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25 Frases de El coronel no tiene quien le escriba

El sábado 13 noviembre, 2021 a las 4:42 pm

25 Frases de El coronel no tiene quien le escriba

25 Frases de El coronel no tiene quien le escriba

García Márquez lo consideró su mejor libro: «Yo creo que es mi mejor libro, sin lugar a dudas. Además, y esto no es una boutade, tuve que escribir Cien años de soledad para que leyeran El coronel no tiene quien le escriba”.

  1. –No miren más a ese animal – dijo el coronel–. Los gallos se gastan de tanto mirarlos.
  2. –Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo –dijo el coronel con una antigua frase suya. Abrió sobre su cabeza un misterioso sistema de varillas metálicas–. Ahora solo sirve para contar las estrellas.
  3. –Parecen zapatos de huérfano –protestó–. Cada vez que me los pongo me siento fugado de un asilo.
    –Nosotros somos huérfanos de nuestro hijo –dijo la mujer.
  4. El administrador no levantó la cabeza.
    –Nada para el coronel –dijo.
    El coronel se sintió avergonzado.
    –No esperaba nada –mintió. Volvió hacia el médico una mirada enteramente infantil–. Yo no tengo quien me escriba.
  5. “No era fiebre”, insistió, recobrando su compostura. “Además –dijo–, el día que me sienta mal no me pongo en manos de nadie. Me boto yo mismo en el cajón de la basura.”
  6. ¿Nada para el coronel?
    El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:
    –El coronel no tiene quien le escriba.
  7. –Hay que esperar el turno –dijo–. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés.
  8. Una pata seguida por varios patitos amarillos entró al despacho. El abogado se incorporó para hacerla salir.
  9. Él encendió la lámpara para localizar la gotera en la sala. Puso debajo el tarro del gallo y regresó al dormitorio perseguido por el ruido metálico del agua en la lata vacía.
  10. El gallo estaba perfectamente vivo frente al tarro vacío. Cuando vio al coronel emitió un monólogo gutural, casi humano, y echó la cabeza hacía atrás. Él le hizo una sonrisa de complicidad: –La vida es dura, camarada.
  11. Había un letrero clavado sobre la guitarra: Prohibido hablar de política”. El coronel sintió que le sobraba el cuerpo. Apoyó los pies en el travesaño del taburete.
  12. …Un hombre pequeño, voluminoso pero de carne fláccidas, con una tristeza de sapo en los ojos.
  13. Llovía implacablemente. Una gallina de largas patas amarillas atravesaba la plaza desierta.
  14. –Así es –suspiró el coronel–. La vida es la cosa mejor que se ha inventado.
  15. –Esta tarde tuve que sacar a los niños con un palo –dijo–. Trajeron una gallina vieja para enrazarla con el gallo.
    No es la primera vez –dijo el coronel–. Es lo mismo que hacían en los pueblos con el coronel Aureliano Buendía. Le llevaban muchachitas para enrazar.
  16. …El gallo produjo un sonido gutural que llegó hasta el corredor como una sorda conversación humana. “A veces pienso que ese animal va a hablar”, dijo la mujer.
  17. –La ilusión no se come –dijo ella.
    –No se come, pero alimenta –replicó el coronel–.
  18. El coronel comprendió que cuarenta años de vida común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa. Sintió que algo había envejecido también en el amor.
  19. –Estoy cansada –dijo la mujer–. Los hombres no se dan cuenta de los problemas de la casa. Varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla.
  20. –Quédate así como estás –la interrumpió sonriendo–. Eres idéntica al hombrecito de la avena Quaker.
    Ella se quitó el trapo de la cabeza.
  21. …Y luego, hacia el coronel:
    –Adelante, compadre. Cuando salí a buscarlo esta tarde no encontré ni el sombrero.
    –No lo uso para no tener que quitármelo delante de nadie.
  22. –Son zapatos de paralítico –protestó el coronel–. El calzado debían venderlo con un mes de uso.
  23. “Toda una vida comiendo tierra para que ahora resulte que merezco menos consideración que un gallo… Debías darte cuenta de que me estoy muriendo, que esto que tengo no es una enfermedad sino una agonía.” (La esposa del coronel).
  24. “Es la misma historia de siempre”, comenzó ella un momento después. “Nosotros ponemos el hambre para que coman los otros. Es la misma historia desde hace cuarenta años.”
  25. Y si se llama íncipit a las primeras palabras de un texto, libro o documento (es famoso; entre otros, el de Cien años de soledad), también debería existir un nombre especial para los finales sorprendentes, bellos o geniales como el de El coronel no tiene quien le escriba:
    “Y mientras tanto qué comemos”, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.
    –Dime, qué comemos.
    El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
    –Mierda.

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