EL RETORNO DE LOS BRUJOS

| Jueves 25 octubre, 2012 a las 10:07 am | 0 Comentarios

Rodrigo Valencia Q

Especial para Proclama del Cauca

Hace unos cuarenta años leí “El Retorno de los Brujos”, un libro que apareció en los años 60 del pasado siglo, en donde se hacía posible lo maravilloso de la realidad. “Realismo mágico” era el término adecuado entre los universos paralelos allí entreverados por Louis Pauwels y Jacques Bergier, autores de la obra, que después ha constituido la característica definitoria de un proceso de conocimiento en donde se supone que lo cotidiano revela, entre pliegues escondidos, la magia de lo trascendente.

Algunos buscábamos la mística, el trabajo interior de descubrimiento del Ser en nosotros mismos; alimentábamos una sed de religiosidad esotérica, con la presunción de abrir puertas, trasmundos desconocidos del alma. Así, una generación de espíritus, tal vez una “nueva era”, hacía el intento de trasponer las barreras circunstanciales de la temporalidad, de un materialismo a ultranza; las gastadas razones de la objetividad no convencían, no seducían entre la quiebra de valores que la civilización contemporánea ha mostrado. El saber de la esencia era más urgente, más vital que el rebujón de una historia abrumadora con sus desencantos.

Quebrar de una vez por todas la alienación que nos ha comprometido con el sinsentido de las cosas, despojarnos de toda concupiscencia o cultura que multiplica las apariencias pero que no construye el camino hacia lo Real o el sentido genuino del Ser, esa era regla de búsqueda y de compromiso. Renunciar a todo cuanto no propiciara una revelación de lo fundamental era, al menos, la fuerza que dirigía esos desvelos. A imitación de Gurdjieff, se buscaban las “fuentes”, las claves de la iluminación mística, el “regreso a los orígenes”. Y aún hoy en día, algunos, o muchos, no sé, persistimos tras los rastros de ese conocimiento que San Pablo, tal vez en otro contexto, definía como: “Nosotros buscamos una sabiduría oculta, que ha sido escondida por Dios desde el comienzo de los tiempos”; una senda que, entre intuiciones, reflexiones y autoconocimiento, busca al menos algún destello de la plenitud que el ser humano perdió desde el olvido del Paraíso.

Si bien Pawels y Bergier creían en el futuro, en el destino iluminado u omega de la historia (a lo Teilhard de Chardin o al menos en vías aproximadas),  yo creo que el destino del mundo ha seguido su rutina aparatosa, oscuro designio entre un ovillo enredado de promesas que sólo han sido eventos dolorosos. Pauwels y Bergier eran abanderados de una cultura que creía en lo mágico de la realidad. Según ellos, la conciencia colectiva iría ascendiendo hacia los límites de lo divino (como en Aurobindo), a través de transformaciones que el arte, la ciencia, la cultura, el desarrollo histórico y los acontecimientos irían instaurando dentro del reino del mundo. Pero, creo yo, el reinado del hombre, en lugar de ello, ha ido acentuando las múltiples consecuencias escatológicas de la crisis de la existencia.


Sin embargo, me parece, “El Retorno de los Brujos” es y sigue siendo un libro excepcional, poderosamente escrito con seriedad entre los riesgos dudosos de los caminos allí esbozados. Todo un reportaje a lo maravilloso aparece en esas páginas, en un estudio interesante de por sí, que nos hace presentir la bruma que nos desvía o lleva por las vías del conocimiento heterodoxo de lo metafísico. Allí, en ese libro de relatos para fundar el sigilo y el desvelo, los ojos de la fascinación no se cierran por el peso intransigente de los velos de la razón; y entonces, entre el vórtice que nos desliza entre el tiempo mágico, las palabras de Paul Éluard, el poeta surrealista, hieren el aire con alas inquisitivas: “Hay otros mundos, pero están en éste”.

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