores las usaban para desinflamar, curar el reumatismo y las migrañas. Que algunos recogen los frutos y los comen tostados.

—En muchos parques —mencionó uno de los primos–– hay ceibas, pero pocos saben lo que significa una de ellas para el afrocolombiano. La primera ceiba que se sembró en un parque de Colombia fue en Gigante (Huila) por orden del presidente José Hilario López, el 5 de octubre de 1851, para celebrar la firma de la abolición de la esclavitud.

—¡Eh, mozo! ¡Esa leyenda es mitad paja y mitad cierta! —interrumpió mi abuelo—. Sembrar árboles en parques como símbolo de libertad era costumbre de los franceses y, en Colombia, ya era moda desde 1813. Inició en el periodo de la Patria Boba, cuando Antonio Nariño impuso su idea de un Estado centralista, con el nombre de Cundinamarca, en contra del pensamiento de Camilo Torres, quien deseaba un Estado federalista llamado Provincias Unidas de la Nueva Granada. Nariño, para celebrar su victoria y unir a centralistas y federalistas, organizó en 1813 una fiesta con cabalgata, pólvora, trago, músicos y siembra de un árbol de arrayán, como símbolo de la libertad, en la plaza mayor de Santafé.

Por desgracia, agregó el abuelo, ese mismo día, a pocos pasos y a pocas horas de donde se sembró el arrayán, fusilaron a un muchacho negro por matar a su amo, el coronel Antonio Baylly, quien le daba mal trato. Resulta que cada que iba el mozo a buscar a su amo al batallón, los soldados le decían que matara al coronel, porque desde el 20 de julio de 1810 la esclavitud había terminado. Y parece que el muchacho oyó el mal consejo y apuñaló al militar. Al final de la tarde de ese fatídico 29 de abril de 1813, en la casa presidencial se jactaron de sembrar el árbol de la libertad y de hacer justicia al mismo tiempo.

—Y sí, primo, hoy tenemos ceibas y arrayanes en muchos pueblos, pero… ¿justicia y libertad?

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