Lunes, 29 de noviembre de 2021. Última actualización: Hoy

A un año de cuarentena

El jueves 1 abril, 2021 a las 3:41 pm

A un año de cuarentena

Felipe Solarte Nates

Cuando creíamos que epidemias y plagas como la peste bubónica y la “gripa española” que asolaron a la humanidad ya eran fantasmas del pasado, a pesar de tanto invento y creernos los seres llamados a domesticar y poner la naturaleza a nuestro servicio, un virus coronado nos encerró y recordó lo frágiles e interdependientes que somos con todas las depredadas formas de vida y recursos y clima del planeta.

Al igual que en los 80 del siglo XX, el virus del SIDA había cogido con los calzones abajo a los contagiados, médicos y laboratorios farmacéuticos, sin disponer de drogas ni vacunas para frenarlo, empezando el 2020, desde la China se regó el Covid19 paniquiando a la población mundial y a los países europeos donde se instaló antes de llegar a Estados Unidos y Latinoamérica, diseminando sus devastadores efectos sobre los adultos mayores con riesgos preexistentes asociados a la obesidad, hipertensión, diabetes y otros multiplicados por la debilidad de sus anticuerpos, sumados a las limitaciones funcionales de los privatizados sistemas de salud y la escasa dotación de unidades de cuidados intensivos y de respiradores artificiales.

Esperando que el encierro fuera corto, mientras descubrían drogas y vacunas para controlar la pandemia, en medio del auge de protestas sociales que algunos gobiernos como el colombiano desmovilizaron con el encierro obligatorio, nos obligaron a usar tapabocas, lavarnos las manos y desinfectar ropas, transformando nuestras rutinas de movilidad y trabajo en oficinas, fábricas y calles, en encierro en viviendas, la mayoría como cajas de fósforos, sin áreas recreativas y con sus habitantes hacinados, como ratones de laboratorio, pelándose los dientes y compartiendo sus miedos, neurosis, resentimientos acumulados y la falta de ingresos y alimentos, especialmente en los hogares de millones de trabajadores dependientes del rebusque diario.

En medio del auge de la televisión y los celulares, entre los que disponían de equipos y conexión a internet, se impuso el trabajo y estudio por medio de plataformas como Zoom y Meet y eventos como seminarios, conferencias, ferias del libro, etc., que de presenciales pasaron a ser virtuales.

Después de algunos meses, los primeros que empezaron a quebrar fueron los pequeños almacenes, hoteles, restaurantes, bares y cafeterías, que entre las calles desoladas no encontraron clientes.

Mientras en los debates por la radio, televisión y en las redes sociales, se hablaba de que este encierro serviría para que los humanos replanteáramos nuestras relaciones egoístas, inequitativas, el desperdicio, la irracionalidad en el consumo y la devastación contra la naturaleza, los sobrevivientes bosques y sus seres vivos; los anuncios que desde los gobiernos nacionales y locales se registraban sobrecostos en las compras de víveres, equipos médicos y vacunas, aterrizamos recordando el refrán: “la mona aunque se vista de seda mona se queda” y así como después de los terremotos de Popayán, Armenia y tragedias como la de Armero, aparecieron los carroñeros depredadores de los auxilios y recursos extraordinarios asignados para afrontar la emergencia, en el caso del coronavirus, la situación era igual y hasta peor, pues además los bandidos de cuello blanco se blindaron asegurando, que por razones de seguridad nacional, los contratos eran confidenciales libres del escrutinio público.

En Colombia, como siempre, los bancos fueron los primeros beneficiados manejando a su antojo y con tacañería los billones girados por el gobierno para los medianos y pequeños empresarios que verdaderamente necesitaban préstamos de emergencia para no despedir a sus trabajadores y empleados, concentrándolos en las grandes industrias que menos los necesitaban.

Mientras en la mayoría de países los gobiernos ordenaron cuarentenas, uso de tapabocas y medidas sanitarias preventivas, populistas como Trump y Bolsonaro, alegremente pusieron en peligro a su población al no aplicarlas y minimizar la gravedad de la pandemia, fraguando de paso su caída reflejada en las urnas.

La avaricia de ganancias exacerbada por el neoliberalismo, se manifestó a pleno con la rebatiña alrededor de las vacunas y sus patentes y ventas, pues las potencias y multinacionales farmacéuticas no aceptaron que fueran de fabricación libre.

Los métodos de estudio y de reunirnos para trabajar y compartir sufrieron una transformación que perdurará después de la pandemia y muchos empleos, estudios, conferencias  y actividades laborales ya no tendrán que hacerse en oficinas, salones de clase y auditorios, mermando las presiones para construir edificios gigantescos donde concentrar tantos empleados y estudiantes.

Los colegios y universidades tendrán menos aulas y más laboratorios y salones de uso múltiple, conectados a las numerosas bibliotecas virtuales especializadas sobre las diversas ramas del conocimiento que también tendrá a ser interdisciplinario. Las exposiciones académicas, conversatorios virtuales y clases magistrales tendrán, además de los asistentes en vivo, a miles de conectados desde sitios distantes.

Para grandes eventos corporativos como asambleas y seminarios, centros de convenciones y hoteles como los de Cartagena no tendrán la misma demanda que antes de la pandemia y tendrán que reinventarse promoviendo otros usos y estilos de hacer turismo.

El redescubrimiento de las ventajas de vivir y trabajar en el campo, contando con acceso a los servicios que demanda la vida moderna y sin el estrés de la movilidad y las rígidas jornadas de trabajo y estudio, también fue otra repercusión de esta alteración de las rutinas a las que estábamos acostumbrados.

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