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Disertaciones relevantes sobre el plato de nochebuena y la bandeja paisa

por Proclama del Cauca el Miércoles 4 Enero, 2017 a las 9:16 am
Jorge Alonso Ruiz Morales

Jorge Alonso Ruiz Morales

Cuando éramos niños no sabíamos apreciarlas. Al verlas con tantos adornos, nuestra mente pueril no era lo suficientemente madura para dilucidar que hay más de lo que los ojos pueden ver. No sé si es porque de niños solo nos limitamos a jugar y a disfrutar de lo básico, no lo sabría decir, pero el hecho es que antes no veíamos todo lo que aparecía ahí al frente de nuestras narices, no veíamos como dicen por ahí “the big picture”. El bosque. Ahora somos adultos, somos serios y ya nos vamos graduando de la universidad de la vida y asimismo lo que de niños no apreciábamos ahora de grandes sí que lo vemos todo. Ahora sí sabemos apreciar cada una de las partes, no solo las más básicas.

Con lo anterior no pretendo referirme a las cosas trascendentales de la vida, dignas de presentaciones de PowerPoint y de mensajes masivos de WhatsApp. Me refiero es a la nochebuena y a la bandeja paisa, como tesoros gastronómicos: ya verán lectores cómo todo va cobrando sentido. Y es que es cierto, de niños veíamos la bandeja de nochebuena, tan llena de dulces rojos y exóticos verdes. Cuando veía toda esa mezcolanza todo me causaba escozor y mareo. Veía unos cascos verdes con un almíbar extremadamente fuerte y hasta de otro planeta, veía unas raspaduras rojas, del mismo rojo de las carnes dudosas de los arroces chinos, y todo lo desdeñaba, tenía la indecencia y el cinismo de ni siquiera probarlos, aduciendo que eran cosas horribles. Me decidía siempre por el buñuelo, la rosquilla y la hojaldra, y eso que tenía que limpiarle el almíbar para poder morderlos.

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Con la bandeja paisa pasaba lo mismo. Dejaba de lado el chicharrón, la tajada, el huevo, el exótico chorizo (también de un rojo sospechoso) y me terminaba comiendo solamente el arroz con los fríjoles, algo que por cierto y a propósito constituye uno de los mejores inventos de la humanidad, casi a la par de los Tostacos. Siempre acostumbraba a regalar y a desdeñar, por no desgreñar, tanta menudencia que acompañaba a la bandeja, que en otros lados también denominaban como plato montañero. Incluso aun rondan dentro de los registros familiares las risas de cuando en Torremolinos, egregio restaurante de la historia payanesa, este servidor pidió un “montañero sin huevo”.

Con el pasar de los años, todo lo desdeñable en la infancia ha pasado a ser apetecible en la adultez. Esos cascos bizarros verdes ya no son mirados de soslayo sino que son asaz disfrutados, ya me parecen una delicia. Incluso ha habido casos en los que el desamargado marida muy bien con el chicharrón, y en los que el dulce de leche cortada se vuelve compañero infaltable de la tajada de plátano maduro.

Y es que sí, creo que ya en la adultez no hay nada que no me guste, tal vez el hígado, pero podría someterlo a revisión. Tal vez esa sea la definición de madurez o de adultez: que nos gusta todo lo de la nochebuena y la bandeja paisa. Una noche bien buena, con o sin huevo.

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