UTOPÍA DE LA PAZ

| Jueves 27 junio, 2013 a las 10:05 am
Rodrigo Valencia

Rodrigo Valencia Q

Especial para Proclama del Cauca

balas

Réquiem en amarillo azul y rojo (Urna funeraria), por Rodrigo Valencia Q

Desde mi ingenuidad y total ausentismo político y social, creo que los diálogos de “paz” entre la “democracia” y el “izquierdismo revolucionario” —seguro mi ignorancia está equivocando los términos— son el intercambio entre dos sistemas mundanos de pensamiento: por un lado, la “democracia” con su máscara pacifista, atuendo que oculta su inoperancia y disimulo deplorable frente a la injusticia, desigualdad, corrupción generalizada, violencia, hambre y todo el detestable golpe de consecuencias con la realidad que vive el país del sagrado Corazón, y por otro lado el “izquierdismo revolucionario”, que justifica los medios más absurdos y aberrantes para la consecución de sus fines: la asonada, la matanza, la mutilación, la bomba, el incendio, el secuestro, la masacre, narcotráfico y semejantes. Sistemas Mundanos de pensamiento; ilícita solicitación de la utopía social; extraños despropósitos desde la trinchera de cada cual. Toda una mascarada funcionando con vínculos inoperantes ante una franqueza que no existe en los líderes de ambos lados, comprometidos con la materialidad de un sistema que no nos llevará a la “libertad y orden”, ingenuamente proclamados en nuestro símbolo patrio. Religión Materialista a toda costa, con tres dogmas irrebatibles de la religión eterna de los estados: lo económico, lo político y lo social, tres banderas distintas y un solo dios verdadero: el mundo proclamado como absolutez, que no tiene otros linderos. Propuestas hipócritas que no respetan la verdad; solapadas, ambas, en el trasunto del “cambio” que nunca llegará. Los unos, porque no tienen la autoridad moral para proponerlo desde el trono de las trampas; los otros, porque desde sus designios íntimos han negado la moral con sus estatutos de violencia. Los unos, empeñados en sostener la vigencia de un estado inoperante; los otros, empeñados en la destrucción para construir el regreso a la inocencia. Entonces, la paz es una utopía, un despropósito entre dos morales inmorales, entre dos propuestas que no respetan la dignidad humana. No han entendido que la paz comienza en la sinceridad. Se dirá que sólo un ingenuo tiene esta esperanza, se dirá que sólo un ignorante de la realidad social puede izar esta bandera, otra forma de utopía. No importa; cada quien con su derecho y moraleja propia en un mundo pluralista, que se ufana del respeto a la diferencia.

Por otro lado, y desde otros ángulos inocultables, la paz también es una utopía; puede que se silencien las balas, pero el regreso a la inocencia no está disponible en corazones sin conciencia moral; todo se convertirá en una selva mutilada de enfrentamientos mutuos. La paz es una utopía; lo será inmensamente hasta que los hombres no desarmen el corazón. Cuando deje de haber fronteras territoriales, fronteras en el alma, fronteras en el pensamiento, en la palabra y los deseos mutuos. Cuando caigan la barrera de la emulación, los celos, la envidia, la audacia inmensa del YO, el sentirnos los primeros, sujetos de reivindicaciones eternas… Cuando no venga el otro con sus reclamos en los ojos, cuando el tiempo no regañe nuestras equivocaciones, cuando el mundo entienda la catástrofe de las ideas que nos tienen esclavizados a nimiedades sin fin. Cuando los credos dejen de insultarse y la cultura se baje de su supuesto trono elitista y malformante. Cuanto todos renunciemos a la pretendida superioridad del uno sobre el otro; cuando el alma sea un territorio sin alertas contra el otro, el “extraño”, el que no pertenece al círculo, al partido, a la tribu, al reducto, a la nación, a la irrisoria villa de nuestras pequeñas y personales experiencias. Cuando las políticas dejen de disputarse la supremacía del poder público; cuando las miradas puedan verse a sí mismas sin defensas ni reclamos. Cuando cada quien pueda compartir con el otro su pequeña parcela y sus visiones. Cuando el mundo barra las tinieblas de la separatividad, las diferencias, la competitividad y el afán de poseer… Cuando venga un ángel desconocido y nos quite todos los escudos… Cuando la tierra tenga ojos nuevos para reconocer la Realidad… cuando todos estemos dispuestos a decir: “Amigo ven, hay espacio para todos…”

Entonces, hasta tanto, amigos, yo hago la guerra, no la paz.

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Categoria: Rodrigo Valencia Quijano