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“Yo soy el artista, padre Rafael”

El martes 24 noviembre, 2015 a las 7:19 pm
Gloria Cepeda Vargas

Gloria Cepeda Vargas

Con estas palabras encabezo esta nota alusiva al artista Emiro Garzón Correa, nacido el 7 de mayo de 1950 en Aguas Calientes (Punto medio entre Belén de los Andaquíes y Morelia), dos pueblos de nombres sonoros y destino similar a todos los que se surgen y desaparecen a lo largo y ancho de nuestra geografía.

“Cuando en los años 80 le muestro al padre García Herreros mi proyecto de arte en la calle con fotos de mis obras públicas, no me creyó –dice Garzón- pues yo no daba credibilidad por mi aspecto, forma de vestir, saco raído y pelo largo. Después de mirar bocetos y fotos, me mandó que le llevara al legítimo creador de las obras, porque quería hablar con él, no con el mandadero. “Yo soy el artista, padre Rafael”, le dije seriamente”.

Estas palabras traducen la estatura artística y humana de este hombre. Su infancia campesina, carente de asideros económicos y formación académica, lo entrenó para días difíciles. Eran los tiempos de Tiro Fijo, de Sangre Negra, de los “pájaros” que llenaban de espanto trochas y caminos. Una  noche plagada de presagios, flotaba sobre los campos colombianos. La población rural, desatendida como siempre en un país que como el nuestro es escenario de ingentes inequidades sociales y económicas, aprendió a tragarse el sufrimiento, el despojo de tierras hasta entonces consideradas propias, la miseria, los abusos, la muerte.

Estos fueron los caminos que le tocó transitar asido a las faldas de la madre y a la esperanza de días mejores. Habla de la “mucha hambre y el poco trabajo” que flagelaban su grupo familiar. Del deslumbramiento que experimentó cuando descubrió el circo y el automóvil. Hoy aquí, mañana allá, los ríos y el viento, sus primeros maestros, lo llevaron a domeñar la cintura del bronce, la madera, la piedra  y le enseñaron a luchar y a soñar.

MONUMENTO A LA LAVANDERA ARTISTA EMIRO GARZÓN CORREA

MONUMENTO A LA LAVANDERA ARTISTA EMIRO GARZÓN CORREA – Foto: igarzon.blogspot.com

Mucho se ha escrito acerca de los éxitos obtenidos por sus esculturas que parecen hablar. El cuerpo femenino lo ha trasegado sin descanso. Es la mujer en plenitud, su redondez lúbrica y pura presente como una constante en las exploraciones que demanda su oficio.

Para la crítica, Emiro Garzón es un escultor que enaltece el nombre de Colombia dentro y fuera de sus fronteras. Para quienes hemos tenido la suerte de asomarnos a sus abismos florecidos, es una criatura que aterrizó en la Tierra por equivocación. No en vano un aprendizaje de siglos guía su mano. No es casual que de un salto logre arrebatar al cosmos sus armazones siderales. Su tercer ojo, plantado firmemente en el rostro mestizo, ve, extrae y eterniza historias superpuestas. Un tiempo sin memoria lo forjó entre la revelación y el asombro. Lo suyo es  eso: el descubrimiento de la semilla, lo tesonero de la siembra y la generosidad de la cosecha.

¿Qué hada madrina montó guardia junto a la cuna de Emiro Garzón Correa? ¿Qué abracadabra le abrió las puertas de la eternidad? Es la maravilla del arte, me digo. Ese territorio de cúpulas doradas y campanas secretas. El espacio reservado a los elegidos. Quizá él, sencillo como una gota de agua, no sepa hasta dónde se prolonga su sombra. Como oficiante de un rito milagroso, afuera luce lineal y opaco, para surgir adentro envuelto en la luz que lo descubre y reconoce. Tal vez Emiro Garzón viste de pies a cabeza de manera tan escueta porque va de paso y el exceso de equipaje lo abrumaría. Sus esculturas que amañan triunfalmente línea y volumen, seguirán ahí para que nuestros ojos físicos conozcan una sola de sus múltiples dimensiones.

Mujer desnuda leyendo en hamaca Bronce a la cera perdida  Emiro Garzón

Mujer desnuda leyendo en hamaca Bronce a la cera perdida Emiro Garzón / Foto: losmejorespintoresdecolombia.blogspot.com

Cuando visité su taller ubicado en un pueblo donde se cruzan las brujas y los pájaros, un aire de otra edad me abrió la puerta. A simple vista, es un lugar provisto solo de lo indispensable para sobrevivir. Pero ya adentro, una ciudad habitada por criaturas poderosas, nos acoge. La mujer es la protagonista de sus afanes y desvelos. Mujeres que lavan, venden, ríen, cocinan, duermen en la hamaca profunda. Cuerpos acéfalos donde la anchura armoniosa de muslos y caderas, se impone. Dos largas piernas empinadas sobre los pies menudos, personifican la magia de la danza. Tocada por la luz que se filtra entre las últimas hojas de la tarde, Remedios la Bella asciende hacia un tiempo sin tiempo mientras una cadena de potros salvajes sube y baja en cabalgata rítmica, interpretando casi de manera tangible, los versos de “Atropellados”, el magistral soneto de José Eustacio Rivera.

No conozco las entretelas del arte pero intuyo lo que brilla más allá del mar. Este hombre, producto de la naturaleza torrencial que a veces nos doblega, posee piel adentro, un mundo fantasmagórico donde la realidad se transfigura. Una turba de criaturas que solo para él hablan y le piden a gritos que las deje salir. Por eso sus días y sus noches son un continuo alumbramiento, un constante tallar, redondear, ahondar, fustigar el material en apariencia inerte para atrapar el misterio refractor de la luz que es la otra cara de la aventura plástica.

Su obra es un iceberg que flota en aguas subconscientes. Visibles rostros, torsos, piernas, enseres domésticos y bajo la línea de flotación, un pequeño capítulo de la génesis universal.

Somos criaturas del crepúsculo. Un día Emiro Garzón emigrará como lo haremos todos. Quedarán sus figuras de madera pulida, la contundencia de su mundo interior. Y la verdad, que persigue en búsqueda interminable.

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