A Petro también lo pueden matar – Proclama del Cauca
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Viernes, 17 de agosto de 2018. Última actualización: Hoy

A Petro también lo pueden matar

El domingo 11 febrero, 2018 a las 4:15 pm

A Petro también lo pueden matar

Lo digo con terror porque en Colombia, el asesinato político ha sido un método eficaz para frenar candidatos adversos al ‘status quo’. Lo registra la historia. Asesinar a un líder político que difiera conceptual e ideológicamente de lo que se denomina el “establecimiento” es relativamente fácil y ha sido normal y necesario para los poderosos que mantienen vigente una perversa maquinaria electoral, y desde hace unos dos siglos, sometido a todo un pueblo en la ignorancia, inclusive desde su formación universitaria.

Es que los claustros universitarios los volvieron fábricas de borregos con título sometidos al sistema gubernamental imperante. Por eso en Colombia no hay investigación científica ni desarrollo especializado, ni emprendimientos técnicos propios como en otros países de Europa, Asia o en los Estados Unidos, de quienes dependemos en casi toda la producción científica, industrial y tecnológica. Aquí las universidades solo producen contratistas y empleados para el Estado, en todos los niveles, desde lo local hasta lo nacional, cuyo mayor sueño es la jubilación.

Y por esta condición, tan colombiana, he dicho que el presidente de Colombia que tienen prediseñado para una primera etapa -2018-2021-, es Germán Vargas Lleras. No creo que legalmente permitan que otro ascienda y menos si es Petro, que es el “coco” para el avieso sistema sociopolítico y económico que nos avasalla.

A Petro lo pueden a matar porque podría llegar a ser presidente de Colombia sin el permiso de los dueños históricos de esta nación y del negocio que representa gobernarla. Es la deducción lógica cuando se repasa la historia más reciente.

Colombia es un país en permanente convulsión porque así les conviene. Ha sido un país en permanente crisis política y social, desde que llegaron los españoles a confiscar todas nuestras riquezas y la situación sigue vigente en manos de otros explotadores.

No hablemos de los asesinatos de la llamada “historia patria” porque sería una blasfemia en contra de los “héroes” militares, políticos y religiosos que persisten en la memoria de los colombianos que algo estudiamos de la época precolombina, el descubrimiento y la conquista española, seguida por la colonia, la independencia de España, y la supuesta consolidación republicana, cuando asesinaban presidentes, pero se les decía “fusilados” para darles carácter oficial a esos asesinatos, como a Jorge Tadeo Lozano, Camilo Torres Tenorio, Manuel de Bernardo Álvarez, José Joaquín Camacho, Custodio García Rovira, Manuel Rodríguez Torices, Antonio Villavicencio, José Fernández Madrid, o a José María Melo.

Recordemos aquí algunos asesinatos, los más célebres del siglo XX, inaugurado con la Guerra de los Mil Días y del XXI, que inició con el fracasado gobierno de Andrés Pastrana.

En 1914, un presidenciable, Rafael Uribe Uribe, fue asesinado a hachazos. Apoyaba el desarrollo del movimiento sindical y cooperativista en el país. No era conveniente para el pequeño grupo que venía dominando el poder político en la nación neogranadina.

El 9 de abril de 1948 fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo político, abogado, alcalde, ministro, congresista y candidato del Partido Liberal a la Presidencia de la República para el periodo 1950-1954, con altas probabilidades de haber sido elegido.

En 1984, los narcotraficantes del Cartel de Medellín, dirigidos por Pablo Escobar, asesinaron a Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia del gobierno de Belisario Betancur.

Los sicarios del narcotráfico también asesinaron el 17 de diciembre de 1986 a Guillermo Cano, director de El Espectador.

El 12 de octubre de 1987 en La Mesa, Cundinamarca, fue asesinado Jaime Pardo Leal, miembro del Comité Central del Partido Comunista Colombiano, impulsor de la Unión Patriótica, UP, y también candidato presidencial para las elecciones de 1986.

En una reunión electoral el 18 de agosto de 1989, en Soacha, Cundinamarca, Luis Carlos Galán Sarmiento, también candidato a la Presidencia con altas posibilidades de ser elegido, cayó asesinado.

El jueves 26 de abril de 1990 fue asesinado a bordo de un avión de Avianca, por paramilitares del grupo de los hermanos Castaño Gil, el también candidato presidencial y dirigente de la Alianza Democrática M-19, Carlos Pizarro Leongómez. Pizarro también había suscrito un acuerdo de paz y dejación de armas con el Gobierno Nacional apenas dos meses antes; su proyecto político avanzaba en popularidad y captación de simpatías. En enero de 2010 se determinó que funcionarios del DAS, entre ellos su exdirector, habían sido partícipes del asesinato de Pizarro. Es decir, fue otro crimen de Estado.

En 1990, nuevamente los intereses del poder económico, asesinaron a otro candidato presidencial: Bernardo Jaramillo Ossa, abanderado de la Unión Patriótica. Es más, a la UP le asesinaron a miles de sus militantes, incluyendo 11 de sus congresistas. Este partido sufrió el exterminio de sus dirigentes y militantes a manos del Ejército, la Policía, cuerpos de inteligencia, bandas paramilitares y parapoliciales y del narcotráfico.

En 1994, otra vez fue usado el sicariato para acabar con un liderazgo de izquierda en Colombia: Manuel Cepeda Vargas, Secretario General del Partido Comunista Colombiano y líder de la Unión Patriótica; fue abaleado por suboficiales retirados del Ejército de Colombia.

El 2 de noviembre de 1995 fue asesinado en Bogotá, cuando salía de las instalaciones de la Universidad Sergio Arboleda, el también aspirante a la Presidencia de la República Álvaro Gómez Hurtado.

Siempre estará en nuestra memoria el 13 de agosto de 1999, cuando el periodista y humorista, Jaime Garzón, negociador de paz, fue asesinado en Bogotá por las AUC del paramilitar Carlos Castaño.

Monseñor Isaías Duarte Cancino, crítico de las Farc, el Eln y el narcotráfico, fue asesinado el 17 de marzo de 2002 por dos hombres armados que le dispararon cuando salía de una ceremonia religiosa en la ciudad de Cali.

El 28 de junio de 2007, las Farc informaron al país y al mundo que 11 de los 12 diputados, secuestrados desde el 11 de abril de 2002 fueron muertos en un fuego cruzado con un grupo militar. Once inocentes de la guerra también asesinados por política.

Y hoy por hoy, Colombia padece una oleada de asesinatos de defensores de los derechos humanos, indígenas, ex guerrilleros de las FARC, y de dirigentes sociales, comunitarios, campesinos, además de activistas de restitución de tierras y por los derechos de las víctimas, incluyendo desapariciones, atentados, amenazas y una escalada de violencia por motivaciones políticas o ideológicas que no quieren que sea calificada de sistemática. Pero así es. Es muy fácil consultar por Google las estadísticas.

Las matanzas, como dice Alfredo Molano, “han contribuido a domar a la opinión pública y eso ha debilitado toda oposición y la democracia y fortalecido la lucha armada. Eso es lo que hoy día tratamos de romper, pero si no paran esos asesinatos las consecuencias serán graves”.

Obviamente, esto ocurre en apartadas regiones, en veredas o pueblos sin trascendencia nacional, por eso, dice Ariel Ávila, investigador de la Fundación Paz y Reconciliación: “Lo que ocurre es muy grave. Se mata en lugares lejanos de tal manera que en los centros urbanos existe la sensación de que nada malo está pasando”.

Y casi todo se da porque hay fuerzas de extrema derecha que quieren convertir el proceso de paz en un gran fracaso, en una frustración política, pensando que el proceso de paz era solo la desmovilización de la guerrilla, y no la oportunidad de una profundización de la democracia.

En consecuencia, veo a Petro en peligro. Lo veo en peligro porque tiene compromiso con los pobres y con la reforma agraria, también, por el crecimiento de su popularidad y de su prestigio. Lo veo en peligro por sus denuncias sobre los nexos entre el poder político tradicional, el narcotráfico y la corrupción. Lo veo en peligro porque lo han convertido en una amenaza para los intereses de la oligarquía colombiana.

A Petro también lo pueden a matar

A propósito leí hoy a Yezid Arteta Dávila en Semana.com: “Petro, lo escribí en una columna anterior, es la única candidatura a la presidencia de Colombia que entusiasma e ilusiona. Mientras unas candidaturas llaman al linchamiento de sus adversarios o dicen y hacen estupideces, Petro propone un país conectado a las nuevas realidades del país y sintonizado con las tendencias del pensamiento moderno. Hay candidaturas que encarnan lo peor de nuestro pasado, otras son esclavas del tormentoso presente, Petro, en cambio, simboliza el futuro, el cambio generacional que requiere Colombia para cerrar gradualmente el capítulo de la violencia política”.

Es más, también pienso en la seguridad del expresidente Uribe, quien anda con manifestación propia, constituida por sus escoltas, y en la convivencia en paz de todos los colombianos, y por eso le ruego al Todopoderoso que lo ilumine para que decida irse a vivir con toda tranquilidad a un país lejano, muy lejano, donde pueda estar disfrutando con su familia muy plácido y sereno el resto de sus días; ya ha hecho mucho por esta Colombia, no debería seguir incendiando más los ánimos de sus seguidores que ven enemigos peligrosos por todas partes, a todos los que piensan y deciden cosas diferentes a sus mandatos.