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Lunes, 6 de diciembre de 2021. Última actualización: Hoy

Abuela yerbatera

El sábado 3 abril, 2021 a las 7:44 am
Abuela yerbatera
Imagen de referencia: https://www.eltiempo.com/

Abuela yerbatera.

MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE

          Por necesidad, mi abuela Leticia terminó siendo una de las parteras, yerbateras y curanderas más famosas de su tiempo, por allá en los años setenta y ochenta del siglo anterior. Decía que algo le aprendió a sus antepasados indígenas quillacingas de Almaguer y luego a los sabedores negros y cimarrones del Patía, familiares de mi abuelo.

          Ella atendió los tres partos de mi madre, incluso el mío. Mi mamá recuerda que, después de cada parto, la vieja le hacía guardar dietas de cuarenta días, permaneciendo encerrada, con la habitación a oscuras, y bien tapada para que no entraran vientos. Al final del aislamiento tenía que bañarse con agua hervida en siete plantas (albahaca, altamisa, manzanilla, salvia, jazmín, nacedero y ruda) y desayunar chocolate con gelatina de pata de res. Eso era un alivio luego de una dieta diaria de consomé con gallina criolla.

          Alguna vez me enfermé de diarrea y ella diagnosticó que se me había volteado “el cuajo”, entonces, durante tres días seguidos, me dio masajes en el estómago con un aguardiente mezclado con tabaco, ajo macho y otras plantas. Más tarde me hizo alzar de las piernas para quedar con la cabeza colgada, mientras ella me daba palmadas en los pies. Después me vendó desde la cintura y así, en teoría, arregló el cuajo que tenía volteado dentro de mí.

          A mi hermano se le metió en el cuerpo el alma de un difunto mala gente que rondaba por la vereda y la abuela le diagnosticó “espanto”. Dijo que lo sabía porque el muchacho no tenía pulso en la muñeca, sino en el antebrazo. Entonces lo llenó de collares y manillas, con amuletos varios, y durante tres días le hizo rezos secretos hasta que lo curó.

          En otra ocasión mi hermanita se negó a comer. Mi abuela le midió los dedos de los pies y se dio cuenta de que estaban desiguales. Le miró la mano y, como casi no se le notaban las líneas de la palma, determinó “mal de ojo”. Recuerdo que la puso de espaldas y comenzó a frotarle aguardiente preparado con hinojo, tabaco, ajo macho y otras hierbas, mientras rezaba alguna cosa que los demás no entendíamos. A la tercera sesión, mi hermana recuperó su alegría y ganas de comer.

          En una Semana Santa, mi abuelo salió acalorado de su habitación a la fría noche y cogió “malviento”. Dicen que de no ser por los conocimientos de la abuela, el hombre se muere. La vieja le puso algodones en los oídos para que dejara de escuchar los zumbidos que lo atormentaban, le amarró la cabeza con una pañoleta y le frotó el cuerpo varios días con alcohol y extracto de albahaca, haciéndolo inhalar hasta que saliera el “malviento”.

          Eran tiempos sin carreteras ni centros de salud, a lo largo de la Panamericana, en el valle del Patía. Y aunque hoy tenemos hospitales, los médicos nada saben de curar espanto, mal de ojo, malviento, o cuajo… y por eso las abuelas yerbateras siguen ahí, sirviendo a su gente.

          Visita mi web: www.valenciacalle.com

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