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Cuando un amigo se va

El viernes 5 febrero, 2016 a las 7:09 pm
Liliana Duenas Solarte

Por Liliana Dueñas Solarte

«Cuando un amigo se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo. Cuando un amigo se va queda un tizón encendido que no se puede apagar ni con las aguas de un río… (Canción de Alberto Cortez).

Adriana Mosquera Martínez, te fuiste, dejaste un vacío, dejaste huella. Seguirás presente en nuestros corazones, en nuestros pensamientos, en nuestros sueños. Cómo no recordar una gran amiga, cómo no hacerle tributo a la amistad si en verdad las amigas verdaderas son un tesoro.

Tantos momentos compartidos, tantas alegrías, tantos recuerdos.

Desde que éramos niñas, en la escuela Cauca. Le llevabas flores a la virgen María que nos acompañaba en nuestro salón de clases y a la que cantábamos con mucha piedad. Eran del inmenso jardín de tu linda casa, allí donde celebramos tus cumpleaños y jugamos al pico y rabo de botella con nuestros primeros amigos que nos dieron nuestros primeros piropos. Recuerdo la fiesta de tus hermosos quince años, en la flor de la vida. Tiempos maravillosos.

Y que tal las tardes en que tomábamos exquisitos jugos en el comedor de tu casa mientras nos salía humo haciendo las tareas. Las matemáticas, la física, nos sacaban de casillas. Pero la “Pili” que era la dura nos ayudaba a resolver las ecuaciones. Allí también estaban Mireya Fernández, María Fernanda Galarza, Luz Dary Bustos y no me acuerdo quien más, aportando ideas, haciendo los dibujos, organizando los trabajos de grupo. Éramos muy unidas, entre todas nos ayudábamos. Me acuerdo que yo era la que degustaba la literatura universal que nos enseñaba Luzmila Burbano, pero más que esa, la literatura de la vida. También nos encantaban las clases de filosofía con Lilian Rodríguez que nos hablaba de Platón y del sabio Sócrates, el griego que decía «yo sólo sé que nada sé». Eran tiempos de nuestra hermosa juventud.

La letra de Adriana era hermosa, firme. Reía a carcajadas. Le encantaban las canciones de Rocío Jurado y la Durcal.

Tenía una bicicleta grandota con parrilla, la mía era una monareta también con parrilla y nos montábamos de dos en dos y hasta de tres para ir a la biblioteca o a recorrer las calles de nuestro pueblo querido, Santander de Quilichao. También íbamos a su finca, en Mondomo, creo. Allá dormíamos y como cosa especial, compartíamos con el doctor Luis Ángel Mosquera (que nos parecía muy serio pero que ya relajado le brotaba su amabilidad) y con Betty, su esposa, la hospitalidad. Recuerdo unos fríjoles muy ricos que nos preparó una vez y cuando me caí de un caballo.

Pero de Adriana no me puedo olvidar la decisión tan tajante que tomó de terminar su bachillerato en Cali. Abandonó el colegio Fernández Guerra y nos dejó. Nos dio duro pero era que tenía otras metas y aunque no lo entendimos en ese entonces ahora comprendo que ese era apenas el comienzo de un ascenso que como persona se propuso y lo logró. Se fue a un colegio de Cali, también de monjas, bien estrictas, de mayor exigencia académica. Le tocaba madrugar todos los días, coger bus, subir una loma y estudiar tremendamente y aunque decía que era difícil no se amilanó. Sacó su cartón de bachiller, luego se graduó en la universidad y montó su propio Laboratorio Clínico. Y fue pionera en una especialidad emergente. Fueron muchos años de lucha, empezó en un garaje, con pocos clientes y una secretaria, pero gracias a su perseverancia pasó de un piso a dos pisos porque el negocio creció y echó raíces. Era muy solicitada y muy conocida como profesional. Personalmente la admiraba.

La última vez que la vi estaba muy ocupada organizando un congreso nacional en la rama que ella era especialista. Estaba atareada pero activa y en su rostro ni siquiera se reflejaba el cansancio de una enfermedad que la devastó, que de un momento a otro la puso mal, con la que lidió y luchó con todas sus fuerzas hasta el final.

Me contaron que en sus últimos días tuvo el coraje de recibir la comunión parada y de charlar con el padre sobre sus alegrías y sus miedos, del misterio de la vida más allá de la muerte, cuando solo presentimos que está en duda poder disfrutar de los rayos del sol de un nuevo día. Cuando inexorablemente tenemos que despedirnos de los brazos cálidos de nuestros seres queridos y partir al más allá, al reposo eterno.

Adiós, amiga, feliz descanso. Aunque han pasado dos años, seguirás viva en nuestros corazones, en el de aquellas personas que te conocimos, que te quisieron y te amarán más allá de la eternidad.

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